
Miriam Calvillo Velasco / Profesora Investigadora, UAM-X. Integrante del Comité Editorial de Veredas.
Hace un par de días, durante una charla con un grupo de colegas sociólogos, uno de ellos advirtió –de pasada y de un modo tan marginal que hoy bien podría negar su paternidad– del peligro de, y ahora cito: “caer en una esquizofrenia de la sociología”. Por deferencia, y porque su anonimato me permite citarlo con libertad, omito su nombre.
Por una de esas extrañas asociaciones de ideas que, como todas, nada tienen que ver –al menos en sentido estricto– con el detonante, anoche recordé esa frase sin motivo aparente. Quizá porque la noche no sólo es tiempo propicio para desatar la imaginación –toda y en este caso particularmente la sociológica– sino también para el delirio, comencé a pensar que, además de una esquizofrenia de la sociología, bien podríamos hablar de la pertinencia de una sociología de la esquizofrenia, o suponer la posibilidad, nada remota, de una sociología esquizofrénica, o incluso de una esquizofrénica sociológica… ¿o de una socióloga esquizofrénica? Parece que, al final, he llegado al meollo del asunto.
En fin, fue aquí cuando –quién sabe por qué extraños senderos de la mente– llegué a preguntarme qué podía decir acerca de la carrera de sociología, simplemente por decir.
Podría escribir sobre lo que me parece que debería ser la carrera de sociología, o sobre lo que ahora es, lo que está dejando de ser, o lo que podría llegar a ser. Y es que todo eso, al fin y al cabo, es la carrera de sociología. No me refiero solamente a los planes y programas de estudio, al perfil del egresado o a la organización curricular –o no sólo a eso– sino sobre todo, a las expectativas, perspectivas, aspiraciones, deseos, concepciones e incertidumbres de todos aquellos y aquellas que formamos “la carrera de sociología”; o mejor dicho, la comunidad de sociólogos y sociólogas, formadas o en formación.
Y no me refiero, aunque así haya sonado, a la fila que podamos llegar a formar en espera de algo que bien a bien no sabemos qué es. Esto excluiría de manera poco atenta –por decir lo menos– a todas y todos aquellos que tienen que ver con la sociología y con la generación (uso un sinónimo para no volver a dar la idea de que los y las sociólogas estamos siempre en una fila, esperando) de nuevos y nuevas sociólogas; es decir, a todos los que, de una u otra forma, están implicados con la “carrera de sociología”.
Es un reto intentar explicar a propios y extraños por qué, después de 50 años de fundada la carrera en la UAM-Xochimilco, seguimos preguntándonos quiénes somos, qué hacemos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, desafiando los cánones estereotipados de la madurez que exigirían a estas alturas respuestas claras.
Como si se tratara de una penitencia en algún infierno dantesco, quienes oficiamos la sociología parecemos destinados a la recurrencia cíclica de preguntarnos, una y otra vez, qué es la sociología, qué supone ser sociólogo, qué tan rentable o redituable puede ser el ejercicio profesional, cuáles son las fuentes de trabajo, qué tan pertinente es la sociología en tanto disciplina, profesión o ciencia, cuáles son sus métodos, sus objetos de estudio, qué tan confiables, verificables u objetivos pueden ser sus productos y resultados. Y ahora, además, debemos añadir temas como qué hacer con la tecnología, en especial con la inteligencia artificial, a la que por cierto le pedí una versión de este texto, que resultó tan acartonada que me quede con la mía.
Estas y muchas otras interrogantes acompañan a los actores de esta trama, llenando sus tribulaciones, pero también impregnando su oficio, su modo de ejercerlo, su forma de enseñarlo y su manera de aprenderlo. Y aunque dudo que alguna de estas preguntas encuentre una única y definitiva respuesta (y ojalá que así sea, no sólo por la supervivencia de la sociología sino especialmente por la salud de su bastión principal: el pensamiento crítico, queda siempre la sospecha –hablando de bastiones– de que es precisamente la persistencia de estas interrogantes lo que ha permitido y seguirá permitiendo que nuestra disciplina avance. Es decir, que de tanto en tanto, la duda y la incertidumbre nos tomen por asalto, para que la sociología logre encontrar nuevos rumbos, sentidos y significados.
Y es eso justamente –término que uso, primero por preciso y luego por hacer referencia etimológica a la justicia– lo que convierte a la sociología en una deslumbrante aventura del conocimiento de lo social.
La historia de la carrera en esta y otras muchas instituciones nos ha mostrado que, cuando se trata de definir el contenido de la formación de los y las sociólogas, de señalar lo que debe y lo que no debe formar parte de ella, la discrepancia se apodera de los actores: se cuestiona todo –quiénes tienen derecho a participar, los tiempos que se ocuparan en la disertación, los mecanismos y procedimientos–, todo. Sin embargo, paradójicamente, lo que suele prevalecer en esta discrepancia (a veces sutil y otras veces encarnizada) es la convicción tácita y compartida de que la sociología es una disciplina que analiza la vida social para contradecir el sentido común y poner en entredicho valores, prejuicios, estereotipos y prácticas consuetudinarias.
¿No será esta mi pura aspiración personal? ¿Y si acaso en eso tampoco hay acuerdo? No es mi interés entrar en polémica –aunque sé que decir eso ya es estar polemizando–, pero prefiero pensar que, al menos, estaremos de acuerdo en que para ser sociólogo o socióloga no basta con manejar un par de instrumentos metodológicos, unas cuantas técnicas, una que otra idea y varias teorías.
Cierto es que formarse como socióloga (aclaro que en adelante, por cuestión de economía del lenguaje y para facilitar la lectura, el término “socióloga” incluye a cualquier otro sexo o género que cumpla con el único requisito de estudiar sociología) supone adquirir una serie de habilidades, destrezas y adiestramientos que les hacen parte del oficio, pero eso no puede ser todo. Porque la sociología es mucho más que eso: es una actitud frente al mundo, una forma particular de mirar lo mismo que los otros ven… pero con otra mirada.
La mirada sociológica se antoja, al mismo tiempo, microscópica y telescópica: capaz de ir más allá de lo evidente, de aquello que todos miran. Ser socióloga implica analizar, lo que significa comprender, entender, explicar. La pregunta es: ¿en qué parte de los planes de estudio incorporamos esas habilidades?, ¿cómo garantizamos su enseñanza y su aprendizaje? Menuda tarea. Ojalá se convirtiera en la disertación de cada noche o, al menos, en el pan nuestro de cada día, para no olvidar que la sociología es esquizofrenia, pero también pasión. Y que como cualquier pasión, requiere del enamoramiento, la entrega total y permanente a lo que se hace… porque de otra manera, la pasión se acaba.
La sociología no admite el descanso. La esquizofrenia de separar la vida del oficio acecha constantemente. Para escapar de ella sólo queda ejercitar el oficio, incluso en aquellos momentos en los que sólo se es un ciudadano común. Una socióloga hace lo que todos los demás, puede incluso hacerlo de la misma manera, pero al interrogarse sobre el por qué de las acciones, conductas y emociones, se corre el virtuoso peligro de transformar las suyas propias. Vaga esperanza que puede llevarla a poner lo mejor de sí misma para cuestionar, con argumentos, lo pernicioso de ciertas actitudes, gustos y conductas colectivas, y con ello, a desear construir nuevas formas de actuar y de sentir, sin saber –o aún sabiendo– que ello la puede conducir al ostracismo de las y los que no se adaptan. La sociología afecta la forma en que una persona piensa, siente y se comporta. ¿No es esto esquizofrenia?
Tantas veces y por tanto tiempo hemos dicho que vivimos un momento marcado por vertiginosos, continuos y profundos cambios, que ya raya en lo inverosímil. Y es en esa extravagancia en la que se funda la común idea de que el cambio, entre más vertiginoso, vuelve todo más estático. Dicho de otra manera, parece que la fórmula para confrontar un mundo en permanente y constante movimiento es justamente –otra vez haciendo referencia a la justicia– la quietud y la inercia. Vaya contrasentido. El mundo se mueve a un ritmo que amenaza con paralizar la acción y, aún más peligroso, con aquietar el pensamiento. ¿No será que la tarea –por minúscula que parezca– en la enseñanza y el aprendizaje de la sociología es incitar al movimiento del pensamiento y de la acción? Y sí, ya sé, esto ya fue dicho –e indiscutiblemente mejor– por los “padres” de la sociología. Pero ¿qué tal si ahora le damos un nuevo sentido a ese movimiento, haciendo –o al menos intentando hacer– nuevas preguntas? Qué tal si eso nos trae nuevas e insospechadas respuestas. ¿Qué cuáles podrían ser esas preguntas? Pues se me ocurren algunas, pero me parece que eso puede ser tema de futuras disgregaciones nocturnas.
Pero podría adelantar –para incrementar mi optimismo– que, sorpresa: la emergencia de nuevas realidades que reclaman ser comprendidas y explicadas se ha hecho acompañar del desencanto y la incertidumbre. Ambos pueden convertirse en frenos… pero también –y esta es la gran paradoja y la apuesta para el futuro de la sociología– pueden ser la fuente misma de las respuestas que buscamos, a condición, me parece, de reconocer que el pensamiento crítico no sólo es racional, sino que está cargado de emociones y sensaciones que deben ser incluidas. Porque, parafraseando a Gramsci, al cerrarles la puerta, lo único que logramos es que se nos cuelen por la ventana. Se trata de convertir el presente y el futuro en un momento de debate, capaz de enriquecer y de enriquecerse con espíritu cuestionador.
No podemos detener el rumbo de la historia. El reto para nuestra disciplina estriba ya no sólo en adecuarse a las transformaciones, sino en anticiparse a ellas. ¿Pero será esto posible, cuando el mundo se mueve a una velocidad infinitamente mayor que las decisiones institucionales? Y eso que ni siquiera hablamos de cambios, sino de establecer un sistema mínimo de adecuaciones permanentes. Este no parece ser el rumbo… y se me perdonará, o no, mi falta coyuntural de optimismo.
A pesar de ello no pude resistir la tentación de terminar este texto con una invitación a recorrer la aventura que supone ser socióloga. Una fascinante aventura que, les prometo, mientras más incierta, más apasionante se vuelve, frente al mundo cambiante y delirante que nos tocó vivir. Porque el estudio de la vida social es un asunto tan complejo como apasionante, y para afrontar ese desafío hay que partir de la convicción de que –por fortuna, y gracias al cielo– no existe certeza alguna.
Aunque esta afirmación, lo sé, podría ser cuestionada (igual que todo este texto) por los científicos materialistas, que podrían presentar como pruebas irrefutables de la existencia de certezas que la muerte es inevitable y ocurre democráticamente para todos y todas, o que dos más dos siempre serán cuatro. Pero, en el fondo, esos críticos saben que eso también puede ser cuestionado… con un “¿por qué?”. Aunque, al final, el resultado sea el mismo: la muerte… y un cuatro vivito y coleando.
