Rhina Roux/ Doctora en Ciencia Política, profesora investigadora del Departamento de Relaciones Sociales, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.

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Texto leído el 11 de mayo de 2021, en la presentación del libro coordinado por Diana Fuentes y Massimo Modonesi, Gramsci en México.

Diana Fuentes y Massimo Modonesi coordinaron y acaban de publicar Gramsci en México bajo el sello editorial Itaca, la UAM Xochimilco y la UNAM. Se trata de una compilación de doce ensayos en la que sus autores reconstruyen la recepción del pensamiento de Antonio Gramsci en México: de aquel dirigente político originario de Cerdeña que, preso en las cárceles mussolinianas, se propuso emprender una investigación für ewig (que trascendiera en el tiempo) desarrollando el análisis de la cuestión meridional iniciado poco antes de su encierro, rastrear el “espíritu popular creativo” italiano y combatir la reducción economicista del marxismo con una elaboración teórica de altos vuelos sobre la política, el Estado, la historiografía, la cultura, la lingüística y las probables sendas de construcción de una voluntad colectiva de emancipación, pensado todo desde el mirador de las vicisitudes de la historia europea e italiana.

 A lo largo de 280 páginas, este libro cristaliza así un esfuerzo colectivo de recuperación de los caminos, los debates y las ideas de quienes a lo largo de cinco décadas, desde diversas disciplinas y formas del pensamiento, contribuyeron en la recepción y difusión de la obra de Gramsci en tierras mexicanas. Rescatando artículos, libros, entrevistas, seminarios, reflexiones y polémicas suscitadas por la teoría y los conceptos gramscianos, los partícipes de esta obra colectiva: Diana Fuentes, Víctor Pacheco, Aldo Guevara, Massimo Modonesi, Jaime Ortega, Martín Cortés, Diana Méndez, César de Rosas, Mario Arellano, Dante Aragón, Sebastián Gómez y Joel Ortega, iluminan de este modo el impulso que significó el pensamiento de Gramsci en este lado del mundo: tanto en la reflexión teórica sobre la política, el Estado, la cultura y la subalternidad, como en el análisis concreto de los procesos culturales y las formas estatales propias de las sociedades latinoamericanas, incluida la mexicana.

Esta reconstrucción no se realiza en el vacío. Considera los ritmos de las traducciones y ediciones de los escritos de Gramsci en América Latina y en México, recordados por Diana Fuentes en su contribución: desde la traducción de los textos de la edición temática de los Cuadernos de la cárcel dirigida por Palmiro Togliatti (cuyos primeros volúmenes se publicaron en Argentina entre 1958 y 1962, en Brasil entre 1966 y 1968, y en México a partir de 1975 por la editorial Juan Pablos), hasta la traducción al castellano de la edición crítica, en orden cronológico, de los Cuadernos de la cárcel de Valentino Gerratana, realizada en México en una coedición de la editorial Era y la BUAP, entre 1981 y 2000. Este último un acontecimiento que, como escribe Diana Fuentes, “marcó un parteaguas para la lectura de Gramsci en Hispanoamérica”. No sólo porque, como ella señala, “fue la primera traducción de la edición crítica en una lengua distinta a la italiana y, por tanto, uno de los primeros esfuerzos por mostrar a Gramsci de forma sistemática” (p.30), sino también porque abrió la posibilidad de un estudio más riguroso, de reconstrucción filológica, de la elaboración y articulación interna de los conceptos gramscianos. Un método por lo demás explícitamente valorado por Gramsci en una carta de 1931, en la que al narrar las dificultades que encontraban sus investigaciones en las condiciones del encierro, explicaba que “la costumbre de una severa disciplina filológica adquirida durante los estudios universitarios”, quizá había arraigado en él “excesivos escrúpulos metodológicos”.1 

1 Antonio Gramsci a Tatiana Schucht, 3 de julio de 1931, en Antonio Gramsci (2003), Cartas de la cárcel, 1926-1937. México: Era/BUAP/Fondazione Istituto Gramsci.

De otra parte, el libro considera también los acontecimientos históricos que ayudan a comprender los énfasis, las claves de lectura e incluso los usos políticos de la obra gramsciana: desde la “desestalinización” decretada en la Unión Soviética en 1956 hasta el viraje “eurocomunista” de los años setenta; desde el arribo a las universidades mexicanas de intelectuales obligados al exilio por el ascenso de las dictaduras militares sudamericanas, hasta la erosión del régimen posrevolucionario mexicano que colocaba en la agenda tanto la aprehensión conceptual de la peculiar estatalidad mexicana como la cuestión universal de la relación entre socialismo y democracia.

Desfilan así ante el lector, el registro del primer arribo de Gramsci a México: la traducción de “Maquiavelo y el nuevo Príncipe” realizada por Víctor Flores Olea en 1959 para la Revista de la Universidad de México; los usos del legado gramsciano por los militantes del Partido Comunista Mexicano, legalizado con la reforma política de 1977; el ambiente intelectual en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, enriquecido con la presencia de intelectuales latinoamericanos como el boliviano René Zavaleta, primer director de FLACSO México y uno de los grandes intelectuales que, apropiándose de Gramsci, pensó con originalidad el fenómeno estatal desde las abigarradas formaciones sociales latinoamericanas; las contribuciones de José Aricó y Juan Carlos Portantiero, exiliados argentinos fundadores de los Cuadernos de Pasado y Presente, el primero descubridor de las afinidades electivas entre Gramsci y Mariátegui y el segundo autor de Los usos de Gramsci, publicado en 1981; las reflexiones de Carlos Pereyra, siguiendo las huellas de Gramsci sobre la centralidad de la política, el Estado y la sociedad civil, y la figura de Dora Kanoussi, antropóloga griegomexicana, central en la interpretación y en las actividades académicas de difusión y deliberación sobre el pensamiento del sardo.

Aparecen también otras dos figuras intelectuales mayores. La del filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, exiliado de la guerra civil española, quien andando su propio camino y abrevando de los manuscritos juveniles de Marx, de Lukács, Korsch y Lefebvre, llegó a deslindarse de la conversión del marxismo en una ideología de Estado y a coincidir con una de las principales tesis de Gramsci frente a las reducciones economicistas: la consideración de la teoría de Marx como una filosofía de la praxis, de la que por cierto Gramsci encontraba un lejano precursor en Maquiavelo: el antiguo secretario de la república florentina que en su Italia fragmentada y sometida por poderes extranjeros, había anclado el arte de la política en el mundo de la acción humana y no en los designios de lo divino, apelando a la intervención de la voluntad y siempre en el terreno de la realidad efectiva para la creación de nuevas relaciones de fuerzas sociales.

En una entrevista rescatada por César de Rosas, el filósofo hispanomexicano Sánchez Vázquez, narraba: “cuando yo escribí lo que fue la primera edición de mi libro Filosofía de la praxis [1967], en realidad yo no pude beneficiarme plenamente por no disponer de este conocimiento del pensamiento de Gramsci. Y cuando empecé a leer a Gramsci, con detenimiento, fue para mí o tuvo para mí el carácter de un verdadero deslumbramiento, tomando en cuenta el tipo de marxismo en que nos movíamos en aquellos tiempos” (p.172).

De otra parte, el libro recupera también lo que Mario Arellano describe como “una difusa y espectral presencia de las ideas y conceptos gramscianos” en la sociología histórica de Pablo González Casanova, quien recibió los escritos de Gramsci de manos de Vicente Lombardo Toledano, estudiándolos “en un contexto en que el marxismo llegaba a través de los escritos del existencialismo francés, el reformismo socialdemócrata y la ortodoxia del socialismo realmente existente” (p.176). González Casanova, escribe Arellano, utilizaría el concepto gramsciano de hegemonía “para dar cuenta de las formas heterogéneas en que se presenta la lucha de clases en América Latina, así como para indagar en las posibilidades efectivas de una política hegemónica de las clases subalternas en el contexto de las luchas de liberación nacional centroamericanas ocurridas en la segunda mitad del siglo XX” (p.181).

Y aparecen también por último, bajo las plumas de Dante Aragón, Sebastián Gómez y Joel Ortega, respectivamente, las apropiaciones de Gramsci en los estudios de las culturas populares mexicanas (particularmente en los trabajos de Guillermo Bonfil Batalla, Héctor Díaz Polanco, García Canclini y Gilberto Giménez); en los estudios de etnografía educativa promovidos en los años setenta y ochenta por la mexicana Elsie Rockwell y la exiliada argentina Justa Ezpeleta y, finalmente, en las diversas y divergentes interpretaciones de la historia y del Estado mexicano realizadas en lo que va del nuevo siglo.

A esta constelación de figuras y pensamientos conformada en la recepción y apropiación de Gramsci en México, debemos agregar con justicia a una figura intelectual ausente en el libro: la del filósofo mexicano Francisco Piñón Gaytán, autor de Gramsci: prolegómenos filosofía y política, publicado en 1987 y, más recientemente, de La modernidad de Gramsci: ética, política y humanismo, publicado en 2016. No sólo porque Piñón ha formado muchas generaciones de estudiantes en sus cursos en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y en la UAM Iztapalapa, sino por su profundo conocimiento tanto de Gramsci como de Hegel, Benedetto Croce y Antonio Labriola, en los que Gramsci también formó su pensamiento. Y debemos también considerar el trabajo intelectual de Adolfo Gilly, quien en su larga pesquisa de una visión de la historia a contrapelo de las narraciones oficiales, encontró en Gramsci una “revolución metodológica”, una “alteración en el orden del discurso de la historia”, es decir, por quién y por dónde empezar: “no por ‘los de arriba’ ni por ‘los de abajo’, sino precisamente por ese punto de fricción donde se opera la juntura; donde la actividad se llama resistencia; donde la creación y la actividad de las clases subalternas se revelan como propias y no como si fueran una simple función del mando dominante”.2

2 Adolfo Gilly (2006). Historia a contrapelo. Una constelación. México: Era, pp. 85-86.

Sería imposible comentar aquí en detalle los argumentos, las ideas, los encuentros y desencuentros contenidos en la rica producción intelectual que, sobre y desde Gramsci, puede encontrarse en los terrenos de la ciencia política, la sociología, la filosofía, la historia, la antropología y la pedagogía en los últimos cincuenta años. Me permito únicamente rescatar algunas ideas que encuentro en mi lectura para ilustrar el estímulo que ha significado Gramsci en la reflexión en tierras mexicanas.

En los terrenos de la teoría política destaca por supuesto el concepto gramsciano de Estado integral, que entrelazado en los Cuadernos de la cárcel con la elaboración teórica del concepto hegemonía y la reflexión sobre los criterios metodológicos para la reconstrucción de la historia de las clases subalternas, iluminó la trama de la moderna forma estatal en toda su complejidad, trascendiendo lo que habitualmente se entiende por “Estado” e incluyendo a la “sociedad civil” como uno de sus momentos constitutivos. En este horizonte de comprensión se ubicaba, a mi juicio, la reflexión teórica de Carlos Pereyra rescatada por Jaime Ortega: una reflexión que de la mano de Gramsci y a contrapelo de las visiones instrumentalistas, sugería en 1979 un concepto de Estado más procesual y dinámico: entenderlo no como una cosa o un instrumento, sino como “un campo de relaciones objetivado en un complejo y diversificado aparato institucional” y atravesado de arriba abajo, como toda entidad social, por la lucha de clases (p.126)

Otra veta de fértiles análisis explícitamente inspirados en Gramsci se produjo en el terreno de lo que Dante Aragón ubica, con precisión, como los “estudios de las culturas populares en México”. “Popular”, aclara Aragón, “entendido no identitariamente, sino como una multiplicidad de saberes y prácticas en posición desigual y en relación de múltiple tensión” (p.216). Este campo de estudios, que arrancó en 1979 con un Seminario de Culturas Populares organizado en el CIESAS por Guillermo Bonfil Batalla e impartido por el antropólogo italiano y gramsciano Alberto Mario Cirese, detonó ideas y consideraciones metodológicas que pueden seguir estimulando lo que Dante Aragón llama la “exploración del Gramsci popular mexicano”. Entre ellas el abordaje que hizo Bonfil Batalla de la cultura popular considerando la específica subalternidad mexicana y latinoamericana, es decir, en palabras del antropólogo mexicano, aquellas que “corresponden al mundo subalterno en una sociedad clasista y multiétnica de origen colonial”. “Esta consideración crítica de las culturas populares, es decir, ni su rechazo aristocrático típicamente croceano, ni su apología folklorista, supone un claro gesto gramsciano”, escribe con razón Aragón (p.201).

Otra idea presente en los Cuadernos de la cárcel y rescatada por García Canclini en un ensayo de 1986 (“Gramsci y las culturas populares en América Latina”), refiere a la comprensión de la cultura popular en un proceso dinámico de intercambios y condicionamientos conflictivos con la cultura de las élites, de la cual nosotros podemos también derivar una comprensión más procesual, relacional y dinámica, de la hegemonía, usualmente entendida como sinónimo de “ideología dominante”. 

“Gracias a esa consideración crítica de las culturas, que se hacía posible con la lectura de Gramsci”, escribe Aragón, “los estudios de las culturas populares escapaban, así, de populismos etnicistas identitarios que tenderían (y tienden) a romantizar las culturas populares, o bien de folclorismos que reducían la complejidad de los fenómenos populares, fetichizando ciertas prácticas u objetos deshistorizados” (p. 207).

Cierro por último la celebración de la publicación de este libro compartiendo plenamente la sugerencia de Dante Aragón de “repensar muy gramscianamente nuestra cuestión meridional, es decir, nuestra necesidad de analizarnos críticamente para traducirnos y fortalecer así a las hegemonías populares, evitando la salida cesarística o la pasivización” (p.216) e invitando también a las nuevas generaciones a seguir explorando, estudiando y apropiándose creativamente de la obra abierta y del pensamiento vivo de Nino Gramsci.

Diana Fuentes y Massimo Modonesi (Coordinadores) (2021).
Gramsci en México.
México: UAM, Unidad Xochimilco.

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