Por Liliana López Levi / Profesora investigadora del Departamento de Política y Cultura, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.

El libro Paisajes multiversos se edita en territorios de lo que era la antigua Tenochtitlán, hoy Ciudad de México; en este México tan convulsionado por los acontecimientos, tan lleno de disidencias, de tradiciones, de lugares, de mundos dentro del mundo. Nos ubicamos en el Continente Americano, en el Planeta Tierra; en un universo que desde la antigüedad hasta nuestros días ha sido motivo de reflexiones y nos ha llevado, como seres humanos, a cuestionarnos sobre la realidad en la que vivimos, sobre el cosmos que habitamos, sobre las identidades que formamos, la memoria que recuperamos y las utopías que imaginamos. 

El espacio es sin duda un componente central de nuestro existir, del habitar, de habernos reunido hoy en este lugar, en esta revista, y es también el centro de la reflexión que ahora presentamos. El libro Paisajes multiversos se encarga de llevarnos por un recorrido a lo largo de cinco apartados que, después de mi lectura, se asentaron de manera diferente a lo que nos presentan los y las autoras. Para mí son tres partes íntimamente entrelazadas y que se hacen presentes, a veces de manera simultánea, en los capítulos. Podrían hacer eco de la trialéctica de Henry Lefebvre con lo concebido, lo percibido y lo vivido; pero en este caso considero más pertinente nombrarlas con lo concebido, lo vivido y lo imaginado. 

En la primera parte encontramos la reflexión sobre la naturaleza del espacio y su vinculación con otros conceptos, en la segunda está la construcción/producción social de paisajes y territorios concretos, y en la tercera se habla de la imaginación y representación de éstos. En estas tres partes se intersectan tres conceptos clave de la dimensión espacial de la sociedad: el espacio, el territorio y el paisaje, con otros que son propios de los estudios culturales como la memoria, el habitar y la identidad. Entretejido en esta discusión, el hilo conductor nos lleva del universo al multiverso, de la historia dominante del conocimiento a las múltiples interpretaciones de la realidad, del mundo rural a los iconos de la modernidad urbana; de la tierra al mar, de las relaciones entre los habitantes de una comunidad a las relaciones internacionales, de lo habitado a lo visitado, de lo real a lo imaginado, de la memoria a la utopía.

Desde un lugar marginal en la estructura de la redacción, las coordinadoras del libro nos cuentan que el adjetivo multiverso viene a partir de la lectura de Ernst Bloch, que utilizó este concepto para hacer una crítica a la idea de progreso, concebida desde los valores occidentales que ubican al avance tecnológico como la punta de lanza, pero que ha producido consecuencias regresivas y destructivas; es un término que ha sido recuperado por la perspectiva anticolonial, con autores como Francisco Serra y Remo Bodei. A partir de ahí es que se construye, desde la subjetividad, una ontología de posibilidades múltiples, abiertas y cambiantes. 

El primer capítulo es una presentación epistemológica. Cristina Pizzonia nos lleva a recorrer el universo explicado desde un conocimiento situado en la tradición occidental. Como tal, el punto de partida es el pensamiento grecolatino, en particular los presocráticos y sus preguntas sobre el arkhé de todas las cosas. Son reflexiones que se produjeron desde un lugar específico de pertenencia concreta, la polis griega; desde sus escuelas de pensamiento, desde sus lazos afectivos y desde una condición social concreta, la de los ciudadanos. Ahí, en ese entonces, se reflexionó sobre la separación entre lo material y lo indefinido, entre el ser y el no ser. Y a partir de situarse en un lugar de pensamiento, rodeados de una realidad específica, comenzó la reflexión sobre el espacio físico relacionado con la existencia.

No se trata evidentemente de ubicar ahí el inicio de la reflexión humana ni del origen de la observación de los procesos terrestres y las dinámicas espaciales, pero sí se trata de establecer un punto de partida. Un referente en la configuración del conocimiento dominante, producido en idiomas europeos, con valores europeos y que después fue transmitido desde la idea de una supremacía cultural europea junto con su expansión territorial, con la conquista de los otros continentes y con los procesos de dominación económica y cultural. Por eso desde América se asumieron las ideas europeas en forma universal, la historia de un pensamiento común y la evolución del conocimiento. 

En particular, el espacio ha sido desde entonces objeto de la filosofía, las matemáticas, la teología, la física, la sociología, la arquitectura y la geografía, entre otras. Varios son los cuestionamientos que se han transmitido a lo largo de la historia y que acompañan al libro. ¿El espacio es el lugar que ocupan las cosas? o ¿se trata de un sistema de relaciones y de acciones?, ¿es el contendor de la dimensión material del mundo o es su estructura?, ¿hablamos de la producción social del espacio o del espacio como productor de la sociedad?, ¿qué implica entonces la relación entre el sujeto y el espacio?, ¿cómo se construyen las subjetividades?, ¿lo simbólico ocupa un lugar?, ¿tiene referencia espacial?, ¿se puede decir que la simbolización, la experiencia y los afectos configuran territorios?, ¿cómo podemos pensar el espacio a partir de las prácticas sociales y en concreto del habitar?, ¿cuál sería el papel de la identidad, la memoria, las utopías y la vida cotidiana?, ¿qué implica pensar el paisaje desde la diversidad?

Pizzonia nos hace un recorrido desde los presocráticos, pasa por Euclides, Copérnico, Giordano Bruno, Galileo, Kant y Bertrand Russell, Nietszche, Habermas y otros muchos pensadores cuyas preguntas abordan la naturaleza del espacio, la forma en que se vincula con la historia y la preocupación cosmológica. Luego entra en el terreno de la geografía, donde también Armando Bartra se asoma brevemente al debate. Nos hablan de la geografía moderna, de la revolución cuantitativa y sus enfoques matemáticos; de la perspectiva marxista y la humanista. Edith Kuri se inserta en la discusión con el punto de vista sociológico, pero recuperando a la geografía y la antropología. Y entonces, aparecen Simmel, Massey, Harvey, Augé, Giddens, Tuan. Luego Araceli Mondragón nos presenta una perspectiva arquitectónica, también empapada de multidisciplina y, entonces, leemos sobre Karel Kosik, Ernst Bloch y Heidegger. Con todos ellos vamos siguiendo el hilo de la tradición eurocéntrica de la discusión y reinterpretándola desde el habitar, la memoria, la identidad y las utopías. Y más tarde en el libro, desde las múltiples realidades producidas desde lo local. 

Desde la lectura de Paisajes multiversos, la respuesta a las preguntas planteadas no depende únicamente del reconocimiento de esta tradición occidental dominante, sino de la aceptación de la diversidad del pensamiento y de situar la discusión desde múltiples realidades. Los problemas aquí planteados existen en el mundo de las ideas, pero también en las prácticas sociales, en los conflictos territoriales y en las huellas que dejan sobre la superficie de la Tierra. Y son precisamente estas huellas las que se imprimen sobre la naturaleza y configuran el paisaje. 

Araceli Mondragón habla en términos de las formas y procesos de conformación social e histórica del espacio y de la organización de la vida y las formas sociales. Jorge Brenna y Georgina Campos afirman que es una construcción social; “es una noción que se gesta en la subjetividad porque depende de los sentidos, juicios y conocimientos de los sujetos” (Brenna y Campos, 2019: 341). Gabriela Contreras (2019: 130) se refiere al paisaje, desde la relación viva entre el ser humano y el horizonte observado. Se trata de un concepto que, si bien alude a la superficie de la Tierra, no puede desvincularse de la mirada. Esto último corresponde con un problema fundamental que constituye el centro del texto de David Benítez, quien se pregunta ¿cómo miramos?, ¿desde dónde lo hacemos? y ¿cómo se construye la mirada? Una mirada que hoy en día está mediada por la tecnología que, ante la imposibilidad de escapar de su impacto, transforma la forma en que miramos. 

Aludir al multiversum implica el reconocimiento de lugares de observación, de las formas de conocimiento, interpretación y representación; un lugar, dice Araceli Mondragón “donde confluyen diálogos interespaciales (entre diversas culturas, identidades y configuraciones de órdenes simbólicos) pero también intertemporales (entre diversas generaciones y entre vínculos con el pasado, a partir de la memoria, y con el futuro a partir de la esperanza y la utopía)” (Mondragón, 2019: 86). David Benítez vincula el reconocimiento de la existencia de ese multiversum con la descolonización del paisaje, a través de un proceso de descolonización de la mirada.

El paisaje refleja procesos de territorialización y esto nos lleva a adentrarnos en la caracterización del territorio. De acuerdo con Armando Bartra, éste puede construirse a partir de cuatro dimensiones: material (ocupación, aprovechamiento productivo), socioeconómica (apropiación, valorización), política (dominación, administración) y simbólica (dominación, significación). En su texto también afirma que se hace territorio al andar, al hacer crónicas y, en el caso que él analiza, se funden lo material y lo simbólico, lo profano y lo sagrado: además, se concreta en las formas de ordenar el espacio, de organizarlo y dividirlo (Bartra, 2019: 106). El ordenamiento territorial también es abordado por Blanca Olivia Acuña Rodarte y Yolanda Massieu cuando analizan el caso de Cuetzalan, desde la relación entre los diversos grupos locales y la región que ocupan en la Sierra Norte de Puebla.

Una parte importante del documento está dedicada a la construcción de lo concreto o a la producción social del espacio, de sus paisajes y territorios. Nos acerca a una serie de casos a partir de los cuales toma sentido el multiversum, configurado como el eje del libro. Es una parte esencial en tanto que le da sentido a los conceptos antes desarrollados; los vincula con comunidades concretas, con sus valores, emociones, problemáticas y formas de ordenamiento territorial. 

Gabriela Contreras nos muestra un paisaje cambiante a partir de un evento geológico que transformó radicalmente a las tierras de Michoacán, el nacimiento del volcán Parícutin; otro caso de un paisaje vivo y dinámico es el de la unidad habitacional Nonoalco Tlatelolco en la Ciudad de México, que Alejandra Toscana y Alma Villaseñor recorren desde tiempos de la conquista, para detenerse nuevamente en el movimiento de 1968 y el sismo de 1985. Araceli Mondragón habla de la arquitectura como la construcción de un universo simbólico, que le da sentido a las relaciones sociales de un momento determinado. Armando Bartra estudia a los mayas y su ordenamiento territorial; texto que hace eco con el caso presentado por Blanca Acuña y Yolanda Massieu, que se centra en el ordenamiento y la defensa del territorio masehual en Cuetzalan. Beatriz Canabal Cristiani y Nemer Narchi abordan el paisaje chinampero de la zona lacustre de la Ciudad de México, donde reverbera el eco de la naturaleza en tiempos prehispánicos y, por ende, la tradición agrícola. La conservación del paisaje se entrelaza con la historia y la cultura, pero enfrenta una serie de oposiciones que configuran territorialidades en conflicto: la lógica urbana versus la rural; la preservación del medio contra las políticas públicas producidas desde el capitalismo. Noemi Ehrenfeld visita Berlín y construye una narrativa que vincula al espacio físico con el simbólico; José Joaquín Flores Félix se detiene en la montaña de Guerrero, un paisaje que se configura y se convierte en el eje articulador de las relaciones sociales; Hugo Pichardo nos transporta más allá del continente y relata los conflictos territoriales que a nivel internacional se dieron por varias islas mexicanas.

La tercera parte está dedicada a los paisajes imaginados. Isis Saavedra Luna hace visibles los estereotipos estadounidenses de la nación mexicana a través de las representaciones cinematográficas; en particular destaca los elementos presentes en la frontera norte. Kenny Molina se centra en la fotografía de dos alemanes en estas tierras: Guillermo Kahlo y Hugo Brehme. Jorge Brenna y Georgina Campos hacen un breve recorrido por la narrativa literaria y destacan el vínculo entre autores y ciudades. Toman como antecedente la Alejandría de Durrell, la Venecia de Thomas Mann, La Habana de Cabrera Infante y Lezama Lima, el Buenos Aires de Marechal, Borges y Girondo, para centrarse en el boom de la literatura de Tijuana a partir de la década de los ochenta. Todo esto engrana con la primera parte conceptual, donde el paisaje es en palabras de David Benítez (2019: 69): “un espacio socio-históricamente construido, resultado de un proceso de intervención simbólica donde el papel de los imaginarios representa un elemento central”.

Después de adentrarnos por territorios diversos, regreso a lo concreto del libro y a sus autores para reafirmar la riqueza que implican las múltiples miradas que configuran los paisajes; Paisajes multiversos que vienen acompañados de territorialidades y estructuras espaciales. Todo ello, base de la conceptualización, la concreción material y la representación del mundo que cada uno de nosotros vivimos. 

Contreras Pérez, Gabriela y Mondragón, Araceli [coords.] (2019). 
Paisajes multiversos. 
Ciudad de México:
UAM Xochimilco – Editorial Ítaca.

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