Por Antonio García de León / Investigador emérito del INAH, catedrático de la UNAM.

Este libro, forma parte del rencuentro -entrañable para mí- con Lourdes Arizpe, una antropóloga de mi generación, egresada de la ENAH y con quien me unen antiguos lazos de amistad y múltiples intereses comunes. Ambos venimos de un mundo diferente: el de las tradiciones inocentes y el de un México rural que se transformó en el clima de una urbanización deforme e inacabada…

Debo decir también que Lourdes, desde sus primeros trabajos, tesis e informes publicados como libros y artículos, ha abordado de manera original y sugerente el leit motiv mismo de la antropología que es el concepto de cultura: llevándolo creativamente hacia adelante y adaptándolo a los crecientes desafíos, tanto de nuestros propios problemas sociales como de los de un mundo cada vez más incierto y sorpresivo… En este camino, del cual el libro representa un excelente recuento, Lourdes no se ha quedado como la mayoría de los antropólogos de su generación, en realidades locales y nacionales, sino que se ha calzado las botas de siete leguas para recorrer realidades internacionales lacerantes: en América Latina, África, el mundo desarrollado y multitud de conflictos estallados en todas partes durante el tiempo de su gestión en organismos internacionales, de los que además hace una disección y diversas y sugerentes “etnografías” que comprometen su accionar diplomático y antropológico. Hay aquí, pues, un “trabajo de campo” realizado entre pares y materializado en el seno de los marcos internacionales de las políticas públicas.

De hecho, su trabajo ha sido siempre una conjunción creativa entre el concepto de cultura, las identidades, el género y las relaciones internacionales complejas: ubicado en esa vertiente ejercida por organismos globales que tienden al uso del concepto para promover las relaciones pacíficas, el acuerdo y el entendimiento diplomático, o las políticas culturales para paliar circunstancias de fricción en un mundo que ha estado siempre instalado en el conflicto, la guerra y la desigualdad económica. Así, el libro recorre toda una vida de antropología aplicada, detallando una minuta de puntos de vista y discusiones al más alto nivel de la diplomacia internacional en Naciones Unidas, la UNESCO y el Banco Mundial, en donde Lourdes tuvo un papel relevante representando a nuestro país. Recordemos que esos organismos surgieron en su forma actual precisamente después de la Segunda Guerra Mundial, una de las conflagraciones más mortíferas del pasado siglo, para tratar de configurar en la posguerra un nuevo orden regido por reglas de convivencia internacional: eran los años de Bretton Woods, del reacomodo del crecimiento capitalista, pero también el de la confrontación entre los países centrales del entonces llamado Primer Mundo, en particular los Estados Unidos, y su contraparte; un segundo bloque que surge alrededor del socialismo “real” y la Unión Soviética (en un mundo virtualmente repartido en Yalta entre “Oriente” y “Occidente” desde el fin de la guerra). Era también, al pasar de los años, el de la época de oro de la diplomacia mexicana, cuando nuestro país lideraba algunas de las causas del llamado Tercer Mundo.

Ese es el contexto en que se desarrolla la labor posterior de Lourdes como funcionaria internacional y, junto con la de muchos más, se desplegó en estas instituciones que constituían un paréntesis de civilidad en los tiempos postreros de la llamada “guerra fría”, para tratar de entender una realidad que, como ella dice citando a Bauman, es esencialmente fluida y tiende a volverse líquida e inasible; una compleja realidad internacional cuyos conflictos se han dispersado y multiplicado crecientemente, planteando nuevos desafíos a quienes intentan comprender la naturaleza actual del planeta. El libro ofrece entonces no solamente una complejísima discusión y debate acerca de un sinfín de conceptos académicos basados en una extensa bibliografía y estados de la cuestión, sino, además: un acercamiento profundamente humanístico hacia muchos de ellos, planteando soluciones viables y posibles basadas en la sociabilidad… Pero el interés de Lourdes va mucho más allá, pues se coloca también en los últimos debates acerca del Antropoceno, o sea, en la era de la influencia cada vez mayor de los hombres sobre la tierra, que ha alcanzado ya dimensiones geológicas y amenaza con la existencia misma del planeta como nicho de la existencia biológica de plantas y animales… 

La cultura en la concepción de la autora aparece entonces como un concepto cambiante, adaptable a la comprensión de un mundo dinámico, un fin y un medio para la transformación. Sin embargo, el libro incluye también una crítica a ciertas interpretaciones sesgadas de la cultura, convertida a veces en un arma para dividir, confundir y crear identidades excluyentes y cerradas. Hay un eje que se desplaza en esta vasta enumeración acerca del género, la redefinición constante de los conceptos básicos, la negociación de las culturas y la convivencia internacional. Hay también en las últimas experiencias de la autora, un desplazamiento hacia la definición de las identidades: nunca concebidas como “objetos” fijos de una sociología “plana”, sino como dotadas de una naturaleza cambiante y relacional. Se trata de una antropología considerada como una ciencia social generalizadora que se desliza entre la diferencia y la semejanza.

Y es que en las últimas décadas hemos asistido a una transformación radical del mundo. Así, podemos decir que el cambio profundo de las relaciones sociales involucra las “representaciones” y las “identidades”, a tal punto que los referentes anteriores resultan generalmente obsoletos para interpretar los actuales procesos de cambio. Aspectos importantes de estas transformaciones de la modernidad se debaten en la arena de los derechos, la pluralidad y la transición a la democracia; o, como en este caso, se proyectan hacia una praxis que el texto recomienda para normar las transacciones internacionales. 

La compleja relación entre globalización y localismos, la reconversión de las fronteras y los grandes flujos migratorios que han trasladado el mundo “subdesarrollado” al corazón de los países centrales de América y Europa, lejos de haber desplazado el paradigma de las “identidades”, parecen contribuir a reforzar su importancia: poniendo incluso en entredicho las formas actuales de ciudadanía y de consenso social. Y además, en el terreno de la antropología vivimos el fin de la autoridad etnográfica, pero también la muerte de la autoridad del “objeto de estudio”, lo cual crea situaciones extrañas o lenguajes que se retroalimentan en busca de legitimación. En esto, muchas veces los antropólogos se han rezagado o han retornado a refugiarse en las simples etnografías marginales y primitivistas: esta situación también es criticada en el libro y revolucionada por la experiencia práctica de la autora en un mundo abierto. Aquí, y con respecto a esos retrocesos, no puedo tampoco dejar de recordar a Borges cuando decía en sus Textos cautivos que: “los libros de antropología, más que un documento lejano de la credulidad de los primitivos, son un documento inmediato de la credulidad de los antropólogos”. Es por eso que en este libro la autora propone una reinvención de la mirada antropológica, aplicada aquí a contextos mucho mayores que la “arena primitiva” o el “pensamiento salvaje” tradicional: en especial en un mundo que ha borrado muchos de los anteriores referentes y que se debate en el vórtice de una transformación inédita.

En todo caso, como también se advierte en el texto, las adscripciones construidas pueden llevar a situaciones de fundamentalismo extremo: algo que hace poco resultaba impensable pero que hoy se ha materializado en respuestas violentas a la exclusión y a la exacerbación de los conflictos. Es cierto, por otra parte, que somos quienes somos y como somos, en función de quienes y como no somos;pero no toda comunidad implica solamente mecanismos de distinción y “alteridad”. El problema es que esta clausura a la que Lourdes propone escapar, que no es el núcleo del asunto, se lleva a la interpretación misma y consecuentemente se “cosifica” al objeto enfatizando la frontera, lo liminar y lo distintivo. Por lo demás, en la creación de las identidades siempre se crea el referente simbólico que se opone a ellas, como un componente indispensable, real o imaginario, pero esta dinámica no funciona sin mecanismos diversos de cohesión. Son algunos bordes externos reales simbolizados de manera imaginaria como extraños o amenazantes, los que pueden activarse ante situaciones extremas de defensa o confinamiento y crear nuevas exclusiones o nuevas formas de totalitarismo.

Por último, el cambio climático y el debatido “calentamiento global” del planeta causado por la actividad humana, nos conducen en el texto de Lourdes Arizpe hacia una interesante discusión, pues el concepto geológico de Antropoceno –la era en que la humanidad se erige como una fuerza geológica en la historia del sistema Tierra-, no se refiere únicamente a la afirmación de la dicotomía entre naturaleza y cultura que se ha desarrollado a lo largo de la era moderna, sino sobre poner en duda crítica al antropocentrismo que ha resultado de esto. No es casualidad que el Antropoceno, un concepto vital que se ha abierto paso desde el inicio del milenio, haya encontrado como concepto cultural, resonancia particular entre los defensores de los enfoques poshumanistas y entre quienes creen que la crisis puede ser resuelta sin grandes acciones a nivel global. La difuminación de las fronteras entre naturaleza y cultura en el Antropoceno otorga también un nuevo interés sobre actuantes no humanos e identifica una amplia variedad de androides e híbridos en el espacio abierto de formas de existencia poshumanas; en todo caso las de las modificaciones genéticas y la robotización de la producción y lo cotidiano…

En fin, son tantos y tan variados los temas aquí expuestos que invito a leer este libro y a sacar nuevas conclusiones de los resultados de la reflexión de una mente lúcida y eficazmente conectada a las problemáticas contemporáneas… Y ante los desafíos de la acción predadora del hombre sobre el medio ambiente, no puedo menos que, para documentar nuestro optimismo sobre las consecuencias del Antropoceno, mencionar el caso del área dañada de la catástrofe nuclear de Chernobyl, hoy repoblada por la biodiversidad y convertida en un área natural salvaje en la medida en que la radiación disminuye. Lo que indica que ante la desaparición de la especie humana y en las peores condiciones, la naturaleza muy probablemente recuperará para sí un planeta en el que todo recomience… sin nosotros.

Este libro pionero condensa en 444 páginas el abigarrado recuento de una vida académica fructífera y vital, una bitácora de la diplomacia cultural vista desde dentro, un recuento lúcido de las últimas discusiones antropológicas y, sobre todo, el itinerario de un proyecto de vida personal. Como dice la autora en la última página de sus conclusiones, “cada uno de nosotros tiene que transformarse en un nuevo tipo de persona que cultive el vivir, capaz de desarrollar nuevas prácticas de reflexividad, discernimiento y creatividad”. Y eso no es solamente un proyecto utópico, es además, la descripción más lograda del mismo proyecto de vida, volcado hacia los demás, de Lourdes Arizpe.

Arizpe, Lourdes (2019). 
Cultura, transacciones internacionales y el Antropoceno. 
México:
CRIM-UNAM/ Miguel Ángel Porrúa.

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