Por Guadalupe Pacheco Méndez / Profesora investigadora, Departamento de Relaciones Sociales, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.

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La integración de la Unión Europea ha provocado el surgimiento de un nuevo eje de conflicto social que ha modificado los espacios políticos nacionales de sus Estados miembros y que puede cristalizarse en un nuevo clivaje político. El proyecto de transformar a la Unión Europea en una estructura política supranacional y en un mercado unificado de corte neoliberal modificó las bases sociales sobre las que tradicionalmente habían venido descansando los sistemas de partidos nacionales. Estos problemas se acentuaron con la crisis financiera de 2008 y la crisis de la euro-zona. En ese contexto, se ensancharon las divergencias entre las propuestas de los partidos en el poder y las expectativas y percepciones de los ciudadanos, lo que debilitó la representatividad de los partidos mayoritarios tradicionales. Los cambios socio-económicos, las nuevas actitudes políticas y las poco atinadas respuestas de estos partidos ante ese nuevo desafío, dejaron al descubierto un nuevo espacio político que los partidos populistas, de derecha o de izquierda, empezaron a ocupar.


En las décadas recientes han ocurrido cambios significativos en la región europea. En primer lugar, queremos subrayar los cambios en la estructura socio-económica de los países integrantes de la Unión Europea propiciados por la globalización y que, entre otras cosas, se manifiestan en una mayor desigualdad en la distribución del ingreso, tanto entre las naciones, pero sobre todo al interior de los países, a nivel sub-nacional. En segundo lugar, nos interesa destacar que este nuevo tipo de desigualdades ha generado tensiones políticas entre la soberanía de los estados nacionales y las instituciones supra-nacionales de la Unión Europea, como la Comisión Europea (“Bruselas”), el Consejo Europeo y el Banco Central Europeo1. Este segundo aspecto es de suma importancia porque la escena mundial sigue estando ocupada por Estados nacionales, en principio soberanos, que siguen siendo la bisagra que une el plano supra-nacional con los planos sub-nacionales. En el primer caso, se ocupan de negociar acomodos internacionales entre ellos para afrontar las dinámicas mundiales; en el segundo caso, en sus respectivos ámbitos domésticos, los Estados siguen construyendo la legitimidad de sus gobernantes a través de elecciones encuadradas por sus sistemas nacionales de partidos. 

La discordancia entre dinámica internacional y dinámicas nacionales ha generado una serie de problemas políticos críticos dentro de los ámbitos nacionales. En varios países de la Unión Europea (UE) esa discordancia ha contribuido al desgaste de los tradicionales sistemas de partidos, en el sentido de que los clásicos partidos predominantes de centro han venido enfrentando dificultades crecientes para canalizar institucionalmente el conflicto y para proveer de una adecuada representación política a una sociedad que ha cambiado mucho. Paradójicamente, estos dilemas han sido especialmente notables en las cinco mayores potencias de la UE desde el punto de vista de su peso demográfico y del peso absoluto de su economía. Estos cinco países establecieron un régimen democrático estable de manera escalonada: el Reino Unido desde el siglo XIX; Francia, Alemania e Italia, después de muchos vaivenes y vicisitudes autoritarias, se estabilizaron como democracias hasta después de la II Guerra Mundial, es decir, en la segunda mitad del siglo XX; mientras que España instauró un régimen democrático estable sólo después de la transición de 1975-1977. 

Pero en estos mismos cinco países los sistemas de partidos han sido sacudidos por reacomodos en las preferencias electorales de los ciudadanos que han debilitado a los tradicionales partidos moderados de centro, ya sea inclinados a la izquierda o a la derecha.

En el caso de Francia los dos partidos de centro prácticamente se colapsaron en 2017; la suma de los porcentajes de votos obtenidos por el Partido Socialista y Los Republicanos (antes UMP, Unión por un Movimiento Popular) descendieron de 65% en 2007 a 23% en 2017 en la primera vuelta de elección de diputados. En Italia, la votación conjunta de Forza Italia y del Partido Democrático descendió de 71% en 2008 a 33% en 2018. En España, los sufragios sumados del Partido Popular y del Partido Socialista Obrero Español disminuyeron de 84% en 2008 a 49% en noviembre de 2019. En Alemania, la votación agregada del Partido Social-Demócrata de Alemania y de la alianza entre la Unión Democrática-Cristiana de Alemania y la Unión Social Cristiana de Baviera bajó de 69% en 2005 a 54% en 2017. Paradójicamente, a pesar de que, o quizá debido a ello, la relación del Reino Unido con la UE era abiertamente (al menos desde 2010) el principal issue electoral y desde que el 31 de enero de 2020 dejó de formar parte de ella, el voto por los partidos predominantes creció: la suma de votos del Partido Conservador y del Partido Laborista aumentó de 67% en 2005 a 76% en 2019, justo antes de la consumación del Brexit.

La dinámica de debilitamiento de los partidos predominantes de centro y la emergencia de nuevos partidos o crecimiento de pequeños partidos existentes no es exclusiva de estos cinco países; en otros miembros de la UE se han presentado tendencias similares, por ejemplo, en Austria y Holanda. Explicar esos retrocesos remite a varios problemas, como el de la cartelización de los partidos de centro teorizada por Katz y Meir (1995, 2018), pero más importantes aún fueron la profundización de la desigualdad social que la integración europea indujo a nivel intra-regional dentro de sus países integrantes, el impacto de la crisis del euro de 2009-2012 y el efecto de la crisis de los migrantes de 2015-2016. La contrapartida del debilitamiento de los partidos predominantes de centro fue la emergencia de Podemos y Ciudadanos en España; el ascenso del Movimiento 5 Estrellas y de la Liga en Italia; la aparición y llegada al Bundestag de Alternativa por Alemania; y en Francia, el crecimiento del Frente Nacional y la aparición de La República en Marcha, así como de Francia Insumisa. Sólo en el caso del Reino Unido, dos partidos anti-UE, el Partido de la Independencia del Reino Unido y el Partido del Brexit, lograron un fugaz éxito en las elecciones para el Parlamento Europeo. En resumen, las consecuencias políticas de las nuevas formas de desigualdad social se vieron exacerbadas por los costos de la crisis del euro y de la deuda soberana, y por la crisis de los migrantes; el efecto combinado de todo ello tuvo un impacto muy fuerte en los sistemas de partidos de las principales potencias de la UE. 

El problema actual es que las transformaciones económicas globales, al crear nuevas formas de división social que pueden ser movilizadas políticamente bajo nuevas banderas e incluso eventualmente incorporadas al marco institucional, han trastocado el asiento electoral de los sistemas de partidos nacionales, que se mantuvieron operativos y más o menos estables hasta las postrimerías de la Guerra Fría. Nuevos desajustes entre economía y sociedad, y entre sociedad y política, empezaron a emerger y a configurarse en el último cuarto del siglo XX y se han acentuado en las dos décadas del siglo XXI. Los cambios y crisis ocurridos desde 2007 han desencadenado problemas severos que han puesto bajo presión a los Estados nacionales, a sus élites gobernantes y sobre todo a sus sistemas de partidos. Dichos desajustes se han manifestado con mayor claridad e intensidad al menos en el caso de los principales países integrantes de la Unión Europea, por ser ésta el único caso, hasta ahora, de un intento por crear una estructura supranacional institucionalizada, no sólo de carácter económico sino también con pretensiones de articulación política, tentativa que ha generado una serie de situaciones inesperadas, tales como la modificación o la transformación de los espacios políticos nacionales y el ascenso electoral de los partidos populistas.2

El objetivo de este trabajo es el de retomar el planteamiento de Seymour Lipset y Stein Rokkan (1967) en torno a la formación de los sistemas partidos nacionales en las democracias europeas y, sobre todo, el de muchos autores más recientes, en particular Stefano Bartolini, quienes han aportado nuevos elementos que han enriquecido ese planteamiento original. La intención es explorar de qué modo estos enfoques pueden ser utilizados para analizar la evolución reciente de los sistemas de partidos en la Unión Europea (UE) y para plantear una estrategia de interpretación tanto del declive en la votación de los tradicionales partidos predominantes (centro-izquierda, centro-derecha) y, en contrapartida, el ascenso de nuevos partidos, notablemente de corte populista, así como de extrema-derecha en varias de las democracias de las principales potencias que integran la UE. Con ese fin, presentaremos en primer lugar el planteamiento original de Lipset y Rokkan sobre la formación de sistemas de partidos; en segundo lugar, revisaremos la propuesta de Bartolini y otros autores en torno a los nuevos ejes de conflicto entre Estados nacionales y autoridades supranacionales que han emergido en las sociedades europeas actuales; en tercer lugar, exploraremos los efectos de la mayor desigualdad económico-social sobre las actitudes políticas de los ciudadanos; en cuarto lugar, discutiremos y formularemos una hipótesis heurística que, en ulteriores trabajos, nos guíe en el análisis de los cambios en los sistemas de partidos en algunas de las mayores democracias que integran la UE.

1. Estructura de clivajes y la formación de los sistemas
de partidos en Europa

Los conceptos de clivaje y de coyuntura crítica son de utilidad para desentrañar los reacomodos políticos que se han venido registrando en los sistemas de partidos de numerosos Estados que son miembros de la UE. Hace poco más de medio siglo, Seymour Lipset y Stein Rokkan (1967) forjaron un modelo analítico para explicar la génesis y variación de los sistemas de partidos de Europa occidental, para “desenemarañar la constelación de clivajes y oposiciones que produjeron el sistema nacional de organización de masas para la acción electoral” y para “entender las fuerzas que producían los alineamientos vigentes de electores detrás de alternativas dadas históricamente” (Lipset y Rokkan, 1967: 2). El modelo se depuró hasta obtener “un conjunto ordenado de consecuencias y desarrollos” en las sucesivas coyunturas críticas en la historia de cada nación (Lipset y Rokkan, 1967: 37). Así, en cada comunidad política analizada, esos autores descifraron una secuencia y una jerarquía específicas de los conflictos y clivajes que la dividieron y que se cristalizaron como oposiciones en los sistemas de partidos, a partir de una visión dinámica de las secuencias de alternativas políticas a las que se enfrentaron los actores involucrados en dichos procesos. 

Para analizar las variaciones de esas constelaciones de conflicto en Europa Occidental, Lipset y Rokkan (1967) se basaron en el surgimiento de clivajes durante cuatro coyunturas críticas:3 la Reforma protestante / Contra-Reforma católica de los siglos XVI y XVII; la Revolución francesa de 1789 y sus secuelas; las etapas tempranas de la revolución industrial del siglo XIX y, por último, la Revolución Rusa de 1917 y sus secuelas. El cuarto clivaje, entre trabajadores asalariados y empresarios capitalistas, abrió la puerta al surgimiento del partido de masas característico de las sociedades industriales, rebasando al tradicional partido de notables. Correlativamente, la fase de apogeo de los partidos de masas se caracterizó por la asociación estable entre un determinado grupo o coalición social con un determinado partido4. Las complejas divisiones socio-políticas que se configuraron con la superposición de estos procesos pasan a ser consideradas como clivajes cuando se expresan y toman forma en la estructura del sistema de partidos; ésta última, debido al proceso de institucionalización, perdura más allá de la presencia de la constelación de conflictos que le dieron origen e incluso en ocasiones logra canalizar las oposiciones surgidas de nuevas formas de división social y política, aunque también en ocasiones se debilita o se reestructura. 

Siempre dentro del planteamiento de esos mismos autores (Lipset y Rokkan, 1967), las opciones que se ofrecieron para la participación de grupos opositores emergentes también jugaron un papel determinante en el proceso de articulación de una constelación específica de clivajes hasta culminar en el establecimiento de un sistema de partidos. Según ellos, el formato del sistema de partidos resultante también varió en función de cuatro factores ligados al trato recibido por alguna oposición emergente: 1) la forma de legitimación de la toma de decisiones y de la respuesta ante las protestas de grupos opositores; 2) los canales de movilización de la protesta y la vía de incorporación de sus demandas; 3) el margen de maniobra de las fuerzas contestarías para hacer alianzas políticas y para obtener el derecho a la representación política; 4) los alcances y límites de la regla electoral mayoritaria para permitir que un partido, incluido uno emergente, pudiese promover un cambio estructural mayor a nivel nacional. La clásica propuesta de Lipset y Rokkan conserva hoy en día su solidez para dar cuenta de la dinámica de los sistemas de partidos. Sin embargo, era necesario actualizarla a la luz de los cambios más recientes. En esta perspectiva, Stefano Bartolini (2001, 2005, 2006) abordó la tarea de ampliar el alcance explicativo de ese clásico paradigma de análisis, con el fin de incorporar, de una lado, las características actuales de la estructura socio-económica y de las actitudes políticas colectivas y, por el otro lado, incorporar un análisis del efecto que tiene el proceso de integración política de la UE sobre los sistemas de partidos y sobre los procesos de integración de la representación nacional de sus países miembros. A continuación revisaremos la propuesta de Bartolini, así como la de otros autores.

2. Un nuevo clivaje: la integración de la UE y sus conflictos con los espacios políticos nacionales

Esto plantea el problema de establecer si los clivajes tradicionales siguen modelando las conductas políticas colectivas presentes en la segunda década del siglo veintiuno o no. Dicho en términos de Kriesi et al. (2008), se trata de dilucidar que tanto las viejas dimensiones encajonan los nuevos conflictos y que tanto los nuevos conflictos se anidan en esas dimensiones tradicionales dándoles un nuevo significado. Para determinar de que manera se articula un nuevo clivaje con los anteriores y establecer cual de ellos juega un papel determinante hay que plantearse las siguiente preguntas: ¿es el clásico conflicto de clase el que encuadra al nuevo conflicto derivado de la nueva división social promovida por la globalización neoliberal? o bien ¿la nueva división social ha rebasado al viejo conflicto de clases nacido del clivaje trabajador asalariado–empresario capitalista? Bornschier (2009) considera que esta cuestión puede ser abordada desde tres perspectivas diferentes: mantener el conflicto entre clases como criterio central, pero actualizando el análisis para incorporar los cambios contemporáneos de la estructura social; otro enfoque subraya la influencia del nivel educativo en la formación de valores y de la identidad colectiva, es decir, privilegia el eje culturalista; otra propuesta enfatiza la nueva división social entre ganadores y perdedores de la globalización, así como un nuevo clivaje entre Estado y mercado. 

En otras palabras, hay que incorporar el nuevo clivaje al modelo clásico de Lipset y Rokkan. En esta perspectiva se requiere analizar las implicaciones que el proceso de la integración europea ha tenido sobre los Estados nacionales miembros, en principio plenamente soberanos, y evaluar si esta evolución ha zanjado la bases para un nuevo eje de conflicto nacional. Para abordar este aspecto de la problemática nos basaremos en los planteamientos formulados por Stefano Bartolini (2001, 2005, 2006). También es necesario tomar en consideración los cambios socio-económico más relevantes que ha provocado la globalización al interior de las sociedades nacionales y, sobre todo, el impacto que han tenido sobre el sistema de partidos y, al interior de los partidos, para determinar si también en esta dimensión se ha constituido un tipo específico de conflicto nacional. Para analizar esta faceta del problema, en el tercer apartado, nos apoyaremos en las propuestas de Kriesi (2006, 2008, 2016), Grande y Kriesi (2008), Grande y Hutter (2016) y otros autores que colaboran con ellos.

La Unión Europea se creó y puso en marcha en 1992-1993. Según Bartolini (2006), con ello se abrió un proceso que desdibujó la diferenciación histórica construida a lo largo de siglos y dio paso a la homogeneización paulatina de nuevas estructuras y reglas; es un proceso de des-diferenciación nacional que tuvo un doble efecto. Por un lado, las regulaciones que impuso a los productores de cada país para exportar hacia otros países de la UE e incluso fuera de ella, ampliaron la capacidad de determinados actores intra-nacionales para acceder a los recursos ubicados en los espacios externos, en los otros países que forman parte de ella; el mayor problema fue que estas nuevas capacidades y el acceso a los recursos económicos se distribuyó de modo desigual al interior de las sociedades nacionales, generando con ello una más profunda desigualdad socio-económica dentro de ellas. 

Por otro lado, el proceso de integración de la UE, además de establecer la democracia liberal como modelo único de política doméstica, contraviniendo así la herencia histórica de la Paz de Westfalia, redujo la capacidad de cada Estado para establecer normas dentro de su demarcación nacional e instauró la libre circulación de personas entre sus fronteras nacionales, mezclando de manera borrosa la noción de ciudadanía nacional, que por sufragio universal elije autoridades nacionales que deben rendir cuentas y con una difusa ciudadanía unioneuropea donde sus principales cuerpos ejecutivos no son electos por sufragio universal ni están claramente sometidos a la rendición de cuentas. El debilitamiento de fronteras y la creación de instituciones supranacionales promovidos por la integración de la UE influyeron sobre la política nacional modificando su sistema de representación sobre los actores socio-económicos al crear nuevas formas de desigualdad y de conflicto social; por lo mismo, se modificó la interacción entre éstos dos últimos y se remodeló como un nuevo espacio político-electoral sobre el que se desarrollaría la interacción entre las fuerzas activas nacionales. 

Bartolini (2001, 2006) plantea que el proceso de integración política de la UE ha tenido diversas consecuencias en la política nacional: limita el margen de acción de la burocracia gobernante, lo cual es crucial para encarar las crisis, desvaloriza las decisiones de los cuerpos representativos nacionales e incluso los resultados de consultas amplias a la ciudadanía (elecciones nacionales, referéndum) cuando estos últimos contravienen las disposiciones supranacionales y redistribuye más desigualmente el poder político nacional al pasar por encima de los arreglos institucionales nacionales que justamente se encargaban de establecer dicha distribución. En suma, al poner en entredicho el alcance de la toma de decisiones políticas nacionales, la aplicación de políticas de bienestar social, los criterios de manejo de los recursos públicos y de las finanzas, esta redistribución produjo nuevas formas de desigualdad y debilitó a los mecanismos nacionales de representación política. 

Más precisamente, este mismo autor plantea que la integración de la UE produjo cambios en la estructura de la política nacional que se manifestaron en la vida político-electoral y en los sistemas de partidos nacionales de cuatro maneras. Primeramente, el debilitamiento electoral y la división interna de los mayores partidos alteraron el equilibrio de la representación parlamentaria o legislativa. En segundo lugar, propició el aumento del desalineamiento electoral, la cartelización de los partidos y la mayor fragmentación del sistema partidario, lo cual a su vez dio lugar a fuertes cambios en las coaliciones partidarias que se formaron para la contienda electoral. En tercer lugar, el proceso de integración favoreció el aumento de la división y polarización interna de los partidos en lo individual y la personalización del liderazgo partidario. En cuarto lugar, afectó a la interacción entre el nivel nacional y el supra-nacional, tales como las tensiones en el reclutamiento de las élites supra-nacionales. De este modo, la integración de la UE de-
sarticuló las constelaciones institucionales en torno a las cuales se había organizado la gestión de conflictos en los ámbitos nacionales de sus países miembros; es decir, ejerció presión sobre la hasta entonces prevaleciente estructura de los clivajes nacionales. 

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Siguiendo con Bartolini (2001, 2005, 2006), otra dimensión del problema reside en la forma en la que los conflictos supra-nacionales, es decir, unioneuropeos, se articularon en el andamiaje nacional de clivajes. Los conflictos entre Estados nacionales y estructura supranacional, se agrupan en torno a tres ejes de  conflicto: entre el apoyo o la oposición a la integración en la UE, respecto al grado de profundidad de la integración y en torno al contenido sustantivo del proyecto de la UE. El primero de ellos es el que ha tomado más relevancia. Los clivajes respecto a la integración de la UE son difícilmente articulables dentro de la estructura de clivajes de los Estados nacionales, porque ello exigiría una redefinición esencial de las formas de gestión del conflicto político nacional, cuando precisamente ha sido el clivaje europeo el que ha contribuido decisivamente a desarticular el clivaje nacional. Los partidos mayoritarios tradicionales, divididos internamente por los problemas que les plantea la nueva situación y preocupados por mantener sus posiciones gubernamentales, tienen grandes dificultades para saltar el abismo y ofrecer una alternativa política que les permita ocupar ese nuevo espacio estratégico; se abre así un espacio incierto que puede ser ocupado por nuevos partidos y actores. 

De la argumentación anterior, Bartolini concluye que la incapacidad de los partidos mayores para reposicionarse estratégicamente respecto a las nuevas formas de conflicto auspiciadas por la integración de la UE, depende tanto de sus intereses a corto plazo por mantenerse en el poder, como también por la falta de una adecuación entre la nueva estructura social nacional y su sistema nacional de partidos; es decir, por su incapacidad para construir un mecanismo institucional que incorpore las nuevas formas de conflicto social dentro de la anterior estructura nacional de clivajes. Y esas élites partidarias no son capaces de redefinir las bases de la representatividad política nacional porque tanto su electorado como su base militante se encuentran divididos en lo que se refiere al nuevo conflicto integración-euroescepticismo. Para eludir las dificultades de este dilema, las élites partidarias prefieren seguir manteniendo vigente la misma estructuración de los clivajes nacionales; de este modo, al mantener una posición indefinida, las bases sociales de su electorado sólo reciben señales confusas.

En resumen, de la revisión anterior podemos concluir que la globalización neoliberal iniciada en los años ochenta y las medidas integracionistas promovidas por las estructuras supranacionales de la UE, especialmente por la burocratizada y tecnocratizada Comisión Europea, pueden ser consideradas como parte de un cambio estructural de largo plazo que impuso una homogeneización entre los diversos integrantes de la UE; esta des-diferenciación, al debilitar a las instituciones políticas nacionales, provocó un paulatino debilitamiento del marco institucional que anidaba a la tradicional estructura de clivajes, desestabilizaron los arreglos institucionales que encuadraban y canalizaban los conflictos y terminaron por deslegitimar parcialmente a las instituciones políticas nacionales en una parte del electorado nacional. Es una forma incipiente de desinstitucionalización que ha empezado por minar a los sistemas de partidos nacionales y con ello los mecanismos de manejo del conflicto y de incorporación institucionalizada de nuevas formas de oposición.

Los trabajos mencionados de Bartolini (2001, 2005, 2006) abordan más esta problemática desde el ángulo teórico. Nuestra intención en este trabajo es aplicar estas propuesta en la formulación de un planteamiento que permita dar cuenta de las inéditas crisis político-electorales y los desequilibrios en los sistemas de partidos que se han registrado en numerosos países miembros de la UE en la última década, sobre todo en aquellos donde las nueva formas de desigualdad económico-social se vieron agudizadas por los efectos de la crisis de la euro-zona y de la crisis migratoria y que despeje el camino para comprender el éxito de los denominados partidos populistas y la emergencia de nuevas formas de movimientos sociales.

3. La integración de la UE: una nueva forma
de desigualdad social y los dilemas en la esfera de los partidos políticos nacionales 

La globalización económica ha producido cambios en la estructura social de las más diversas entidades políticas nacionales del planeta. En el caso de la UE, según Bastasin (2019), durante las dos primeras décadas del siglo XXI, las entidades nacionales que la conforman han tendido a converger en términos de mejoría económica y social, pero la desigualdad entre las regiones al interior de las fronteras nacionales de cada país de la UE tuvo un aumento muy elevado; es decir, al interior de cada país, la desigualdad socio-económica se profundizó, cosa que se reflejó muy claramente en la evolución de los índices de distribución del ingreso; el mal manejo de la crisis de la
eurozona puso en evidencia esta desigualdad interna que se estaba profundizando dentro de las fronteras de cada uno de los Estados miembros de la UE; el estallido contra esta situación alimentó el ascenso del populismo y del nacionalismo. Añade este mismo autor que en la actualidad hay dos dinámicas divergentes: aquellas que llevan a los individuos en desventaja a temer una declinación irreversible y aquellas que impulsan a los beneficiarios con la globalización a proteger sus ventajas económicas; esta divergencia no sólo se refiere a la desigualdad absoluta, sino sobre todo a las expectativas que una persona tiene respecto al futuro de su propia colectividad y la conciencia de que este futuro es diferente al del resto de la sociedad. 

Autores de otras corrientes han hecho aportes que son útiles dentro de esta perspectiva. Los segmentos sociales ganadores en la nueva economía globalizada florecieron con la metropolización de las nuevas actividades económicas (Krugman, 1991; OCDE, 2018), los sectores sociales perdedores se concentraron en las ciudades que se desindustrializaron (Rodríguez-Pose, 2018, 2019), así como en las lejanas periferias urbanas, en ciudades pequeñas y en las zonas rurales (Guilluy, 2013, 2015). Otro rasgo más de esta evolución en la UE es que, después de diez años de convergencia en las tasas de crecimiento de las diversas regiones de sus territorios, éstas se revirtieron después de la crisis de 2008 (Farole et al., 2018). Por su parte, Kriesi et al. (2006, 2008) plantean que los empresarios y empleados altamente capacitados que forman parte de las empresas involucradas en la competencia internacional constituyen el meollo de los “ganadores”, en tanto que los empresarios y empleados ligados a las empresas protegidas, los trabajadores no calificados y aquellos con una fuerte identidad nacional conformarían el grupo de los ‘perdedores’; a éstos últimos habría que agregar a todos aquellos que se encuentran en el desempleo y con empleos precarios. 

Todos estos argumentos convergen en la idea de que el aumento de la competitividad económica, cultural y política estimulado por la globalización y la mayor integración económica de la UE contribuyeron a la conformación de un nuevo clivaje entre los beneficiados y los perjudicados por ellas, entre ganadores y perdedores. En este marco, la coalición social perdedora tendió a favorecer o a demandar políticas proteccionistas, asistencialistas y de diferenciación nacional, en tanto que la ganadora se inclinó en favor de la apertura del mercado, la libre competitividad y una identidad cosmopolita (Kriesi et al., 2006, 2008). Este aspecto del nuevo clivaje fue bautizado también como integración vs. demarcación, pero preferimos llamarlo más llanamente como pro-UE vs. euro-escépticos. Los sectores
ganadores con la integración adoptaron posiciones pro-UE y los perdedores prefirieron demarcarse de ellas y asumieron actitudes euro-escépticas. Numerosos estudios de opinión confirman estas tendencias (Gramlich y Simmons, 2018; Polk, 2017; Simmons et al., 2018; Stokes, 2015 y 2018; Wike y Fetterolf, 2018; Wike, Silver y Castillo, 2018; Wike, Stokes y Simmons, 2016; Wike, Fetterol y Fagan, 2019; Devli y Mordecai, 2019).

A partir de la discusión anterior, hemos sacado una serie de conclusiones a partir de las cuales podemos abordar el análisis de los actuales cambios en los sistemas de partidos en varios de los principales miembros de la UE (Alemania, Francia, Italia, España e incluso el Reino Unido, que culminó su proceso de salida de la UE recientemente, en enero de 2020). Desde nuestro punto de vista, lo más relevante es que todos estos nuevos fenómenos de diferenciación social ocurrieron con mayor intensidad al interior de las fronteras nacionales, es decir, de manera compartimentada de país a país, a pesar de que su causa era transnacional y global, y a pesar del debilitamiento de las viejas fronteras nacionales de la UE derivado del acuerdo Schengen. Sin embargo, consideramos que aunque el cambio socio-económico intra-nacional tuvo importantes motores en la economía y en el orden internacional, la organización de la esfera política siguió teniendo al espacio nacional como su ámbito de acción. A partir de ello, consideramos que los cambios estructurales ocurridos al interior de los Estados nacionales redefinieron las bases sociales de su respectiva política nacional y dieron lugar a nuevas formas de acción y de cultura políticas (valores, actitudes, percepciones) entre los nuevos grupos sociales en proceso de conformación. Esos cambios se vieron acelerados por las crisis del euro y de la deuda soberana de varios de sus integrantes en 2009-2012 y la crisis de los migrantes de 2015-2016.

El proceso de integración de la UE, al modificar las estructuras socio-económicas dentro de los ámbitos nacionales de sus integrantes influyó sobre la configuración de esas nuevas formas de acción y de cultura política. La empresa de construir autoridades políticas supranacionales planteó a la política nacional de cada Estado desafíos a nivel subnacional; sin embargo, dicho proceso azuzó el conflicto intra-nacional, tanto a nivel social como a nivel geográfico. De este modo, la mayor integración generó un proceso contradictorio: mientras que sus disposiciones promovieron la globalización entre sus países miembros, los cambios estructurales que esto produjo al interior de los Estados nacionales se distribuyeron de manera desigual entre las regiones a nivel subnacional agudizando el conflicto interno nacional.
Los gobiernos nacionales quedaron atrapados entre las presiones de la Troika y las protestas políticas y sociales anti-establishment

Esto ocurrió así porque las reacciones políticas ante los efectos integración ocurrieron dentro de los espacios nacionales, pero se distribuyeron de manera desigual dando lugar a nuevos fenómenos sociales y políticos que no fue posible acomodar o canalizar bajo las estructuras políticas nacionales prevalecientes. Como la organización de la esfera política siguió teniendo al espacio nacional como su principal ámbito de acción, esos cambios estructurales ocurridos a nivel subnacional plantearon el problema de la transformación de los sistemas de partidos nacionales e incluso la remodelación de la vida política nacional. Dicho de otra manera, la reestructuración social y económica que la búsqueda de una mayor integración provocó al interior de los Estados nacionales se sobrepuso a la tradicional organización de las bases sociales de los partidos y ejerció fuertes presiones sobre los partidos a nivel electoral. En el caso de los sistemas de partidos, este nuevo eje de conflicto, entre ganadores con la integración de la UE vs. los perdedores que prefieren demarcarse de ella, amenazaba con desplazar el anterior arreglo institucional basado en la división de clases y en la incorporación de la clase obrera a la política nacional. La resolución de este problema implica articular institucionalmente el nuevo clivaje dentro de la anterior estructura de clivajes; es decir, que los partidos existentes desarrollasen capacidades de adaptación ante las nuevas circunstancias. Como lo señalan Kriesi et al. (2006, 2008, 2008), los nuevos agrupamientos sociales, ganadores y perdedores de la globalización, pasaron a ser terrenos potencialmente movilizables por los partidos, siempre y cuando éstos últimos tuviesen la capacidad de reposicionarse estratégicamente, tarea difícil dada la compleja composición de los nuevos grupos sociales. 

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Para lograr dicha readaptación, los partidos teóricamente estarían obligados a leer e interpretar estas nuevas circunstancias, comprender el sentido político de los nuevos clivajes, desarrollar nuevas propuestas programáticas y organizativas con el fin de articular y movilizar este electorado nacional transformado por la globalización económica internacional. En el periodo crítico de 2008-2019, la intersección de ambos ejes de conflicto planteó serios dilemas a los dirigentes partidarios, quienes oscilaron entre dos posiciones extremas: ignorar el cambio o bien intentar adaptarse a él. Algunos partidos intentaron responder a ese desafío, pero a mediano plazo sus esfuerzos fueron contraproducentes, como les sucedió al Partido Social-Demócrata de Alemania y al Laborista británico en los noventas con la estrategia del “Tercer Camino”, que fue una adaptación neoliberal del programa de partidos basados originalmente en la clase obrera, pero que a la postre terminaron por recibir serios reveses electorales. Otros partidos lograron, después de grandes crisis y conflictos internos, redefinir su perfil ideológico e incluso sus bases sociales, lo que les permitió transformar y readaptar su partido a las nuevas circunstancias, aunque en apariencia conservasen la misma identidad organizativa; el mejor ejemplo de ello sería el Partido Conservador británico durante los años del Brexit. 

Sin embargo, lo que tendió a suceder más a menudo fue que los partidos se dividieran internamente en torno a qué posición asumir ante el nuevo clivaje y, ante ello, los dirigentes partidarios prefirieron mantener su indefinición política y minimizar la importancia de los nuevos ejes de conflicto, para así evitar que el debate profundizase la división partidaria que ya se perfilaba, tanto en sus filas militantes como en sus bases sociales electorales  (por ejemplo el Partido Laborista británico de los años del Brexit).

Cuando los partidos mayores del centro que han ocupado un lugar predominante en el sistema de partidos de su país no ofrecen una respuesta a este nuevo desafío, entonces emergen nuevas organizaciones partidarias: por ejemplo, Podemos o Ciudadanos en España, AfD en Alemania, el Movimiento 5 Estrellas en Italia, Francia Insumisa y La República en Marcha en Francia, el UKIP y el Brexit Party en Reino Unido. También sucedió que crecieron otros actores políticos hasta entonces minoritarios: por ejemplo, el Frente Nacional en Francia, La Liga del Norte en Italia, los Demócratas Liberales del Reino Unido, FDP en Alemania. La mayoría de esos partidos tendió a aproximarse al programa de los perdedores bajo diferentes matices ideológicos: los de izquierda (como Podemos, Die Linke y Francia Insumisa) se inclinaron a favor de una agenda política proteccionista en lo social y en lo económico, mientras que los de derecha (como AfD, Frente Nacional, la Liga) se inclinaron por realzar el eje identitario y la defensa de la identidad cultural, de ahí su preocupación por la inmigración y la injerencia de las instituciones de la UE. Una variante más de este reacomodo es el crecimiento o el surgimiento de partidos que enarbolan una agenda liberal muy radical y cuya base social es la de los ganadores con la integración europea (por ejemplo, La República en Marcha, Ciudadanos, el FDP alemán, los Demócratas Liberales británicos). Por último, también están aquellos que capitalizan el hartazgo de los ciudadanos con los políticos (Movimiento 5 Estrellas y, en parte, Podemos).

De la anterior discusión podemos concluir varias cosas. Los cambios estructurales propiciados por la globalización económica que introdujo la mayor integración europea, terminaron por modificar, en mayor o menor medida, la estructura del sistema de partidos y a los partidos mismos en varios de los países integrantes de la UE. La arquitectura de los sistemas de partidos se modificó con el debilitamiento de los partidos predominantes de centro y el fortalecimiento de nuevos partidos más radicales tanto de izquierda como de derecha. Estos cambios en las relaciones de fuerza entre los partidos dificultaron las negociaciones para la formación de gobierno y quitaron estabilidad a la gestión gubernamental, sobre todo para enfrentar los nuevos ejes de conflicto social que emergieron en las últimas décadas. 

4. Un punto de inflexión en el proceso de integración
de la UE: 2008

La secuencia de eventos y decisiones que aceleraron el proceso de integración de la UE fue muy apretada e intensa, y transcurrió en un lapso de tiempo relativamente corto en relación a la magnitud de los cambios que involucraba. En un primer momento, la desintegración del bloque socialista (1991) y la reunificación alemana (1990) apuraron el paso de la integración de la UE. Con el Tratado de Maastricht en 1992 y su entrada en vigor en 1993, los doce países europeos participantes atravesaron un umbral crítico de traslado de autoridad a instancias supranacionales (Grande y Hutter, 2016). Maastricht5 politizó los debates nacionales en torno a la integración europea. Poco después, bajo la presión estadounidense, la UE se vio obligada a incorporar en 2004 una decena de países poscomunistas a pesar de que muchos de sus principales miembros tenían reticencias, notablemente el Reino Unido y Francia; en 2005, la iniciativa del Tratado para Establecer una Constitución para Europa, más conocido como Tratado Constitucional, a pesar de haber sido firmado por los gobiernos de los Estados miembros, su ratificación se detuvo porque los ciudadanos de Holanda y Francia, en sendos referenda votaron en contra; otros países, lo ratificaron sólo por la vía parlamentaria y no llevaron la decisión a sus ciudadanos (la excepción fueron España y Luxemburgo que sí consultaron por medio de referenda). 

Hasta antes de 2007, Andersen y Evans (2005) basados en estudios de opinión de diversos países europeos, no encontraron evidencia de que las actitudes anti-integracionistas frente a la UE se tradujeran en un voto contra algún partido anti-UE, a pesar de que desde el punto de vista del cambio estructural a nivel socio-económico ya evolucionaba hacia un nuevo perfil, lo que se debía a que la traducción de las actitudes anti-UE se vieron coartadas por los diferentes arreglos institucionales político-electorales prevalecientes en cada país y que limitaban a través de las reglas electorales las posibilidades de las oposiciones, en especial de derecha, para alcanzar la representación política e inhibían el desarrollo de partidos anti-UE para dar expresión política y representación al nuevo clivaje emergente. La agudización de la crisis amplió la base social electoral de estas oposiciones, lo que les dió acceso a la representación y les permitió ocupar un espacio político inconturnable en sus respectivos escenarios nacionales. 

En 2007 se desató la crisis hipotecaria y financiera en Estados Unidos. En diciembre de ese año, se firmó el Tratado de Lisboa, para incorporar por otra vía que no implicase consultas ciudadanas, muchos de los arreglos previsto en el fallido proyecto de constitución; este tratado entró en vigor dos años después, en diciembre de 2009, cuando la crisis económica y financiera ya había sacudido a la UE y se había desatado la crisis de la deuda soberana de varios de sus Estados miembros. Tres instituciones supra-nacionales, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (la Troika), con fuerte apoyo del gobierno alemán, impusieron a varios gobiernos nacionales la aplicación de severas políticas de austeridad que implicaban elevados costos sociales y contravenían los deseos expresados electoralmente por los ciudadanos (Varoufakis, 2017). Esto profundizó más las fracturas de la nueva forma de división social y de redistribución espacial de los grupos sociales y agudizó aún más la desigualdad en la distribución del ingreso (Ostry, et al., 2016). Desde el punto de vista del presupuesto de la UE y su empleo, se agudizaron los conflictos en torno a su redistribución entre sus Estados miembros y determinados grupos dentro de ellos, sobre todo después de la euro-crisis provocada por la deuda de varios de sus miembros (Grande y Hutter, 2016). 

La firma del Tratado de Lisboa combinada con las secuelas de la crisis de 2008-2009  y las políticas de austeridad impuesta a ciertos países miembros a raíz de la crisis del euro y de la deuda soberana en la UE, fueron catalizadores para que la evolución estructural socio-económica empezara a traducirse en un fortalecimiento de los partidos retadores, populistas, tanto de derecha como de izquierda. La eurocrisis intensificó el debate sobre el grado de integracionismo de la UE; los conflictos de soberanía, asociados con esta mayor transferencia de autoridad a la UE, contribuyeron a intensificar el conflicto político durante la crisis financiera del euro y de las deudas soberanas. Fue una coyuntura crítica, en la que la desigualdad social profundizada por las nuevas dinámicas económica que promovió la integración de la UE se conjugaron con el déficit democrático de las instituciones supranacionales de la UE; más tarde, se aunó a ello la crisis migratoria de 2015-2016. Las decisiones de acción que tomaron tanto los partidos retadores como las élites gubernamentales nacionales y las instancias supranacionales de la UE, contribuyeron también al ascenso de la derecha populista (Kriesi y Grande, 2016). El ascenso electoral de los partidos anti-sistema fue vertiginoso y algunos de ellos llegaron al poder o a ocupar espacios parlamentarios significativos.

El tipo de clivaje, la disposición del formato del sistema de partidos y el sistema electoral dejaron espacios políticos vacíos diferentes en cada caso para enfrentar los nuevos problemas. Esos espacios podían ser ocupados por otras fuerzas políticas diferentes de las predominantes hasta un determinado momento, pero los nuevos partidos que ocuparían esos espacios activaron nuevos electores sobre espacios electorales vacíos modelados diferentemente (Roojduijn, 2018). Como resultado del nuevo clivaje ganadores-perdedores de la globalización, la estructura y dinámica de la contienda se ha vuelto tripolar (Grande et al., 2008): un polo ocupado por los partidos social-demócratas y ecologistas, otro polo por los partidos demócrata-cristianos, conservadores-liberales, y un nuevo tercer polo constituido por partidos populistas de derecha y otros de extrema derecha. Este último polo mostró una gran capacidad política para articular los problemas socio-económicos negativos derivados de la globalización con los problemas de identidad cultural nacional. La estructuración política de estos conflictos en un clivaje institucionalizado es el proceso que ahora está en curso. 

En suma, la transferencia de autoridad nacional a las instancias poco democráticas de la UE por medio de los Tratados de Maastricht y de Lisboa, creó el espacio político para el ascenso de los partidos retadores, notablemente los de derecha populista, los cuales lograron movilizar a determinados grupos sociales en torno a la identidad nacional cultural (Bornschier, 2008, 2010). Las respuestas de las élites políticas nacionales integracionistas, así como las reacciones de la élite unioneuropea ante estos nuevos desarrollos, fueron desatinadas y exacerbaron el conflicto; las alternativas que ofrecieron, centradas en políticas de austeridad fiscal y en los rescates a los bancos privados, crearon condiciones favorables al desarrollo de actitudes soberanistas. Asimismo, grupos de ciudadanos y algunos partidos asociaron la transferencia de autoridad a favor de la burocracia ejecutiva de la UE con los efectos negativos de la integración y con los costos sociales que trajeron la crisis financiera y la severa recesión económica, lo que estimuló el desarrollo de actitudes políticas de euroescepticismo.

Conclusión  

La integración de la Unión Europea, al promover políticas neoliberales y favorables a la globalización a nivel de las esferas nacionales, ha contribuido a la delimitación de un espacio político desocupado, a la vez que ha propiciado cambios sociales y de actitudes entre los electores de los diferentes países. Además, la crisis de los partidos mayoritarios tradicionales y su insuficiencia como partidos gobernantes ha sido otro factor político que también contribuyó a delinear ese nuevo terreno político. Como resultado de ello, se perfilaron dos nuevos ejes de conflicto que se superpusieron: el eje ganadores versus perdedores de la globalización y el eje euroescépticos versus integracionistas. Los partidos denominados populistas, sean de izquierda o de derecha, empezaron a ocupar el nuevo terreno delimitado por esos dos ejes de conflicto. Su presencia electoral en ascenso ha empezado a alterar el formato tradicional de los sistemas de partidos nacionales, lo que sugiere la posibilidad de la instauración de un nuevo clivaje. Sin embargo, el viejo clivaje de clases, trabajadores asalariados versus empresarios capitalistas, aunque muy desmantelado y debilitado, sigue teniendo peso y todavía no es clara la institucionalización de un nuevo clivaje en los sistemas de partidos nacionales.




1 Estas dos dinámicas no son las únicas que ha propiciado la globalización. También ha influido sobre otros aspectos: el balance de poder entre las principales potencias, el carácter y la magnitud de las migraciones transfronterizas, la incontrolable movilidad del capital financiero, la desregulación laboral, la expansión de las cadenas transnacionales de producción, el auge del crimen organizado a nivel internacional.
2 Por supuesto, las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016 también son resultado de estas dinámicas, pero a diferencia de la UE, la superpotencia americana sigue ocupando, a pesar del avance de China, una posición hegemónica a nivel mundial y, sobre todo, no forma parte de un orden político supranacional altamente institucionalizado y burocratizado como lo es la UE.
3 Hay otros concepto que complementa adecuadamente a esta perspectiva de análisis: el de coyuntura crítica de Collier y Collier (1991), el cual alude a momentos estratégicos o clave en un proceso en donde uno o varios de los actores toman decisiones que estimulan el rumbo de esa transformación de modo tal que ya no hay vuelta atrás o, al menos, el revertirlo tiene costos muy altos para la mayor parte de los actores centrales. 
Key (1955), mucho tiempo antes había formulado la noción de ‘elecciones críticas’ que, de alguna manera alude a una situación similar, pues alude a aquellos comicios en los que ocurre un realineamiento fundamental y duradero de las preferencias partidarias.
4 Bornschier (2009), un autor más contemporáneo que se inscribe en esa misma corriente de análisis, formuló de manera condensada esos mismos planteamientos. Para él, un clivaje es una forma específica de conflicto surgido durante algún gran proceso de transformación en la estructura social de envergadura histórica que produce divisiones políticas profundas y duraderas en la sociedad que, a la postre, se cristalizan institucionalmente.
5 Maastricht también fue un resultado del fin de la Guerra Fría y del impacto que tuvo el colapso soviético sobre el balance de poder mundial y europeo y sobre la reestructuración ideológica de los espacios políticos nacionales de la UE.




Referencias

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