
Miriam Jacqueline Villarruel Ortega / licenciada en Desarrollo y Gestión Interculturales (UNAM) y maestra en Rehabilitación Neurológica (UAM-X). Su trayectoria articula la docencia, la investigación y la acción comunitaria en torno al desarrollo infantil, el cuidado y los derechos humanos.
Introducción
El trabajo de cuidado migrante e informal en los países del Norte Global revela los contornos más agudos de la desigualdad contemporánea. En Suiza, un país con altos estándares de vida y sistemas de bienestar consolidados, miles de mujeres provenientes de América Latina, el Sudeste Asiático y Europa del Este, participan en la reproducción cotidiana de la vida bajo condiciones de irregularidad, precariedad y silenciamiento. Este ensayo parte de una experiencia etnográfica como cuidadora irregular en ese país, para reflexionar sobre los mecanismos que permiten, sostienen y legitiman esta forma de explotación. A través del análisis de conceptos como cadenas globales de cuidado, necropolítica, acumulación por desposesión y ciudadanía diferenciada, se busca comprender el entramado global que articula lo doméstico, lo migrante y lo femenino en una economía políticamente construida sobre cuerpos racializados.
Las cadenas globales de cuidado y la mercantilización del afecto
Siguiendo a Guimarães (2018), el cuidado puede entenderse como un circuito de relaciones sociales, significaciones y transacciones económicas, mercantiles y no mercantiles. Cuando estas relaciones se organizan de manera transnacional, como en el caso del cuidado provisto por migrantes, configuran lo que Arlie Hochschild denominó “cadenas globales de cuidado”: redes de mujeres que transfieren tiempo, energía y afecto desde países empobrecidos hacia países enriquecidos. Este proceso implica una doble desposesión: de las condiciones materiales de vida en los países de origen y de los vínculos afectivos en el plano de las familias propias.
En Suiza, el sistema de cuidados formal existe pero es ineficiente, costoso y excluyente. Las guarderías aceptan a los niños después del primer año de vida, con tarifas altas incluso para familias de ingresos medios. Esta situación ha llevado a que muchas familias recurran a cuidadoras migrantes, muchas veces sin papeles o en condiciones de informalidad, para garantizar la atención diaria de sus hijos e hijas. Esta práctica reproduce un orden social profundamente desigual, en el cual las mujeres del Sur global subsidian la reproducción cotidiana de las familias del Norte.
Necropolítica y gubernamentalidad diferencial: el caso suizo
La precariedad de las trabajadoras migrantes en Suiza no es un accidente ni una falla del sistema, sino parte estructural de un régimen de gubernamentalidad diferencial que selecciona y ordena a las poblaciones de acuerdo con su utilidad económica y su valor racializado. Como plantea Mbembe (2011), la necropolítica no sólo actúa a través de la violencia directa, sino también mediante la gestión desigual del acceso a derechos, la invisibilización institucional y la imposición de un orden en el que algunas vidas importan menos que otras.
En este sentido, Suiza representa un caso ejemplar de democracia liberal con un sistema de exclusión sofisticado: las trabajadoras migrantes irregulares son funcionales a la economía doméstica, pero carecen de derechos laborales, acceso a salud pública o protección contra el abuso. Sus condiciones de vida y de trabajo son sostenidas por una tolerancia cínica del Estado y por la naturalización cultural del trabajo doméstico como “ayuda” y no como empleo.
La colonialidad del poder y la ciudadanía de segunda clase
La articulación de estas condiciones con los países de origen de las trabajadoras migrantes exige una mirada más amplia. Quijano (2014) propuso el concepto de “colonialidad del poder” para describir la manera en que la jerarquía global, construida desde la conquista, se mantiene a través de lógicas de racialización, desigualdad económica y subordinación cultural. Las mujeres que migran desde países como Ecuador, Filipinas o Bolivia lo hacen empujadas por sistemas que excluyen sistemáticamente a las mayorías de sus derechos económicos y sociales.
Esta exclusión se agudiza en poblaciones racializadas como los pueblos indígenas y afrodescendientes, quienes tienen menor acceso a empleo adecuado y remuneración digna, perpetuando un régimen de ciudadanía diferenciada. Migrar, entonces, aparece como una estrategia de supervivencia, pero también como una forma de subsidio al sistema global de cuidados.
Territorio, ruralidad y género: condiciones de expulsión
Los procesos que empujan a las mujeres a migrar también están enraizados en la historia territorial y productiva de sus lugares de origen. La ausencia de servicios públicos, unida a la concentración de la tierra y la subordinación de las mujeres al trabajo reproductivo, genera una carga desigual que las empuja a aceptar trabajos precarios o migrar.
El cuidado, en estas condiciones, se convierte en una tarea totalizante. Las mujeres rurales no sólo cuidan a sus hijos e hijas, sino también a personas mayores, animales, huertas y comunidades. Esta sobrecarga, lejos de ser reconocida, es naturalizada como parte de una “cultura” o “vocación” femenina. La migración aparece como una vía para romper con ese orden, aunque también implica nuevas formas de explotación y alienación.
Capital, afecto y profesiones feminizadas: entre la enfermería y el servicio doméstico
Los circuitos de cuidado también se reproducen en las profesiones reconocidas, como la enfermería. Aunque con mayor legitimidad social que el servicio doméstico, la enfermería también está feminizada, mal remunerada y subordinada dentro de las jerarquías del sistema médico. Incluso las enfermeras tienen dificultades para reconocerse como cuidadoras, debido a la necesidad de mantener una jerarquía frente a los pacientes y frente a otros profesionales de la salud. Esto revela cómo el cuidado, aunque central para la reproducción de la vida, es sistemáticamente invisibilizado o despreciado.
Las cuidadoras migrantes en cambio, ocupan un lugar aún más precarizado. Sin formación médica ni reconocimiento legal, su saber corporal y emocional es explotado sin protección. La “vocación” se convierte en excusa para negar el pago justo y el afecto en moneda de cambio. Aún así, muchas mujeres encuentran en ese trabajo un sentido, una forma de agencia o una posibilidad de sostener a sus familias. Esta tensión entre explotación y agencia es central para entender el cuidado en contextos neoliberales.
Conclusión
El cuidado es una actividad estructural para la vida, pero también un campo de
disputa política, simbólica y económica. Las experiencias de las cuidadoras migrantes en Europa, lejos de ser excepcionales, son representativas de un sistema global que reposa sobre la desigualdad, la racialización y la feminización del trabajo. Para desmantelar este orden, es necesario cuestionar no sólo las políticas migratorias o laborales, sino también los valores que organizan el reconocimiento social del cuidado.
Reivindicar el cuidado como un derecho y no como una carga, como una responsabilidad colectiva y no como una tarea femenina, es parte de una lucha más amplia por la justicia social. Esta lucha debe reconocer las voces, las trayectorias y los saberes de quienes cuidan desde los márgenes.

Referencias
Guimarães, N. A. (2018) Os circuitos do cuidado: reflexões a partir do caso brasileiro.
Harvey, D. (2005) El “nuevo” imperialismo: acumulación por desposesión.
Mbembe, A. (2011) Necropolítica. Melusina.Quijano, A. (2014) Cuestiones y horizontes: de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder. CLACSO.