Por Silvia Tabachnik / Profesora investigadora, Departamento de Educación y Comunicación. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.

El libro de Isis Saavedra se sustenta en un riguroso compromiso con la investigación y al mismo tiempo se destaca, desde la primera imagen de portada, por la riqueza del componente visual: las imágenes que selecciona tan atinadamente componen un sucinto archivo visual de intenso poder evocativo.  La imagen de portada captura la mirada, nos transporta del otro lado y condensa visualmente el “espíritu” del western, un género clásico firmemente  arraigado en nuestra memoria colectiva. 

El texto lleva la marca y la firma de una historiadora que sin renunciar a los fundamentos metodológicos y teóricos de la disciplina de su formación académica mueve los límites, desplaza discretamente las fronteras imaginarias entre los saberes, y esa labilidad de los límites es lo que define su perspectiva abiertamente transdisciplinaria. Desde este cruce de saberes nos invita a desplegar diferentes lecturas de un género íntimamente ligado a los inicios y primeros desarrollos del cine como lenguaje y como producto de la industria cultural; y en este recorrido por los inhóspitos paisajes del lejano oeste se impone como interrogante fundamental la cuestión de la frontera.

Es un desafío y un acierto de la autora el modo en que dialogan en este texto el concepto de frontera, por un lado, y la  frontera como elemento  simbólico presente en diversas expresiones de la cultura y del imaginario colectivo por otro. En una operación original y algo provocadora nos propone leer un género clásico del cine –el western, las historias del “lejano oeste”, las “películas de vaqueros”– situándonos y situándose precisamente, en un cruce de fronteras. Aun más, el libro mismo, declara Isis, es un cruce de fronteras. Lo define de una manera muy sugestiva (con resonancias benjaminianas) como una “antilectura” del western.

El objetivo es hacer una antilectura de la frontera… una lectura contraria, opuesta, a la tradicional… la antilectura pretende cuestionar el trasfondo de… las convenciones del género, esclarecerlas y comprenderlas desde este lado… de la historia común de ambos países.

(p. 24)

Uno de los aspectos que le confiere consistencia teórica a este trabajo, es la profundidad y amplitud con que aborda y analiza (en la primera parte, introductoria) la génesis histórica y política de la  frontera como objeto teórico (como “idea”). A esto contribuye también la precisión con que describe las condiciones históricas, políticas, económicas, que permitieron la emergencia y la consolidación del western como representación antonomástica y fantasía utópica  de la identidad nacional. Desde las botas (primer cuadro de la llegada al pueblo) al sombrero, pasando por la cartuchera.

Como todo texto, este que estamos comentando es plural, puede ser leído y disfrutado desde diferentes acercamientos. Es un verdadero acierto de la autora la estrategia de situar su propia reflexión y situarnos a los “espectadores/lectores” en un lugar de FRONTERA, como ella lo afirma: el libro en sí mismo es un cruce de fronteras y está escrito a contrapelo del imaginario del western, desde el otro lado de la historia. 

Para una o dos generaciones (situándonos en las décadas del 40 y el 50) el western acompañó las primeras experiencias como espectadores cinematográficos. No sólo inculcó contenidos ideológicos, valores morales, prejuicios racistas, modelos estéticos y normas morales, etc. –como suele destacarse muy frecuentemente en los estudios sobre el tema–, sino que también cumplió otra función diría “educativa”, en otro sentido: nos enseñó a ver cine, como también lo hicieron, tal vez en menor medida, otros géneros clásicos como la comedia  musical (el invento más estrafalario que haya producido Hollywood). Viendo “películas de vaqueros” fuimos adquiriendo familiaridad con el cine, ese cautivante lenguaje predominantemente visual, donde la elocuencia de las imágenes contrasta con la sobriedad, la parquedad
de los diálogos: el adusto justiciero movido por una idea fija, es parco de palabras, desprecia  el melodrama y carece de sentido del humor…

Para bien o para mal, el cine y el western en particular, participaron en nuestra educación (particularmente en la educación sentimental) con mayor eficacia que el sistema escolar. Hay que destacar que El western dejó una profunda impronta en nuestras ideas de la justicia, de la justicia confrontada con la ley. Con las “películas de vaqueros” adquirimos otras competencias de lectura. Descubrimos –parafraseando a Barthes– el “placer del texto” fílmico. 

Desde  la atractiva portada, el libro se compone con un repertorio de clichés visuales: un archivo de imágenes estereotipadas, de escenas obligadas (la llegada al pueblo del forastero cuya silueta a caballo se recorta en el horizonte; la intempestiva irrupción del forajido en la cantina paralizando a todos los parroquianos; la aparición de la bella  cantinera que desciende lentamente las escaleras observando al recién llegado (el justiciero, el vengador). Personajes, paisajes, escenas que componen lo que Ch. Metz definía como el verosímil del género:

Cada género tenía su campo de lo decible propio y los otros posibles eran allí imposibles. El Western, es sabido, esperó cincuenta años antes de decir cosas tan poco subversivas como la fatiga, el desaliento o el envejecimiento: durante medio siglo, el héroe joven, invencible y dispuesto, fue el único tipo de hombre verosímil.

El verosímil: un código (una gramática) que establece las reglas de lo que cada genero admite o excluye, una forma de autocensura que apunta menos a los contenidos que a las formas, cuyos efectos se hacen evidentes precisamente en lo que concierne al tratamiento figurativo del cuerpo de los personajes. El verosímil del western interviene particularmente a nivel de lo visual, muy especialmente en la figuración misma de los cuerpos, establece para los personajes emblemáticos un modo adecuado de moverse, caminar, de montar a caballo; unas poses y una postura particular, así como una indumentaria que identifica al personaje y le asigna  al lugar que ocupará  en el relato. En ese espejo se reconocerían los personajes “encarnados” por  Wayne –el adusto arquetipo– con su mesurada y rígida gestualidad pétrea, con su inexpresiva mirada dizque lanzada al horizonte…

Para el conocedor del género esa identificación visual de los personajes es inmediata: son inconfundibles, si bien algún texto de Q. Tarantino desbarata por completo todos los fundamentos del verosímil del género, lo mismo que algunas derivaciones paródicas del spaghetti western. Atentados contra las reglas de género.

El espectador del western reconoce también una serie de claves narrativas que sostienen y alimentan la trama del relato, entre ellas la más emblemática, por supuesto: la imprescindible escena del duelo, que ocuparía un sitio primordial en un  eventual estudio de la retórica del suspenso. Estos componentes  predominantemente visuales constituyen un capítulo fundamental de un eventual Archivo del Western. 

El libro de Isis, tan documentado y minucioso en su indagación histórica, tiene clara y declaradamente una impronta crítica. “Una antilectura” –dice la autora– desde “el otro lado”, en la frontera de la pantalla, atravesando el muro en uno u otro sentido. En mi opinión, una de las virtudes de este texto es que a diferencia de mucha literatura sobre el género, no hace de la “desmitificación” la denuncia ideológica como principal cometido. Abundan los análisis de este tipo. En este libro, si bien la autora reconoce y desmonta con agudeza y a menudo con ironía los estereotipos visuales, los ideologemas enraizados en el discurso, la retórica xenofóbica y racista, recurriendo para este análisis a las herramientas del análisis del discurso y en otra vertiente a los principios de la narratología fílmica de impronta semiológica y otras corrientes (como la de los estudios visuales), esta antilectura no se limita a develar una vez más el trasfondo ideológico del western: en cambio lo historiza, le confiere el lugar que le corresponde dentro del entramado de condiciones sociales, culturales, políticas, económicas, que intervinieron tanto en la producción como en la circulación y, en particular, los modos de recepción del género según se lo mire desde este o desde otro lado de la frontera. 

Después de leer este libro, queda la convicción de que la autora nos seguirá aportando valiosos instrumentos para la comprensión de la historia leída desde el cine y el cine leído desde la historia.



Saavedra Luna, Isis (2016).
Cuando el Western cruzó la frontera. 
Un acercamiento transdisciplinario. 

México: UAM-X.

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