Traducción y notas: José Luis González Callejas / Doctor en Ciencias Sociales (Relaciones de Poder y Cultura Política). Profesor investigador, Departamento de Relaciones Sociales, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.

Publicado originalmente como: “What is Social Evolution?” en The Nineteenth Century, 1898, núm. 259, septiembre, pp. 348-358. El presente texto se enmarca en una discusión iniciada tras la publicación de un párrafo en el periódico Literature en enero de 1898, anunciando un trabajo de próxima publicación en el que William Hurrell Mallock mostraría, con base en un pasaje de los trabajos de Spencer, inconsistencias en su propuesta teórica. Spencer se defendió en una carta a Mallock, mostrándole cómo había descontextualizado la cita y, en consecuencia, había malinterpretado su pensamiento. Spencer le sugirió consultar la sección referente a “La justicia” de los Principios de sociología y confrontarla con el capítulo “La naturaleza de la ciencia social”, de El estudio de la sociología. Finalmente, lo conminó a revisar la sección “Las instituciones políticas” delosPrincipios de la ética para comprobar su defensa. Mallock no sólo no quedó satisfecho con la respuesta, sino que redactó, en agosto de ese mismo año, el artículo “Mr. Herbert Spencer in Self-Defence” en The Nineteenth Century, núm. 258, agosto, pp. 314-327. El texto que presentamos al lector es pues, la respuesta a esa crítica.
Deseo expresar mi agradecimiento al Dr. Ángel Mundo López. Sus valiosos comentarios enriquecieron
la versión final de esta traducción. Cualquier error, omisión o inconsistencia son,
por supuesto, enteramente míos [N. del T.].
A pesar de que, sin duda al Sr. Mallock el asunto le parecerá diferente, la mayoría considerará que no es prudente volver a la cuestión que él mismo ha planteado, pues el resultado mostrará, nuevamente, cuán injustificada es la interpretación que ha dado de mis puntos de vista. Permítaseme deshacerme de la cuestión personal antes de pasar a la impersonal.
Él afirma que yo me he negado a prestar atención a algunos de mis pasajes que ha citado, y que trato su crítica como si estuviera “basada exclusivamente en el pasaje particular” que abordo “o, en todo caso, como si descansara sobre ese pasaje como su principal fundamento y justificación”.1 Hubiese sido una respuesta suficiente [mencionar] que [cuando se envía] una carta a un periódico, numerosos extractos son inadmisibles; pero existe la respuesta adicional de que yo tenía su propia garantía para considerar que el pasaje en cuestión mostraba de manera concluyente la verdad de sus representaciones.
Él escribe:
Si aún quedase alguna duda sobre este tema en la mente del lector, se disipará mediante la cita de un pasaje más. “Un verdadero agregado social” –dice [“a diferencia de una mera gran familia]–, es una unión de individuos similares, independientes entre sí en cuanto a parentesco, y aproximadamente iguales en capacidades”.2
No veo cómo, teniendo poca libertad para citar, podría hacer algo mejor que tomar, como resumen de su pensamiento, esta oración que él da para disipar “cualquier duda”. Pero permítaseme ahora repetir el párrafo en el que he señalado cuan distorsionada es la interpretación que hace el Sr. Mallock de esta oración.
Todo lector asumirá que este extracto proviene de algún pasaje que trata de las sociedades humanas. Se equivocará, sin embargo. Forma parte de una sección que describe la evolución super-orgánica en general (Principios de sociología, § 3), y que trata, más especialmente, sobre los insectos sociales; el propósito de la sección es excluirlos de la consideración. Se asume que la investigación que va a emprenderse concierne a sociedades formadas por unidades similares, y no a sociedades formadas por unidades extremadamente diferentes. Se señala que entre las termitas hay seis formas diferentes, y entre las hormigas Sauba,3 además de las dos formas sexualmente desarrolladas, hay tres clases de obreras –una interior y dos exteriores–. Los miembros de tales comunidades –reinas, machos, soldados, trabajadores– difieren ampliamente en sus estructuras, instintos y capacidades. Estas comunidades formadas por unidades cuyas capacidades son extremadamente desiguales se contrastan con comunidades formadas por unidades cuyas capacidades son aproximadamente iguales –las comunidades humanas que están a punto de ser tratadas–. Así que cuando distinguí entre grupos de individuos que tienen conjuntos de facultades muy diferentes, y grupos de individuos que tienen conjuntos de facultades similares (que constituyen su naturaleza humana común), nunca imaginé que, al referirme a las aproximadamente iguales capacidades de estos últimos, en contraste con las extremadamente desiguales de los primeros, podría suponerse que yo negase la existencia de considerables diferencias entre estos últimos. Sin embargo, el Sr. Mallock, al descontextualizar este pasaje, lo presenta como una caracterización deliberada que en adelante deberá darse por sentada y con base en ella ¡me atribuye la absurda creencia de que no hay marcadas superioridades e inferioridades entre los hombres! o que, si las hay, ¡no se derivan resultados sociales de ellas!4
1 The Nineteenth Century pág. 316.
2 Aristocracy and Evolution, pp. 52-53, las cursivas son suyas. [El autor se refiere al libro: Aristocracy and Evolution: A Study of the Rights, the Origin, and the Social Functions of the Wealthier Classes [N. del T.].
3 El autor se refiere a las hormigas cortadoras de hojas del género Atta [N. del T.].
4 Literature, 2 de abril de 1898.
Aunque me pareció bien repudiar la creencia absurda que se me atribuía, no me pareció bien entrar en una discusión extensa sobre los alegatos del Sr. Mallock. Él afirma que debería haberle dado al asunto “más que la atención parcial e inconclusa que él le ha dado”. Aparentemente olvida que, si un autor que escribe sobre muchos temas tratase de discutir a profundidad con todos los que cuestionan sus conclusiones, no tendría tiempo para nada más y olvida que aquel a quien al final de la vida sólo le queda un pequeño remanente de energía, mientras aún quedan por hacer algunas cosas de importancia, por regla general debe dejar sin respuesta a los agresores o fracasar en sus objetivos más importantes. Sin embargo, ahora que el Sr. Mallock ha difundido ampliamente sus malas interpretaciones, me siento obligado, muy a mi pesar, a tratar con ellos. Él encontrará que mi respuesta no consiste simplemente en un repudio del absurdo que me atribuye.
El título de su libro [Aristocracia y evolución: Un estudio sobre los derechos, origen y funciones sociales de las clases acomodadas], es inapropiado. No me refiero al hecho de que la palabra “Aristocracia”, aunque empleada legítimamente, se usa en un sentido tan diferente al actual que resulta engañoso: eso es patente. Tampoco me refiero al hecho de que la palabra “Evolución”, que abarca todos los órdenes de fenómenos, se usa incorrectamente cuando se aplica a ese único grupo de fenómenos que constituyen la evolución social. Me refiero, en cambio, al hecho de que su libro no aborda en absoluto la evolución social: se refiere a la vida social, a la actividad social, a la prosperidad social. Sus hechos guardan de alguna forma la misma relación con los hechos de la evolución social que el estado de la nutrición y el bienestar físico de un hombre con el estado de su estructura y funciones corporales.
En el ensayo Progreso: su ley y su causa, publicado en 1857,5 [y] que contiene un esbozo de la doctrina que desde entonces he elaborado en los diez volúmenes de [el Sistema de] Filosofía Sintética,6 comencé señalando defectos en la concepción actual del progreso.
No se aprecia tanto el progreso real como sus acompañamientos, no tanto la sustancia como la sombra. Comúnmente se considera que el progreso en la inteligencia durante el desarrollo del niño en hombre, o del salvaje en filósofo, consiste en conocer y comprender el mayor número de hechos y leyes, cuando en realidad el progreso real consiste en aquellas modificaciones internas de las cuales este mayor conocimiento no es sino su expresión. Se supone que el progreso social consiste en producir una mayor cantidad y variedad de los artículos necesarios para satisfacer las necesidades de los hombres, en la creciente seguridad de la persona y de la propiedad, en ampliar la libertad de acción; cuando, correctamente entendido, el progreso social consiste en aquellos cambios de estructura en el organismo social que han hecho posibles estas consecuencias. La concepción actual es teleológica. Los fenómenos se contemplan únicamente en referencia con la felicidad humana. Sólo se consideran progreso aquellos cambios que directa o indirectamente tienden a aumentarla. Y se piensa que constituyen progreso simplemente por ello. Pero para comprender correctamente el progreso, debemos preguntarnos cuál es la naturaleza de estos cambios, considerados al margen de nuestros intereses.7
5 Publicado en The Westminster Review, 1857, Vol. 11, abril, pp. 445-485. De acuerdo con el propio Spencer, en él se expone la primera forma de su doctrina general de la evolución. Hay edición en español: El progreso: su ley y su causa, s/f, La España Moderna, pp. 5-70 [N. del T.].
6 Los volúmenes comprenden sus Primeros principios (1 tomo), Principios de biología (2 tomos), Principios de psicología (2 tomos), Principios de sociología (3 tomos) y sus Principios de ética (2 tomos). Hay algunas ediciones en español de Primeros principios y de algunas secciones de los otros volúmenes [N. del T.].
7 Westminster Review, abril de 1857.
Con el fin de excluir estas interpretaciones antropocéntricas, y porque también servía mejor para abarcar esos cambios inorgánicos que la palabra “progreso” no sugiere sino vagamente, empleé la palabra “evolución.” Pero mi esperanza de que mediante el uso de esta palabra se dejasen de lado hechos y consideraciones irrelevantes, ha resultado infundada. Ahora, el Sr. Mallock incluye en ella aquellas cosas que me esforcé por excluir. Está dominado por la idea actual de progreso, entendido como proceso de mejoramiento en sentido humano, por lo que es llevado a unirse con aquellos cambios sociales que constituyen un avance en la organización social, aquellos cambios sociales que [para el progreso] son secundarios –no constituyendo partes del avance mismo, sino condiciones materiales adecuadas–.
Es cierto que reconoce que las ciencias sociales apuntan a “deducir nuestra civilización actual a partir de la condición del salvaje primitivo”. Es verdad que afirma que la ciencia social “se propone principalmente explicar, no cómo un conjunto dado de condiciones sociales afecta a quienes viven en él, sino cómo las condiciones sociales en una época son diferentes a las de otra, cómo cada conjunto de condiciones es la resultante del conjunto que le precede”.8 Pero en su concepción, como se ha indicado, mezcla no sólo los fenómenos del desarrollo de estructuras y funciones sociales, sino todos los que los acompañan, como lo muestra la queja que cita con aprobación, de que la teoría sociológica por mí expuesta no propone soluciones manifiestas a problemas sociales actuales,9 lo que claramente implica la creencia de que una explicación de la evolución social que no contenga lecciones para aquel que pudiese leerla es errónea.
Si bien las afirmaciones y los argumentos del Sr. Mallock reconocen la evolución social de manera general y su continuidad con la evolución de tipos más simples, no reconocen esa definición de evolución bajo sus diversas formas, incluida la social, cuya ilustración en detalle ha sido mi propósito a lo largo de todo este tiempo. Él se refiere a la evolución como muestra del cambio de un estado salvaje a un estado civilizado, pero no se pregunta en qué consiste esencialmente el cambio y, al no hacerlo, es incapaz de ver qué es lo único que debe incluirse en su explicación. Contemplemos por un momento los dos extremos del proceso.
8 Aristocracy and Evolution, pp. 5, 7.
9 Ibid, pp. 10-11.
Aquí hay un conjunto errante de hombres, o más bien de familias, acerca de las cuales, consideradas como un agregado, poco más puede decirse que lo que puede decirse de una multitud transitoria: el grupo, considerado como un todo, debe describirse no tanto por sus características, sino por la ausencia de estas. Es tan indefinido que apenas constituye un agregado y prácticamente carece de estructura. Tornemos ahora a una sociedad civilizada. Ya no más un pequeño grupo errante sino una vasta nación estacionaria, nos presenta una multitud de partes que, aunque separadas en varios grados, están unidas por su mutua dependencia. El conjunto de familias que forman una tribu primitiva se separa impunemente: ora el aumento de tamaño, ora la disensión, ora la necesidad de hallar alimento, hacen que se divida de vez en cuando y los grupos resultantes más pequeños llevan consigo la vida social que poseen con la misma facilidad que antes. Pero es de otro modo con una sociedad desarrollada. No sólo su estacionariedad le impide dividirse corporalmente, sino que sus partes, aunque distintas, se han vuelto tan estrechamente conectadas que no pueden vivir sin su ayuda mutua. Es imposible que la comunidad agrícola se desarrolle si carece de la ropa que le proporciona la comunidad manufacturera. Sin fuego, ni las poblaciones urbanas ni las rurales pueden hacer su trabajo, como tampoco pueden hacerlo los multitudinarios fabricantes que necesitan motores y fraguas; de modo que todos ellos dependen de los mineros del carbón. Las tareas del albañil y del constructor deben interrumpirse a menos que el cantero y el carpintero hayan estado activos. En todas las ciudades y pueblos los comerciantes minoristas obtienen del distrito de Manchester los percales que desean, de Leeds sus prendas de lana, de Sheffield su cubertería. Y así en todo, en lo general y en el detalle. En otras palabras, la nación entera se vuelve coherente por la dependencia mutua de sus partes entre sí –una dependencia tan grande que una huelga extensa de mineros del carbón detiene la producción de hierro, deja sin trabajo a muchos miles de constructores de barcos, aumenta el desembolso de carbón en todos los hogares y disminuye los dividendos ferroviarios–. He aquí, pues, un contraste principal: la tribu primitiva es incoherente, la nación civilizada es coherente.
En la medida en que la sociedad en desarrollo se integra, pasa de su estado uniforme original a un estado multiforme. Entre los salvajes no hay desemejanza de ocupaciones. Todo hombre es cazador y en ocasiones guerrero, cada hombre construye su propia choza, hace sus propias armas, cada esposa excava raíces, pesca y lleva los enseres domésticos cuando se hace necesario cambiar de localidad: sólo existe la división del trabajo basada en el sexo. Todos sabemos que es muy diferente con una nación civilizada. La división del trabajo ha producido la coherencia: los dos se desarrollan pari passu. Las partes grandes y pequeñas, y las partes dentro de las partes en las que se divide una sociedad moderna, son conjuntos de hombres desiguales en la medida en que desempeñan las diversas funciones requeridas para mantener la vida nacional. Trabajadores rurales y granjeros, fabricantes y trabajadores, comerciantes mayoristas y minoristas, etcétera, constituyen grupos diferenciados que hacen que la sociedad como un todo sea extremadamente diversa en su composición. No sólo es diversa en sus divisiones industriales, sino también en las gubernamentales, desde los componentes de la legislatura hasta los numerosos tipos y grados de funcionarios, pasando por las muchas clases de oficiales y subordinados, hasta las relaciones de tendero y encargados, ama y criada. Es decir, el cambio que ha venido ocurriendo es, bajo un aspecto, un cambio desde la homogeneidad de las partes hacia la heterogeneidad de estas.
Un cambio concomitante se ha presentado desde un estado de estructura vaga, en la medida en que la hay, hacia un estado de estructura distinta. Incluso la diferenciación primaria en los grupos humanos más inferiores es confusa e inestable. El jefe aborigen, simplemente un guerrero superior, es un jefe sólo mientras dura la guerra –pierde toda distinción y poder cuando ésta cesa– e incluso cuando llega a ser un jefe estable, aún está tan poco diferenciado del resto, que continúa construyendo chozas, fabricando herramientas, pescando, etcétera, tal como lo hacen los demás. En una organización tal, nada se distingue, todo se confunde. Todo lo contrario en la nación desarrollada. Las diversas ocupaciones, al mismo tiempo que se han vuelto multitudinarias, se han vuelto claramente especializadas y marcadamente limitadas. Lea el London Directory y así como se muestra cuán numerosas son aquellas, sus nombres revelan cuán distintas son. Esta creciente distinción [distinctness] se ha mostrado desde las primeras etapas, cuando todos los hombres libres eran guerreros, durante los días en que los vasallos ora peleaban, ora labraban sus campos, hasta los tiempos de los ejércitos permanentes; o nuevamente, desde los días recientes en que en cada hogar rural, además de ganarse el pan, se ocupaba del hilado, la elaboración de cerveza, el lavado, hasta el día de hoy, en que estas diversas ocupaciones suplementarias han sido delegadas a clases separadas dedicadas exclusivamente a ellas. Se ha demostrado desde las épocas en que los gremios peleaban por aquello que comprendían sus respectivos pequeños y pocos negocios, hasta nuestra época, en que los grandes negocios de los artesanos se delimitan y se disputa si se transgreden, como últimamente entre caldereros y ajustadores, y se muestra nuevamente por las formas en que las profesiones –médicas, legales y otras– devienen cuerpos que excluyen de la práctica, si pueden, a todos los que no llevan su impronta. Y a lo largo de la organización gubernamental, desde su primera etapa en la que el mismo hombre desempeñó varias ocupaciones –legislativa, ejecutiva, judicial, militante, eclesiástica– hasta las últimas etapas cuando los poderes y funciones de las multitudinarias clases de funcionarios han sido claramente prescritas, puede rastrearse esta creciente definición de la división entre las partes componentes de una sociedad. Es decir, ha habido un cambio de lo indefinido a lo definido. Si bien la organización social ha avanzado en coherencia y heterogeneidad, también lo ha hecho en su particularidad [definiteness].
Si ahora el Sr. Mallock consultase los Primeros principios, vería que, bajo su aspecto principal, se dice que la evolución es un cambio de un estado de homogeneidad indefinida e incoherente a un estado de heterogeneidad coherente y definida. Si continúa leyéndolos, encontrará que estas varias características de la evolución se ejemplifican sucesivamente a lo largo de cambios astronómicos, geológicos, en los cambios mostrados por cada organismo, por el agregado de todos los organismos, por el desarrollo de las facultades mentales, por la génesis de las sociedades, y por los diversos productos de la vida social –lenguaje, ciencia, arte, etcétera–. Si prosigue la investigación, se dará cuenta de que en la serie de tratados que abordan la biología, la psicología y la sociología (y de los cuales, debido a la brevedad, se omitieron la astronomía y la geología), el propósito ha sido elaborar las interpretaciones esbozadas en los Primeros principios y que no me he preocupado en ninguno de ellos más que de delinear aquellos cambios de estructura y función que, de acuerdo con la definición, constituyen la evolución. Verá que al tratar de la evolución social sólo me he ocupado de la transformación a través de la cual el primitivo y pequeño germen social se ha convertido en la vasta y altamente desarrollada nación. Y tal vez entonces, se dará cuenta de que aquellos que él considera como factores de suma importancia sólo son mencionados incidentalmente por mí, ya que no son sino factores sin importancia en este proceso de transformación. Las organizaciones que él enfatiza, en cierto sentido correctamente, no son aquellas por las cuales se haya efectuado el desarrollo de estructuras y funciones; sólo son organizaciones por las cuales la vida social ha sido facilitada y exaltada, y coadyuvan a incrementar la evolución social.
Respecto a las causas esenciales de esta transformación social, debería bastar decir que resulta de ciertos rasgos generales en los seres humanos, unidos a las influencias de sus diversas circunstancias.
Todo hombre aspira a pasar del deseo a la satisfacción con el menor obstáculo posible: sigue la línea de menor resistencia. Ya sea el camino más
corto, o ya sea el camino que presenta menos impedimentos, es el que elige y lo mismo aplica a los cursos de conducta en general: no hace un gran esfuerzo para satisfacer un deseo cuando con uno pequeño es suficiente. Dados su entorno y la ocupación que elige, cuando la elección es posible, se [escoge] la que promete un sustento satisfactorio con el menor costo sobre los poderes con que cuenta, corporales y mentales; es la más sencilla para su naturaleza particular, considerando todas las cosas. Lo que vale para los individuos vale para las masas de individuos y, por lo tanto, los habitantes de una zona que ofrece facilidades para una ocupación particular caen dentro de esa ocupación. En el § 732 de los Principios de Sociología he presentado ejemplos de las formas en que las condiciones locales de varios países determinan las industrias locales –ejemplos entre nosotros: los distritos mineros donde hay carbón, hierro, plomo, pizarra; distritos cultivadores de trigo y distritos pastoriles; distritos [donde se cultivan] frutas y lúpulo; distritos para tejedores, calceteros, trabajadores del hierro; astilleros, aduanas, pesca, etcétera–: lo cual muestra que ciertos sectores de la población devienen organizaciones para la producción de ciertas mercancías, sin referencia a la acción directiva de ningún hombre. Así sucede en cada caso con las diversas clases de comerciantes, tenderos, profesionales, etcétera, que en cada uno de estos centros atienden a los que se dedican a sus industrias especiales, nadie les ordena ir o venir.
De igual forma cuando pasamos de la producción a la distribución. Como en la India en la actualidad, donde un festival [en honor a] Juggernaut [sic, Jagannath] va acompañado de una gran feria; como, de acuerdo con [Ernst] Curtius10 y [Theodor] Mommsen,11 en Grecia y Roma, las reuniones de personas para hacer sacrificios a los dioses eran ocasiones para comerciar; así, en la época cristiana, las festividades de la iglesia y los días de los santos, que atraían multitud de personas para el culto, condujeron al intercambio activo de mercancías –los nombres de las ferias prueban su origen–. Esto no lo dispuso nadie: surgió del sentido común de todos los que querían vender unas cosas y comprar otras. Ha habido una historia similar en el surgimiento de los mercados y la transición de mercados semanales a quincenales, y, finalmente, a [mercados] diarios; [mercados] especializados en cosas importantes: maíz, dinero, valores. Ningún hombre superior, político o de [cualquier] otro tipo, estableció estos desarrollos. Cuando el trueque dio paso al intercambio por medio de una moneda, sucedió lo mismo.
10 Arqueólogo e historiador alemán. Su magnum opus es la Historia de Grecia, publicada entre 1857 y 1867. Existe traducción al español, editada por El Ateneo [N. del T.].
11 Arqueólogo e historiador alemán. Su impresionante Historia de Roma se editó a partir de 1854. Ha sido editada en español por Turner [N. del T.].
Aquel que deseaba disponer de bienes excedentes, encontrándose con aquellos que no tenían necesidad personal de tales bienes, tomaba a cambio ciertas cosas de demanda universal, que sabía que podría cambiar de la misma manera –en las primeras etapas, artículos de alimentación, de abrigo, de defensa, de ornato–, y a partir de tales artículos surgió en cada caso una moneda: aquí pescado seco, allí bloques de té y en otros casos pieles, fardos de algodón; aquí barras estándar de sal de roca, allí barras estándar de hierro, en un lugar longitudes definidas de tela y en otro finas esteras, y en muchos lugares ornamentos y los materiales para hacerlos, los cuales, como el oro y la plata, siendo relativamente portátiles, pasaron a ser de amplio uso. Estos metales preciosos se pesaron al principio en cantidades reales, luego, en cantidades de peso declarado y, finalmente, en cantidades acuñadas con el sello real [y tenidas] como las más dignas de confianza. Ningún gran hombre –político, industrial o de otro tipo– inventó este sistema. En todas partes ha resultado de los esfuerzos de los hombres por satisfacer sus necesidades de la manera más sencilla. Así sucedió con la transición de una divisa de valor intrínseco a una de valor representativo. Cuando, en lugar de un pago directo en moneda se llegó a utilizar un memorando de deuda para ser cancelado en el momento, el cual podría transferirse a otros –cuando, como en Italia–, para ahorrar el pesaje y prueba de diversas divisas surgió la práctica de depositar cantidades específicas con un custodio y obtener de él recibos negociables –cuando, como en Inglaterra–, los mercaderes, después de haber sido despojados por el rey de sus objetos de valor depositados para su seguridad en la Torre, buscaron lugares más seguros y, tras depositarlos en las bóvedas de los orfebres, recibían a cambio “billetes de orfebrería” que podían pasar de mano en mano, allí inició un papel moneda. Los orfebres se convirtieron en banqueros, tras los bancos centrales surgieron los bancos provinciales, las promesas de pago se convirtieron en gran medida en sustitutos de los pagos reales y en la actualidad el sistema complementario de cheques ha crecido, siendo ampliamente usado en lugar de monedas y billetes. Finalmente, los empleados bancarios de Londres, en lugar de presentar los muchos y variados derechos que tenían a los respectivos bancos, los reunieron, intercambiaron y liquidaron el saldo: de ahí surgió la cámara de compensación. Ningún hombre superior orquestó todo esto. Cada etapa posterior fue impulsada por el deseo de economizar el trabajo. Desde las ferias primitivas hasta las transacciones diarias del mercado monetario, la distribución y el intercambio se han desarrollado sin el dictado de ningún gran hombre, ni del tipo del Sr. [Thomas] Carlyle12 ni del Sr. Mallock. Así ha sido en todos los demás asuntos de la vida nacional, incluso del gobierno. Aunque aquí parece al menos que la voluntad y el poder individuales juegan el papel más importante, en realidad es de otro modo. No me refiero simplemente al hecho de que sin lealtad en los ciudadanos un gobernante carece de poder y que, en esa medida, la supremacía de un hombre intrínseca o convencionalmente grande es resultado de la naturaleza promedio; me refiero a que la evolución gubernamental es esencialmente resultado de necesidades sociales. Al rastrear sus primeras etapas desde la vida salvaje en adelante, se pone de manifiesto que incluso un ministerio no es la mera invención de un rey. Emerge en todas partes a partir de ese aumento de negocios que va de la mano con el incremento del territorio y de la autoridad, lo que implica la necesidad de delegar más y más trabajo. Bajo su aspecto especial parece ser enteramente el resultado de la acción privada del rey, pero bajo su aspecto general resulta evidente que está determinado por las condiciones de su existencia. Lo mismo ocurre con las instituciones gubernamentales en general. Sin profundizar más en esto, bastará con citar el dicho de [Sir James] Macintosh [sic, Mackintosh]: “Las constituciones no se hacen, sino que se desarrollan”.13
Por supuesto, las desigualdades de naturaleza y las consiguientes desigualdades de posición son factores en los cambios sociales. Por supuesto, cualquier afirmación de la aproximada igualdad de los seres humanos, salvo en el sentido de que son seres que tienen un conjunto de facultades comunes a todos ellos, es absurda, y lo es igualmente suponer que las diferencias que existen no tienen efectos sobre la vida social. He señalado que, en las primeras etapas de la evolución social, cuando la guerra es el negocio de la vida, la supremacía de un líder, jefe o rey primitivo, es un hecho de cardinal importancia y también lo es que el iniciador del control eclesiástico se distinga necesariamente de los demás “por el conocimiento y la capacidad intelectual”. También atribuyo los comienzos de la evolución industrial a las diferencias en la capacidad individual, como ejemplo, las citas de aquella parte de los Principios de Sociología que trata de las instituciones industriales.
12 El autor se refiere al libro: On Heroes, Hero-Worship, & the Heroic in History. Hay varias ediciones en español [N. del T.].
13 El autor se refiere al: Discourse on the Law of Nature and Nations [N. del T.].
La selección natural de ocupaciones tiene como causa primaria ciertas diferencias originales entre los individuos, en parte físicas, en parte psíquicas. En aras de la brevedad, llamemos a esto la causa fisio-psicológica (§ 730).
Que entre los completamente civilizados hay en su justa medida especializaciones de funciones causadas por aptitudes naturales no necesita mostrarse: las profesiones y los oficios se determinan a menudo de esta manera. . . [las] ocupaciones de tipo relativamente hábil han caído en manos de los más inteligentes (§ 731).
Hablando en general, el hombre que, entre los pueblos primitivos, se convierte en gobernante, es a la vez un hombre de poder y un hombre de sagacidad, siendo esta, en gran medida, la causa de su supremacía. Por tanto, podemos inferir que, así como su gobierno político, aunque guiado principalmente por sus propios intereses, está guiado en parte por los intereses de su pueblo, así [mismo] su gobierno industrial, aunque tiene como fin principal enriquecerse a sí mismo, tiene como segundo fin la prosperidad de la industria en general. Es una inferencia justa que, en promedio, su mayor conocimiento se expresa en órdenes que parecen y en ocasiones son, beneficiosas (§ 770).
En sus inicios la esclavitud comúnmente implica algún tipo de inferioridad (§ 795).
Considerada como una forma de regulación industrial, la esclavitud ha sido natural para las etapas tempranas de conflictos y consolidaciones (§ 800).
El surgimiento de la esclavitud exhibe en su forma primaria la diferenciación de la parte regulativa de una sociedad desde la parte operativa (§ 798).
El reconocimiento de estos efectos de las diferencias individuales, especialmente en las primeras etapas, puede justamente estar de acuerdo con la afirmación de que todos los grandes rasgos de la estructura social están determinados de otro modo –que todos esos grandes componentes de una sociedad que llevan a cabo las diversas industrias, haciendo posible la vida en su conjunto, todas aquellas clases especializadas que han establecido y mantenido la interdependencia de las estructuras productoras–, al facilitar y regular el intercambio de sus productos, han surgido del juego de fuerzas agregadas, constituidas por los deseos de los hombres dirigidos por sus respectivos conjuntos de circunstancias. El Sr. Mallock alega que el gran hecho de la desigualdad humana –el que haya una minoría “más dotada y eficiente que la mayoría”– es el hecho fundamental del que “surgen las principales características estructurales de todas las sociedades civilizadas”.14 Que él afirme esto en vista de toda la evidencia que los Principios de Sociología le presentan, es, para usar la palabra más sutil, sorprendente. Sin embargo, si su afirmación fuese cierta, el modo de demostrar su verdad yace abierta ante él. En los tomos II y III de los Principios de Sociología, varios grupos de instituciones presentados por cada sociedad desarrollada, se abordan en los acápites: [instituciones] políticas, [instituciones] eclesiásticas, [instituciones] profesionales, [instituciones] industriales: [en conjunto] constan de setenta y un capítulos. Cada capítulo trata de algún aspecto, alguna división o subdivisión de los fenómenos agrupados bajo el acápite general. En lugar de las instituciones industriales discutidas anteriormente, suponga que el Sr. Mallock aborda un grupo que no se menciona –las instituciones profesionales–. La tesis desarrollada en la parte así titulada es que todas las profesiones se diferencian a partir del sacerdocio y la diferenciación se representa tácitamente, debido a la lenta operación de las causas naturales que conducen a la especialización de funciones en todo el agregado social. Si el Sr. Mallock tiene razón, entonces cada uno de los capítulos que tratan esas diez profesiones se equivoca al omitir algo sobre el gran hombre, político, industrial o [de] otro [tipo] que estableció la diferenciación, o que de cuando en cuando le dio conscientemente un carácter más pronunciado –que pensó que sería bueno que hubiera una clase médica separada, o una clase magisterial separada, o una clase artística separada–, y que luego llevó a la práctica su pensamiento. El método del Sr. Mallock consiste simplemente en tomar cada uno de estos capítulos y mostrar cómo, mediante el reconocimiento del factor suplementario en el que insiste, se transforman las conclusiones del capítulo. Si él hace esto, hará más que simplemente afirmar que mis puntos de vista sobre la evolución social son erróneos porque el “gran hecho de la desigualdad humana […] es sistemática y ostentosamente ignorado”.
14The Nineteenth Century, pp. 314-5.
Si en su título el Sr. Mallock hubiera escrito en lugar de “Evolución”, Sustentación Social, el argumento general de su libro habría sido válido. Si además, hubiera alegado que la sustentación social es instrumental para la evolución social y que, en ausencia de procesos que la faciliten, la evolución social no puede tener lugar, nadie podría haber contradicho su conclusión. Y si hubiera inferido que quien mejora estos procesos mejora las condiciones que favorecen la evolución social, su inferencia habría sido cierta. Pero esta admisión podría hacerse sin admitir que los hombres que directa o indirectamente favorecen la sustentación, o que mejoran la calidad de las unidades sociales, son los agentes que determinan y dirigen la evolución social. Un registro de sus actos no constituye en modo alguno una explicación de esa transformación social, [que va] de una homogeneidad incoherentemente indefinida a una heterogeneidad coherentemente definida, en que esencialmente consiste la evolución de una sociedad.
Por otra parte, el Sr. Mallock está justificado al afirmar que el gran hombre –descubridor, inventor, maestro, administrador u otro– puede recibir equitativamente toda la recompensa que, según el principio del contrato, le corresponde como resultado de su superioridad y que el desprecio de su reclamo por parte de la masa de hombres es injusto e ingrato. Esta es la posición que yo mismo he tomado, como testimonia lo siguiente:
Incluso si una invención no redundara en beneficio de la sociedad a menos que se abriera a un uso no lucrativo, no existiría un motivo justo para ignorar el reclamo del inventor, así como tampoco podría desatenderse el reclamo de quien trabaja en su finca para su propio beneficio y no para el beneficio público. Pero tal como están las cosas, la sociedad inevitablemente gana muchísimo más que lo que gana el inventor. Antes de que pueda recibir alguna ventaja por su nuevo proceso o aparato, debe conferir ventajas a sus semejantes –ya sea que les proporcione un artículo mejor al precio que suele cobrarse, o el mismo artículo a un precio más bajo–. Si no lo hace, su invento es letra muerta; si lo hace, entregará al mundo en su conjunto casi toda la nueva fuente de riqueza que ha descubierto. Compárese los beneficios que obtuvo [James] Watt de sus patentes, con los que sus mejoras al motor de vapor han aportado desde entonces a su propia nación y a todas las naciones, y será evidente que la participación del inventor es infinitesimal en comparación con la parte que le corresponde a la humanidad. Y, sin embargo, ¡no son pocos los que se apropiarían incluso de su parte infinitesimal!15
Si el Sr. Mallock se hubiese percatado de la distinción fundamental que he señalado entre la sustentación social: la vida, la actividad, la ilustración, etcétera, por un lado, y el desarrollo de las estructuras sociales por el otro, su polémica contra socialistas y colectivistas habría sido igualmente eficaz, y no habría impuesto sobre mí un desperdicio de tiempo y energía que difícilmente puedo permitirme.
15 [The Principles of Ethics, Vol. II, Parte IV] Justice, [Capítulo XIII: The Right of Incorporeal Property, § 306,] pp. 110-11. D. Appleton and Company, 1908. Hay edición en español: La justicia. La España moderna. s/f [N. del T.].
