Por René David Benítez Rivera / Profesor  Investigador, Departamento de Relaciones Sociales, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.

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El escuderismo en Guerrero, México, representó un amplio movimiento obrero-campesino de alcance regional que buscó a través de la vía electoral sentar las bases de la construcción de un poder local popular y democrático. Con su triunfo en diciembre de 1920 se abrió un periodo organizativo que desembocó en lo que se conoce como la comuna de Acapulco, en el que se sintetizan tres tradiciones de lucha: la obrera representada en el anarcosindicalismo, el agrarismo expresado en el zapatismo y la lucha cívica derivada de la recién promulgada Constitución de 1917. 

Para los mexicanos de la segunda década del siglo XXI y aún, para gente de otras latitudes, Acapulco sigue siendo un referente de destino turístico pese a que en los últimos tres lustros se ha convertido en una de las ciudades más violentas, no sólo de México, sino del mundo. En la actualidad, este paraíso del pacífico se ha convertido en paraíso también para otro tipo de turismo, como el de drogas y el sexual, lo que ha hecho del puerto un bocado apetecible para los grupos delincuenciales que se pelean el control de la “plaza” y con ella del jugoso negocio que representa; actualmente se estima que 16 grupos delincuenciales se disputan el control del puerto, entre células de distintos carteles y pandillas.

Lejos parece haber quedado aquella “época de oro” que Acapulco vivió entre las décadas de los 50 y los 60 del siglo XX, en la que fue el destino preferido del jet set hollywoodense y figuras como Frank Sinatra, Elizabeth Taylor, Elvis Presley o John F. Kennedy se paseaban por sus playas para disfrutar del relativo anonimato que garantizaba el todavía aislado puerto. El fin de esta época dorada como destino exclusivo fue seguida de su reconversión a destino turístico de masas; así los grandes consorcios hoteleros llegaron y la infraestructura para el turismo avanzó sobre los viejos ejidos y las casas encaladas de teja. El viejo Acapulco pasó de ser un pequeño puerto comercial y pesquero a una ciudad volcada al servicio turístico en apenas unas décadas. 

Hoy día Acapulco representa la joya de la corona para el estado de Guerrero. Este puerto junto con Zihuatanejo y Taxco conforman el llamado triángulo del sol, la zona turística que en su conjunto representan una derrama de poco más 30 por ciento del Producto Interno Bruto de la entidad, aunque tan sólo Acapulco genera dos terceras partes de ese porcentaje. La importancia económica del puerto es tal, que por sí mismo el municipio conforma una región en la geografía guerrerense. Sin embargo, esto no siempre fue así, antes de su conversión a destino turístico de élite en la década de los cuarenta del siglo pasado, Acapulco fue un pequeño puerto en el que floreció una de las experiencias organizativas y de lucha más importantes de la entidad. Esta experiencia, liderada por el joven costeño Juan Ranulfo Escudero abrió una vertiente en la lucha por el poder local que abrevó de otros movimientos como el zapatismo, del magonismo y de la experiencia internacional de lucha obrera para enfrentar a uno de los cacicazgos más férreos de la entidad: el de las casas comerciales de origen español. Su huella, hoy prácticamente borrada en Acapulco, se ha mantenido vigente en la entidad en las distintas luchas del siglo XX como el agrarismo, las guerrillas y por supuesto en las pequeñas luchas locales por conquistar el poder político desde la dimensión municipal o comunitaria. En este escrito se hace un breve recuento narrativo de este episodio a cien años del primer triunfo electoral del Partido Obrero de Acapulco y del inicio de construcción de ese movimiento conocido como escuderismo que dio a los porteños de a pie, aunque sólo de manera breve, la capacidad de tomar las riendas del gobierno local y decidir sobre su vida y su futuro próximo.

Acapulco: el puerto sin muelle

El episodio que comprende lo que se conoce como el “escuderismo” es “la historia breve de un líder popular y una lucha que tuvieron el destino parecido a todas las luchas y líderes populares desde la Revolución. Su particularidad fue haberse dado en Acapulco, en los años de la consolidación del poder de la nueva burguesía agraria” (Ravelo, 1982). El escuderismo comprende un fugaz momento de organización y lucha, resultado directo de tres impulsos que se van sumando, aunque no de un modo secuencial o cronológico. El primero es el que recorre el mundo de la mano de los obreros que luchaban por sus derechos y que para el momento en que Juan R. Escudero organizaba la primera asociación de trabajadores del puerto, se encontraba representada en el anarcosindicalismo, que en México tendrá su expresión organizativa en la Casa del Obrero Mundial. Otro impulso está representado por las expectativas que la Revolución generó en el país, específicamente en los campesinos frente a los poderes caciquiles y de los grandes terratenientes. La esperanza de tierra y autonomía que el movimiento agrario, particularmente el zapatismo a través del Plan de Ayala había inoculado en el sector agrario de Guerrero (aunque el escuderismo en su origen mantuvo distancia del zapatismo guerrerense y de hecho lo miraba con desconfianza, años después estrecharía lazos con éste). Finalmente, también es resultado de la impronta que el texto constitucional de 1917 implicó en lo relativo al tema de los derechos políticos y sociales, y que para la segunda etapa del escuderismo ya era ampliamente conocido por las pequeñas élites ilustradas, como es el caso de Juan Ranulfo Escudero.

En Acapulco la Revolución impactó de manera parcial; por ejemplo, los primeros enfrentamientos derivados del intento de los maderistas por hacerse del puerto obligaron a que las dos compañías marítimas que operaban se fueran para no volver. En cambio, las tres grandes casas comerciales que controlaban casi la totalidad de las actividades económicas del puerto
(Alzuyeta y Compañías Sucesoras, Fernández y Compañías Sucesoras, y Uruñuela Compañías Sucesoras) lograron subsistir sin mayores problemas el embate de diez años de movimiento armado. Probablemente, como lo consigna Bórquez (2011), una de las razones de su sobrevivencia, pero sobre todo que su existencia no fuese amenazada en ningún momento durante la Revolución, se debiera a la simple razón de que estas casas tenían el monopolio de la comercialización de todo lo que entraba y salía del puerto, tanto por tierra como por mar: “incluso los mismos maderistas compraban en sus tiendas comerciales” (Bórquez, 2011: 347). Otra de las razones para comprender su sobrevivencia a la Revolución se debe a que desde las mismas casas se armó y pagó a peones, criados y pistoleros para que formaran un grupo “revolucionario” que blindara a la región de cualquier brote rebelde legítimo (Ravelo, 1982: 12). Pero sin duda, la razón de mayor peso para mantenerse a flote en ese río revuelto que era la Revolución, fue su capacidad para manipular toda la economía regional a su antojo: encarecer los productos básicos, controlar la circulación de mercancías, acaparar productos y escasearlos; cosa que hacían para favorecer o perjudicar a las distintas facciones a costa del hambre y la vida de los costeños. Mantuvieron así el control de la industria, “el comercio en menudeo, el transporte por tierra, el transporte marítimo, los movimientos portuarios, la compra y venta de productos agrícolas, la pesca y la mayor parte de los servicios como bancos, seguros, telégrafos, etc. Punto de partida para el poder sobre funcionarios públicos: alcaldes, empleados aduanales y jefes de la zona militar” (Vizcaino & Taibo II, 1983: 17).

Los dueños de las casas comerciales eran también dueños de las fábricas de aceite, jabón, materiales para la construcción, hielo; incluso las fábricas textiles del Ticuí y de Aguas Blancas que se encontraban a las afueras de Acapulco les pertenecían. Eran dueños también de minas en la región, un sinnúmero de huertas que abastecían al puerto, del único hotel existente hasta ese momento, el famoso cine “Salón Rojo”; de las recuas de mulas y caballos que transportaban todos los productos y hasta la filial del Banco Nacional; estas casas comerciales eran los “acaparadores naturales” en una región aislada geográficamente del resto del país, lo que representaba su mayor fortaleza. “Por tierra, desde Chilpancingo, no había más que un triste camino de brecha, el que tomaba recorrer una semana en recua de mulas, en medio de un calor agobiante y grandes peligros; por mar la comunicación se realizaba a través de líneas de paquebotes que hacían servicio regular entre Acapulco y Salina Cruz o Manzanillo (Vizcaino & Taibo II, 1983: 17). La
situación obligaba a los campesinos que querían comercializar sus productos a tener que trasladarse al puerto para vender sin más remedio a los dueños de las casas comerciales, quienes al momento de comprar descontaban la renta de los animales con los que habían transportado los productos (Bórquez, 2011: 346). Pero la situación obligaba también a que todos aquellos que necesitaran adquirir productos foráneos, avíos para el campo o la producción de cualquier cosa, tuvieran que recurrir a las casas comerciales de Acapulco directa o indirectamente, porque ahí donde parecían no figurar, recurrían al uso de testaferros como un método para extender sus tentáculos y ampliar su poder.

Como en el caso de la mayoría de los cacicazgos en la entidad, el poderío de los “señores del puerto” estaba basado en el aislamiento, por ello buscaron preservarlo a toda costa. Impidieron en repetidas ocasiones la terminación de la carretera México-Acapulco y del tramo restante de la línea de ferrocarril México-Cuernavaca-Pacífico, que había llegado sólo hasta las orillas del río Balsas en 1898. Otra razón de este empecinamiento por detener el avance de las comunicaciones tenía que ver con el control que conservaban de todo el transporte en la región. Esto los llevó a sobornar a los ingenieros y técnicos enviados por el gobierno federal para estudiar la viabilidad de la obra (Gill, 1953: 293). En cuanto al transporte marítimo, también hicieron valer su autoridad dañando o destruyendo los barcos de sus competidores. Además de las recuas de mulas para transporte terrestre, de las que eran dueños, controlaban también las embarcaciones y chalanas para el desembarque de mercancías. Este control “les permitía impedir el ingreso de mercancías capaces de competir con su monopolio”; así, retrasaban por un tiempo indefinido la descarga de productos ajenos, permitiendo que se deterioraran (Vizcaino & Taibo II, 1983).

Otro par de importantes puntales de este monopolio eran por un lado su activa participación en la política local, desde la elección de los alcaldes, organización de “guardias blancas” para la defensa de sus intereses, el soborno de autoridades municipales, federales y portuarias, hasta la utilización de testaferros para transacciones comerciales y políticas. No había normas ni bando de policía, los impuestos se fijaban a capricho, no había tesorería y los funcionarios municipales no recibían salario “un verdadero caos organizado en beneficio de los amos del puerto”; se habían granjeado la complicidad de los militares y contaban además con el apoyo y solidaridad de los principales grupos políticos del estado (Gill, 1953: 297). Habían establecido el control de la prensa a través de subsidios y dádivas, de esa manera tenían bajo su férula a El Pueblo, El Rapé, El Liberal y El Suriano que, en su conjunto, representaban la totalidad de los diarios circulantes del puerto. El mantenimiento de esta situación llevó a que Acapulco fuese durante ese siglo de dominio español, una población sin ferrocarril y sin carretera, a la que se accedía sólo a través de caminos de herradura que cruzaban parte de la Sierra Madre del Sur, pero también a que fuera “un puerto sin muelle”.

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El inicio de la revolución porteña

Las “casas españolas” habían sido fundadas el mismo año en que se decretó la independencia nacional. A partir de ese momento y, contrario a lo que acontecía a nivel nacional, en Acapulco se afianzaba el poder de los españoles conforme avanzaba el siglo XIX. El puerto sucumbía al poder y al capricho de los españoles que “hacían la América” de modo tal, que ni la pluma de Payno los hubiese podido retratar. Disponían de todo a voluntad y antojo, tierras, cosas y personas, al grado de haber establecido una suerte de derecho de pernada sobre las jóvenes en todo el puerto. Como buenos españoles católicos fundaron el Colegio Guadalupano, que operaba bajo estricta vigilancia eclesiástica, “se impartía allí una educación confesional, y se esforzaban por arrancar a los niños su respeto y amor a la patria mexicana. En ese colegio, en lugar del himno nacional, se cantaba a la entrada y salida de clases la marcha real española” (Gill, 1953: 295). Este esfuerzo de réplica de la “madre patria” se extendía a todo el Puerto, en el que las fiestas nacionales del 16 de septiembre habían sido sustituidas por la celebración de la Virgen de Covadonga. Los festejos de “La Santina” se realizaban con el ímpetu que se le restaba a la conmemoración del inicio de la lucha por la independencia nacional: “tedeums, desfiles bajo palio, procesiones encabezadas por las autoridades militares y eclesiásticas con atuendos de la época del Imperio de Iturbide y, naturalmente, la marcha real española día y noche” (Gill, 1953: 295).

El férreo control que los españoles mantenían en el puerto impidió la emergencia de una revuelta popular campesina, contrario a lo que ocurría en la mayor parte del estado. Pero las condiciones laborales que imponían a sus trabajadores fueron el caldo de cultivo para que en 1911 de la mano de Juan R. Escudero apareciera la primera organización sindical, la Asociación de Trabajadores de Oficios Varios, que aglutinaba a marinos, pescadores, estibadores, fogoneros, zapateros, albañiles, obreros, empleados de las tiendas comerciales, herreros, sastres y hasta relojeros. Todos trabajadores directos e indirectos de la oligarquía acapulqueña, organizados para exigir aumento salarial, jornada laboral de ochos horas y descanso dominical (Bórquez, 2011: 348). Esta “Asociación” se transformó entre 1912 y 1913 en la “Liga de Trabajadores a Bordo de los Barcos y Tierra”. La “Liga” se declaró a favor de la Revolución y exigió el pago de salarios en efectivo para evitar el pago en especie que convenientemente realizaban las casas comerciales a sus trabajadores, con precios de mercado fijados por ellos mismos.

La situación política a nivel nacional era igualmente complicada, la llegada de Madero a la presidencia no había logrado resolver las expectativas de todos los sectores alzados y de hecho había despertado intereses que durante el porfiriato se habían mantenido a raya frente a la fortaleza del dictador. En Guerrero, para esos años los maderistas no eran el único grupo alzado, los campesinos haciendo eco del Plan de Ayala se separaban de los rancheros y terratenientes, y comenzaban a construir una identidad propia que ya se delineaba en sus demandas, sus acciones y los principios que defendían. El golpe dado por Victoriano Huerta en febrero de 1913 fracturó aún más el escenario político en la entidad. Viejos porfiristas al igual que algunos advenedizos, como el caso de Silvestre Mariscal, apoyaron al huertismo en la región costeña subsidiados por las casas comerciales del puerto.

La emergencia del carrancismo ante el golpe de Huerta representó un esfuerzo de conciliación y aglutinamiento de las distintas fuerzas revolucionarias que en todo el país se encontraban diseminadas, con este propósito llegaron los emisarios de Carranza al puerto a mediados de 1914 (Bórquez, 2011: 349). Los enviados del constitucionalismo establecieron contacto con el movimiento obrero de Acapulco ofreciendo garantías para mejorar las condiciones laborales, promesa que por supuesto fue aceptada por Escudero, quien fue nombrado oficialmente como representante del constitucionalismo en el puerto; posteriormente se creó la Casa del Obrero Mundial de Acapulco y Juan fue electo como secretario general (Bórquez, 2011: 349). En apariencia el carrancismo había logrado conciliar a sectores movilizados tan disímiles como los encabezados por Mariscal y Escudero, aunque en la práctica estos grupos organizados mantuvieron sus diferencias y sus enfrentamientos. Lo que sí había logrado el carrancismo era dotar a Escudero y su movimiento de un grado de inmunidad, lo que impidió que la represión les costara la vida en este primer episodio organizativo.

Entre los meses de julio y septiembre de 1915, se dio el episodio más álgido de este primer esfuerzo organizativo obrero en el puerto. Los estibadores que se encontraban sometidos a condiciones laborales aberrantes se alzaron en huelga, nombraron un comité para la negociación que contaba con el apoyo y asesoría de la Casa del Obrero Mundial de Acapulco. La negativa de los oligarcas para reconocer las exigencias de los estibadores sólo logró alargar la huelga, paralizando la actividad portuaria y afectando la vida de las casas comerciales. Para tratar de romper la huelga, la Cámara de Comercio de Acapulco obligó a sus obreros a remplazar a los estibadores en las tareas de descarga sin que esto diera los resultados esperados. Pero el fracaso de esta estrategia, no detuvo la campaña de desprestigio en contra del movimiento obrero y específicamente en contra del “principal bolchevique, ateo e instigador de desórdenes públicos”. La campaña se operó a través de la prensa escrita, controlada por la oligarquía, pero también en los espacios oficiales, banquetes y reuniones con autoridades estatales y federales en las que se acusaba a Escudero de ser responsable de la anarquía imperante en el puerto y a los huelguistas de caprichosos holgazanes (Bórquez, 2011: 350) (Vizcaino & Taibo II, 1983: 23).

Esta incipiente aventura organizativa que enfrentó a Escudero con el monopolio porteño tuvo un alto costo, los huelguistas fueron obligados a punta de fusil a retomar sus actividades con las mismas condiciones laborales por las que habían parado, y Juan fue detenido y encarcelado antes de ser desterrado de Acapulco. Sin más opción, Escudero se marchó del puerto, pero lo hizo para ir en busca del jefe del constitucionalismo, Venustiano Carranza, con quien trataría de entrevistarse para hacerle entrega de un proyecto “desarrollista” para el proletariado acapulqueño, acompañado de las denuncias correspondientes y la solicitud de garantías para él y su organización (Ravelo,1982: 18). La esperada entrevista con el Varón de Cuatro Ciénegas no tendría los resultados esperados. 

El exilio duró hasta 1918, durante esos casi tres años de itinerancia, el joven costeño establecería contacto con el magonismo y logra vincularse con la Casa del Obrero Mundial, trabaja como inspector de jardines, secretario de juzgado y se da tiempo de estudiar a detalle la recién promulgada Constitución (Vizcaino & Taibo II, 1983: 14-15). Mientras tanto en Acapulco, después de haber logrado el exilio de Escudero, los oligarcas se reagrupan y crean la Cámara de Comercio de Acapulco como respuesta al sindicato obrero que había obtenido su formalización apenas unos meses antes de que Juan Ranulfo tuviera que abandonar el puerto.

En esos años, Acapulco se convirtió en el epicentro de la lucha antizapatista en Guerrero. Curado de todo brote rebelde, la oligarquía local se sirvió indistintamente del maderismo, del huertismo, del carrancismo y del obregonismo a través de sus respectivos jefes de plaza a quienes sobornaban con dinero del fondo especial para estos menesteres (y que había sido bautizado con el nombre de “La Calavera”). Este fondo era utilizado lo mismo para el cohecho, que para pagar a los pistoleros de su guardia blanca, sostener prácticas de dumping, mantener en nómina a funcionarios de todos los niveles y financiar los ataques por distintos medios a sus oponentes (Vizcaino & Taibo II, 1983: 23). El dominio económico y político del puerto se traducía también en un dominio ideológico que resultaba obvio si se considera el control de los colegios y de la prensa local. Así que mientras el movimiento campesino, en gran medida ligado al zapatismo, avanzaba en toda la entidad tomando ayuntamientos, deponiendo autoridades, estableciendo el principio democrático de la elección popular, quemando archivos, confiscando bienes de los terratenientes y haciéndoles la guerra, Acapulco “se convirtió en la plaza desde la que el carrancismo se propuso conquistar Guerrero con su despliegue de recursos militares y dinero” (Ravelo, 1982: 19).

La oligarquía porteña representaba un caso sui generis de expresión del poder regional de principios de siglo. Su orientación cultural pro española puso distancia de ese carácter nacionalista de la época, mientras que sus constantes intentos por detener el avance desarrollista del porfiriato en la región y mantener su aislamiento, le otorgó también distancia del régimen. Así, la oligarquía acapulqueña, sin ser porfirista, ni nacionalista, ni revolucionaria, no tuvo empacho en negociar con todo jefe político o militar de cualquier facción de acuerdo con las circunstancias, siempre en pro de salvaguardar sus intereses. Bajo esta lógica es que en el contexto del ascenso del movimiento campesino en la entidad, los dueños de las casas comerciales y sus socios no dudaron en coligarse con el carrancismo para hacerle frente al enemigo común: el movimiento campesino, liderado en ese momento por Jesús H. Salgado, ideológicamente cercano al zapatismo. Pero la élite porteña no fue el único sector que vio en el carrancismo una oportunidad para mantenerse a flote, el mismo sindicato creado por Escudero se acogió a la política de reconciliación que el constitucionalismo ofrecía, más aún en un contexto dominado por el exilio de su precursor y el terror que Mariscal infundía en la entidad, no sólo como brazo ejecutor de la oligarquía española, sino también como férreo combatiente del zapatismo en la entidad.

Del Salón Rojo al Ayuntamiento Rojo

El retorno de Escudero a Acapulco tuvo que esperar a que las condiciones que lo habían obligado a exilarse cambiaran. A finales de 1918 Silvestre G. Mariscal fue llamado por Carranza a la Ciudad de México y encarcelado en Tlatelolco. La desaparición de Mariscal de la escena guerrerense y el cambio de condiciones políticas en el país, incluido el nuevo marco jurídico que representaba la Constitución, permitieron el retorno de Juan al puerto a finales de 1918, pero abrieron también las condiciones para una nueva etapa en su lucha en la que la organización sindical y la defensa de los derechos laborales no era el único objetivo, el nuevo planteamiento radicaba en disputarle el poder político a la oligarquía española a través de la vía legal y democrática.

Sobre el inicio de esta nueva etapa de lucha, todos los historiadores del periodo coinciden: el escenario fue el famoso Salón Rojo, única sala cinematográfica del puerto que pertenecía a los españoles. Aprovechando el intermedio, Juan se levantó de su asiento y, ante una sala llena mayoritariamente de trabajadores, lanzó un incendiario discurso en contra del dominio “gachupín” en el puerto y llamó a la organización a través de la creación de un partido político. La estrategia se repitió en distintos espacios públicos: calles, plazas, mercados y todo evento que congregara un poco de gente. En cada oportunidad, Juan o sus compañeros llamaban al pueblo a organizarse y luchar contra los españoles, lo que le ganó el mote de el “Lenin de Guerrero”. La entusiasta respuesta y adhesión de los costeños a las prédicas públicas de Escudero y los suyos, permitió que el día 7 de febrero de 1919 fuera fundado el Partido Obrero de Acapulco (POA). El programa inicial del partido fue de sólo dos puntos: la elección de un presidente que defendiera el derecho de los pobres y la lucha por una jornada laboral de ocho horas. El POA tenía su base social de origen en los estibadores del puerto, viejos conocidos de Escudero desde 1911, a éstos se sumaron “pequeños comerciantes asfixiados por el monopolio de las casas comerciales españolas”, artesanos independientes, empleados públicos y de las casas comerciales, así como pequeños propietarios agrícolas (Vizcaino & Taibo II, 1983: 28).

Bajo este nuevo impulso la Casa del Obrero Mundial de Acapulco resurgió, los sindicatos volvieron a la actividad y en el curso de 1919 dieron una batalla frontal contra las casas comerciales. Una muestra de estos nuevos bríos fue el estallido de huelga en la fábrica de jabón “La Especial”. La demanda de los trabajadores era un aumento salarial de 75 centavos a 1.25 pesos, que los dueños se negaban a cumplir, la huelga duró siete días en los que la presión llegó al borde de la intervención militar, pero la determinación obrera para no ceder, la asesoría de Escudero, el apoyo del POA y de la Casa del Obrero Mundial, empujaron a que los dueños cedieran (Taibo II, 2011: 30). Este triunfo obrero le dio un gran prestigio al POA en el puerto, las afiliaciones se multiplicaron y con ellas también se fueron acrecentando las pírricas arcas del partido gracias a la cuota de 25 centavos que cada miembro debía aportar. Juan recorrió a caballo las regiones de la Costa Grande y la Costa Chica asesorando a los campesinos en los litigios de tierra frente a los caciques y en lo referente a los derechos colectivos. Su conocimiento de la Constitución recientemente promulgada le daba una base jurídica de gran utilidad. Esta actividad dotó de una amplia base social al POA más allá del puerto, pero puso en la mira de la oligarquía a Juan, que fue denunciado en diversas ocasiones por agitador y sedicioso, detenido y amenazado de muerte.

Como una estrategia de propaganda, a finales de enero de 1920 apareció Regeneración, “la hoja independiente de información y política” en la que Juan R. Escudero aparecía como responsable y redactor. Este periódico porteño, homónimo del que el magonismo editaba desde 1900, se ofrecía en las calles de Acapulco a través de una red de jóvenes pregoneros que se encargaban de llevarlo a todos los rincones del puerto. Regeneración recurría a un estilo popular en su redacción, lo que le valió la amplia aceptación de los costeños, particularmente de los sectores populares. A través de Regeneración el POA le disputó el monopolio de la información a la oligarquía porteña, creó un canal de comunicación e información directa con una población en la que privaba el analfabetismo (Gómez, 1960: 164).

Para 1920 el POA se dio a la tarea de organizar un acto para conmemorar el 1 de mayo, ahí tomaron la determinación de participar en la elección de diciembre de ese mismo año para competir formalmente por la presidencia municipal. Así, el POA se constituyó oficialmente como partido político y, haciendo eco de la Constitución, desarrolló un amplio programa que cubría desde la demanda de pago justo por la jornada laboral que debía ser de ocho horas; la defensa de los derechos humanos y civiles; saneamiento de las autoridades; participación en la elección; propagación de la educación; la dotación de tierras a los campesinos; campañas de salubridad y combate a las enfermedades, así como la realización de gestiones para la construcción de la carretera México-Acapulco (Ravelo,1982: 21). Este programa logró hacer resonancia en la población del puerto y sus
alrededores, fuertemente castigadas por el “control gachupín”, pero sobre todo, representó una abierta declaración de guerra a los que hasta ese momento y por casi cien años habían sido “los dueños del puerto” (Gill, 1953: 297) (Taibo II, 2011: 31).

Hacia el mes de septiembre, en el contexto del triunfo de la rebelión de Agua Prieta y rumbo a las elecciones de diciembre, el POA pactó una alianza con el Partido Liberal Constitucionalista Costeño (PLCC) para apoyar la candidatura de Escudero a la presidencia municipal de Acapulco, de Rodolfo Neri para la gubernatura de Guerrero y de Álvaro Obregón para la presidencia de la República. La candidatura de Escudero animó la participación de prácticamente todos los sectores de la población acapulqueña, tanto de los sectores populares que hacía tiempo habían renunciado al ejercicio del voto por cansancio, como también del grupo en el poder, que movilizó toda su maquinaria para tratar de incidir en los votantes a través de amenazas, sobornos y una campaña de difamación, dispuestos a hacer todo lo posible por no renunciar a su poder. El triunfo del POA fue arrollador, aún así, el todavía presidente municipal intentó imponer al candidato oficialista, movilizó policías y soldados en resguardo de la Junta Computadora, lo que a su vez provocó la respuesta reactiva de la población que desde las comunidades aledañas se movilizó para defender su triunfo, armada en su mayoría sólo con cañas de azúcar. “Organizados por el POA, los acapulqueños rodearon las casillas y la Junta Computadora, y obligaron a que se reconociera la victoria del candidato de oposición” (Taibo II, 2011: 32). Ese mismo día el mayor Esteban Estrada, presidente de los computadores, se vio obligado a reconocer oficialmente el triunfo del POA.

Pero el reconocimiento oficial de la victoria era sólo el comienzo de la lucha, “entre el día de la elección y la toma del poder por el nuevo Ayuntamiento, maniobras y contramaniobras se desataron entre los testaferros de las casas comerciales y el POA” (Taibo II, 2011: 32). Unos días después de la elección, un grupo de soldados irrumpió armas en mano en la casa de la familia Escudero; “el pretexto era la búsqueda de armas pero el objetivo era liquidar a Juan en un supuesto acto de resistencia. Como no lo encontraron, ni arma ofensiva alguna, se retiraron al cuartel” (Ravelo, 1982: 22). El día 11 de ese mismo mes, el gobernador dictó una orden de aprehensión en contra de Juan, pero éste al enterarse logró tramitar un amparo y evadir el arresto. Cuatro días más tarde, Celestino Castillo, presidente municipal aún en funciones, se puso en contacto telegráficamente con Obregón para denunciar el desembarco de armas presuntamente destinadas al POA.
La respuesta del recién electo presidente fue de conocimiento respecto al desembarco de armas, que se hacía con la intención de renovar el armamento del ejército (Taibo II, 2011: 33). Todas las maniobras por impedir que Escudero asumiera el cargo fracasaron y, sin más remedio, el 1 de enero de 1921, los aún dueños del puerto vieron izar y ondear sobre el asta del palacio municipal de Acapulco la bandera rojinegra del POA con la hoz y el martillo en el centro.

La comuna de Acapulco

El puerto hasta entonces había sido coto de la oligarquía española; en ese reducto del sur del país habían construido su paraíso particular en el que no había autoridad civil ni militar por encima de ellos, el único gobierno que operaba era el de su voluntad y sus intereses, así que hubo que hacer pan de la nada. Dentro de las primeras acciones al tomar posesión de su cargo como edil, fue la promulgación del Bando de Policía y Buen Gobierno, centrado en los cuatro problemas más acuciantes del ayuntamiento. El primero fue el tema financiero; el ayuntamiento prácticamente era una extensión de las casas comerciales, por lo que había que ganar independencia presupuestal y realizar una verdadera depuración en el manejo financiero que le garantizara autonomía; fijó salarios: cinco pesos a los regidores y ocho al presidente municipal; hizo cumplir los reglamentos de abastos, espectáculos y de mercados; redujo los cobros exorbitantes y caprichosos que se hacían de impuestos y fijó un tope de 25 centavos como máximo para incentivar la competencia; además sancionó a los vendedores de carne robada imponiéndoles multas y clausurando los negocios que se negaban a pagar; finalmente, estableció multas para todos los infractores de la ley sin distingo alguno. 

El segundo problema por resolver fue el de la policía; para ello, además de formar un nuevo cuerpo policial pagado por el ayuntamiento, se encargó de su disciplinamiento, les impuso ley seca en horas de trabajo bajo pena de expulsión y prohibió el nepotismo al interior. El tercer problema fue el de la salud y la higiene en el municipio; organizó una campaña de salud pública obligando a todos los habitantes a encalar sus casas, mantener limpio el frente de la calle, prohibiendo la acumulación de basura y cacharros, así como mantener a todos los animales dentro de corrales y prohibiendo su libre circulación por las calles.

El cuarto problema fue el de la promoción de la organización popular; con este fin creó Juntas Municipales en las zonas rurales de Acapulco para tratar asuntos de gobierno y evitar que los residentes tuvieran que trasladarse hasta la cabecera para resolverlos; impulsó la creación de cooperativas de producción y consumo, como la tienda cooperativa que financió el padre de los Escudero en la que se ofrecían productos de primera necesidad a bajo precio; brindó estímulos a los pequeños talleres que produjeran materiales baratos, facilitó gestiones para la creación de colonias agrícolas, pero además se encargó personalmente de recorrer las colonias populares para hablar con los vecinos, fomentar la organización y las prácticas de higiene (Ravelo, 1982: 22) (Gill, 1953: 297) (Taibo II, 2011: 36) (Bórquez, 2011: 355).

Juan tenía claro que para llevar a cabo su proyecto de gobierno debía romper el monopolio que las casas comerciales habían construido a lo largo de cien años y para ello debía socavar sus cimientos, pero para lograrlo debía romper el aislamiento en el que el puerto se encontraba sumido y que representaba la espina dorsal de la oligarquía. Así, comenzó las gestiones para la construcción de la carretera que uniría el puerto con la capital estatal y con la del país. Las gestiones lograron liberar un crédito del gobierno federal para dar inicio con la obra en mayo de 1921. Otro de los grandes problemas en el puerto era el educativo. La oligarquía se servía del control que tenía del Colegio Guadalupano, única institución educativa en el puerto, así como del enorme analfabetismo que imperaba en la región; para contrarrestarlo, Juan implementó pláticas educativas en las que se tocaban temas productivos, de conocimiento y defensa de los derechos ciudadanos y laborales, y hasta de administración financiera. En cumplimiento con el artículo 3º constitucional decretó como obligatoria la educación básica para todos los niños, multando a los padres que incumplían con enviar a sus hijos y, para aumentar la oferta de educación pública, parte importante del dinero recaudado de las múltiples multas a los infractores se destinó para este propósito. La búsqueda por hacer que en Acapulco se cumpliera la ley no se restringía al tema educativo, se centró también en materia laboral. En sus recorridos a lo largo del puerto, Escudero acostumbraba a entrevistarse con los trabajadores de las casas comerciales para saber si sus patrones estaban respetando sus derechos. Pese a que el ayuntamiento no tenía facultades para obligar a las casas comerciales a cumplir la ley laboral, sí generó un amplio margen de protección para el accionar del movimiento obrero y la realización de huelgas que anteriormente eran reprimidas por la policía municipal.

Cada acción emprendida por el gobierno municipal representaba una afrenta a los intereses de la oligarquía costeña que trataba de responder por distintas vías, pero la situación tanto en la región como a nivel nacional había cambiado, así que las tácticas de combate de los españoles transitaron de la abierta acción violenta al amedrentamiento y la vía judicial. Por ejemplo, en febrero de 1921 los oligarcas enviaron un telegrama a Obregón para quejarse de la administración del ayuntamiento, mismo que fue publicado íntegramente en Regeneración “para que el pueblo estuviera informado de las maniobras del enemigo” (Ravelo, 1982: 23).

En medio de esta vorágine que implicaba la construcción del proyecto político del POA, Juan se daba tiempo de hacer campaña para su diputación estatal, que ganó el primero de abril de ese 1921. El POA crecía exponencialmente en aquellos años, los costeños se afiliaban masivamente pagando su cuota semanal, lo que permitió que el partido se mantuviera de manera independiente al ayuntamiento. La revolución escuderista se iría apoderando en las subsecuentes elecciones de los municipios de ambas costas, mismos que mantendría hasta 1929 que se funda el Partido Nacional Revolucionario (PNR).

El triunfo de Escudero en el Congreso local no contuvo la embestida de la élite porteña. El mismo día de la toma de posesión de Neri de la gubernatura del estado, Juan fue acusado por el jefe militar de zona de haberse presentado armado en el juzgado acompañado de veinticinco hombres para cobrar venganza a un juez. El episodio en realidad se había originado porque el juez, pistola en mano, había amenazado a Escudero por haberlo insultado a través de las páginas de Regeneración. El POA solicitó al gobernador asignara un juez especial para revisar el caso, sin embargo un par de días después, el jefe de la guarnición detuvo a Juan en la madrugada y lo encarceló bajo una supuesta orden del juez de Distrito; gracias a un amparo el encierro sólo duró tres meses (Taibo II, 2011: 37-38). Apenas Juan abandonaba la cárcel, los hermanos Nebreda, terratenientes de origen español eran asesinados por un grupo de agraristas. El móvil del asesinato tenía origen en los abusos que los Nebreda habían infligido durante largo tiempo a los pobladores de las comunidades ribereñas del río Papagayo como el robo, el asesinato y el abuso sexual. Juan había apoyado legalmente a las familias campesinas agraviadas, entre las que se encontraban los hermanos Guatemala, quienes habrían cobrado venganza a tiros contra los españoles (Taibo II, 2011: 39) (Molina, 1987: 234).

La muerte de los Nebreda pretendió ser utilizada por los oligarcas para inculpar a Juan que, al enterarse de estos acontecimientos e intuyendo las intenciones para inculparlo, “solicitó licencia de su cargo municipal y cargando su equipo de imprenta, él mismo fue a recluirse nuevamente a la cárcel desde donde continuó redactando e imprimiendo Regeneración, esperando con tranquilidad un nuevo juicio” en el que logró demostrar su inocencia y salir absuelto. Inmediatamente se reincorporó a los trabajos de organización social y política en la región, instaló en el ayuntamiento una fábrica de canastas y bolsas de papel, fundó una cooperativa de pescadores, fortaleció su campaña educativa contra el analfabetismo y retornó a su labor organizativa con el sector campesino de la región, además fundó un nuevo periódico: El Mañana Rojo (Molina, 1987: 234-235). Mientras tanto, la oligarquía a través de El Universal, lo acusaba de instigar el crimen de los Nebreda y de sostener una campaña hispanófoba en el puerto “predicando ideas soviéticas (…) en términos tales que constituyen una excitación a la violencia”. La campaña surtió efecto y la primera semana de agosto el mismo presidente Obregón ordenó la aprehensión de Juan (Ravelo, 1982: 31). La información llegó a Escudero a través de la empleada de telégrafos, simpatizante de la causa, permitiéndole el tiempo suficiente para ampararse nuevamente.

El abierto espaldarazo de Obregón a la oligarquía costeña complicaba el escenario para el POA en su búsqueda por el reconocimiento de derechos agrarios y laborales. Formalmente el ayuntamiento no tenía la facultad para obligar a las casas comerciales españolas a cumplir la ley, así que requería del apoyo presidencial en un país en el que la garantía de los derechos expresada en el texto constitucional resultaba insuficiente, por más progresistas que estos fueran. La fortaleza del POA estaba en el trabajo organizativo de base que habían realizado en los últimos años y que para ese momento lo había convertido en un partido de masas que contaba con el respaldo popular de los acapulqueños y de los campesinos de ambas costas. Esta fortaleza rendiría frutos en las nuevas elecciones municipales de diciembre de 1921, en las que el POA volvió a ganar el puerto sin que Juan figurara en la planilla, pero sí dos de sus hermanos. Los españoles trataron nuevamente de escamotear el triunfo y crearon un ayuntamiento apócrifo paralelo al oficial que buscaron fuese reconocido sin poder lograrlo. No obstante, el ayuntamiento rojo se encontraba aislado, a nivel nacional el obregonismo trataba de consolidar su proyecto de pacificación y, para ello, hacía alianzas con la burguesía nacional mientras demagógicamente construía un discurso de legitimación fundado en los ideales revolucionarios, a la par que desde la presidencia se presionaba a los jueces y autoridades estatales para buscar que procedieran en contra de Escudero.

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El rojo amanecer

El abierto apoyo que desde la presidencia de Obregón se mostró para la oligarquía porteña dio la pauta para que éstos comenzaran abiertamente a tramar la liquidación del líder rojo sin temer a las posibles consecuencias. Así, echando mano nuevamente de “La Calavera” pusieron precio a la cabeza de Escudero: 18 mil pesos, en un momento en que el salario mínimo en el puerto era entre 75 centavos y 1 peso. El rumor de la cuantiosa suma ofrecida por la vida del líder corrió por el puerto rápidamente hasta ser del conocimiento de Juan, que para asegurar su vida se trasladó a vivir al palacio municipal, bajo resguardo de la policía municipal y los militantes del POA. La conspiración contra Escudero comenzaba a tomar forma y, además de los pistoleros a sueldo, fieles al dinero que los oligarcas solían gastar en ajustes de cuentas, se sumaron a la conspiración el entonces Presidente Municipal, Ismael Otero, y tres de los regidores.

Los primeros días de marzo de 1922, el inspector de rastros del ayuntamiento descubrió que Ismael Otero estaba implicado en la evasión de impuestos que los carniceros realizaban sacrificando clandestinamente reses. La situación hizo estallar una crisis en el interior del cabildo cuando Escudero se empeñó en la necesidad de regular los rastros y las carnicerías. Otero y los tres regidores se negaron a la regulación y la discusión escaló al punto que Escudero se salvó de ser asesinado gracias a Josefina Añorve que fungía como su guardaespaldas (Ravelo, 1982: 36) (Taibo II, 2011: 42). La resolución de Escudero y del POA para regular el negocio de la carne y eliminar la corrupción llevó a que Otero fuera cesado de la presidencia municipal y sustituido por Manuel Solano. Para el 10 de marzo, en comparecencia en el ayuntamiento, Escudero pidió la detención de Otero por el sacrificio ilegal de ganado, el acusado trató de matarlo, pero la intervención policial lo impidió. La sesión culminó a las 21:00 horas, Otero y los suyos salieron del ayuntamiento con rumbo al cuartel militar en donde se encontraban miembros de las casas comerciales que junto con el mayor Juan Flores fraguaban el asesinato del líder rojo.

La movilización para el asalto al ayuntamiento comenzó a las dos de la madrugada del día 11 de marzo; en su interior permanecían Juan R. Escudero, Josefina Añorve y un pequeño grupo de policías mal armados. El plan consistía en que algunos miembros de la milicia se acercaran al ayuntamiento, para desde ahí hacer disparos al Resguardo Marítimo desde donde se lanzarían al asalto del palacio en supuesta respuesta a la agresión. Así sucedió y en poco tiempo los doscientos soldados provenientes del cuartel cercaron el inmueble en el que se encontraba el “alcalde bolchevique”. Escudero y su gente lograron resistir el ataque por casi una hora, pero cerca de las tres de la mañana la puerta del palacio fue incendiada. Los policías le sugirieron a Escudero escapar mientras ellos realizaban la última resistencia, éste trató de escapar por la parte posterior del ayuntamiento, pero apenas asomó por el muro una bala proveniente del cerco militar lo impactó; Escudero cayó de nuevo al interior del edificio cuando ya entraban los soldados. Entre Josefina y Gustavo Cobos trataron de ocultarlo en su habitación donde se atrincheraron hasta que los militares lograron derribar la puerta y los muebles que habían sido utilizados como barricada. Detrás de ellos llegó el mayor Flores para verificar la muerte de Escudero; golpeó el brazo herido esperando respuesta, sacó su arma y disparó el tiro de gracia para poner fin al alcalde rojo (Gill, 1953: 299) (Taibo II, 2011: 42-43) (Ravelo, 1982: 36).

La resurrección

Al palacio en llamas y abandonado por los militares, comenzaron a llegar los poaistas para encontrar que Juan aún respiraba. Lo llevaron al Hospital Civil donde fue intervenido con éxito, el fallido tiro de gracia le había provocado hemiplejia del lado izquierdo, dejándolo prácticamente sin posibilidad de hablar, el brazo derecho destrozado por la bala le fue amputado. Juan quedó con una movilidad reducida y sin capacidad de escribir por su propia cuenta, pero vivo (Molina, 1987: 236) (Taibo II, 2011: 45) (Ravelo, 1982: 37).

La versión oficial dada por el mayor Flores fue: Escudero y sus hombres habían intentado levantarse en armas contra el gobierno y hubo que sofocar la rebelión, versión que fue difundida por El Suriano. Al día siguiente del atentado, Otero intentó imponer nuevamente un ayuntamiento paralelo sin la anuencia del POA y volvieron a fracasar; por su parte, los españoles organizaron festejos para celebrar la eliminación de su principal enemigo (Taibo II, 2011: 44). Mientras tanto, el Hospital Civil de Acapulco se convertía en una verdadera fortaleza, poaistas armados hacían guardia las veinticuatro horas del día para resguardar la frágil vida de su líder. Felipe Escudero se hizo cargo de Regeneración, que volvió a aparecer a finales de marzo, Juan pudo retomar sus colaboraciones el 9 de mayo (Molina, 1987: 236). Poco a poco Escudero se reincorporaba a sus labores, retomó el control de Regeneración, que volvió a aparecer con regularidad y se dio tiempo para abrir una escuela comercial de mecanografía. La dificultad de movilidad física le restó la capacidad de acción que lo había distinguido con anterioridad, justo en el momento de ascenso del agrarismo en la entidad.

Convertido en una fuerza política estatal, el POA se lanzó de nuevo a la lucha electoral y postuló a los tres hermanos Escudero para las diputaciones federales y estatales, además de apoyar candidaturas agraristas a lo largo de ambas costas. Todos sus candidatos ganaron por un amplio margen, anulando todo intento de operación fraudulenta y otorgándole a Juan el cargo de “Diputado Suplente de la XXX Legislatura Nacional”, cargo que debía haber ejercido hasta 1924 (Ravelo, 1982: 37). Por esas mismas fechas, el Congreso Local de Guerrero, en manos de la burguesía, decretó nula la elección municipal de Acapulco de ese año y solicitó al anterior cabildo municipal pro-español, organizar nuevas elecciones. Felipe Escudero encabezaría la protesta ante el gobierno federal, logrando una solución conciliadora, pero sin obtener el reconocimiento de los militares. Las nuevas elecciones para elegir al ayuntamiento de manera oficial se celebrarían la primera semana de diciembre. La postulación de Juan a la cabeza de la lista de regidores les permitió ganar apabullantemente, mientras que la oligarquía preparaba un nuevo atentado contra Juan. La nueva celada estaba avalada por el propio Obregón y su secretario de guerra. Como en ocasiones anteriores, el plan llegó a oídos de Juan, que lo denunció ante las autoridades y lo hizo público a través de Regeneración. La difusión del plan puso fin a la acción militar en su contra, pero unos días después, agentes civiles de la oligarquía irrumpieron en el ayuntamiento golpeando y disparando contra el resguardo policial (Ravelo, 1982: 40).

El primer día de enero de 1923 “Escudero es nombrado presidente municipal. Levantando el muñón derecho y con unas frases inteligibles arrancadas a fuerza de emociones a la garganta paralizada (…) rinde la protesta como alcalde del puerto” (Taibo II, 2011: 44-50). El POA se había convertido en una fuerza político-electoral en Acapulco y ambas costas. A nivel estatal, el gobernador Neri daba bandazos entre los tibios apoyos legales al POA y el apoyo a los intereses de los terratenientes de la entidad y a los oligarcas del puerto. A nivel nacional, Obregón parecía no tener simpatía alguna por los Escudero ni por el POA, la breve alianza electoral con el PLCC, filial del Partido Laborista Mexicano (PLM) en la elección del 20 había sido sólo de carácter estratégico y, por lo tanto, Obregón no sentía compromiso alguno con ellos. A nivel económico, el POA había logrado independencia pero apenas la suficiente para mantener una estructura mínima de operación. En lo político, el escuderismo había transitado de una clara distancia del movimiento zapatista en la entidad a un abierto apoyo al agrarismo, pero en términos ideológicos y organizativos dependía de Juan R. Escudero. Así que con su reducida movilidad después del atentado, la posibilidad de convertirse en el eje de articulación del ascendente agrarismo se diluía cada vez más. Si bien Juan antes del atentado se había dedicado a recorrer ambas costas para organizar a los campesinos y asesorarlos en los conflictos con los terratenientes, éstos fueron tomando rumbo e identidad propias ante la imposibilidad de la presencia de Escudero, ante el embate gubernamental y el cerco cada vez más estrecho que se tendía sobre el POA. Sin embargo, la mayor influencia del escuderismo en el agrarismo guerrerense se había dado a través de Regeneración, desde donde se hacía difusión de las leyes agrarias derivadas del 27º constitucional.

A finales de 1922 los terratenientes junto con ex revolucionarios maderistas como Rómulo Figueroa, habían comenzado a tomar previsiones para desarmar a los agraristas y a través de Juan S. Flores se lanzaron a perseguir y desarmar al agrarismo en la Costa Grande; así, las armas decomisadas fueron a parar a manos de las guardias blancas pagadas por los terratenientes. Como respuesta se crearon comités agrarios en los cuatro municipios que entonces componían la Costa Grande (Tecpan, Coyuca de Benítez, Atoyac y la Unión), Valente de la Cruz creó el Partido Obrero de Tecpan de Galeana, a imagen y semejanza del POA (Ravelo, 1982: 39). En los otros municipios el POA fue la plataforma que le permitirá al agrarismo competir electoralmente y organizar una férrea resistencia a la oligarquía terrateniente. Pero 1923 sería un año aciago, los españoles no estaban dispuestos a ceder terreno frente al POA, ni al agrarismo, y el nuevo triunfo de Escudero en la elección municipal representaba una enorme piedra en el zapato. El acoso no se centraba en la figura de Juan exclusivamente, se extendía a los otros hermanos Escudero, a la base social del POA y del agrarismo en la región. Parte de la estrategia seguía siendo la difamación y la calumnia, en la que se acusaba a Escudero de fraguar rebeliones contra el gobierno, atentar contra la moral, infundir el odio contra los “respetables” comerciantes, particularmente contra los españoles y querer impulsar una agenda bolchevique en el puerto.

La rebelión delahuertista comenzaba a cocinarse ya en el país y Guerrero no era la excepción. Personajes como Rómulo Figueroa, ranchero del norte de la entidad, ex maderista y férreo combatiente del zapatismo era uno de los principales líderes comprometidos con De la Huerta; con él había un beligerante grupo social compuesto de la mayoría de los terratenientes y pequeños propietarios de toda la entidad, en el que evidentemente estaban incluidos los oligarcas porteños (Ravelo, 1982: 40). Pese a apoyarse oficial y abiertamente en el gobierno federal, la simpatía de este grupo por Obregón iba en desmedro por la insistencia de éste en congraciarse con el agrarismo con el objetivo de pacificar el país y lograr la estabilización del régimen.

Con los cuatro ayuntamientos de la Costa Grande en manos del POA se dio un abierto respaldo a los comités agrarios; Amadeo Vidales, líder regional, comenzó a otorgar permisos a los campesinos para usufructuar tierras federales que habían sido acaparadas por los terratenientes, así que la ofensiva contra los campesinos fue escalando conforme el año avanzaba. Las guardias blancas se fortalecieron volviéndose más violentas, orillando al agrarismo a tomar la ruta de las armas y la clandestinidad, mientras que desde el puerto el escuderismo llamaba a través de Regeneración a tomar la opción legalista del agrarismo que Obregón ofrecía y a la que se había ceñido gran parte del agrarismo a nivel nacional (Ravelo, 1982).

La muerte

El primer día del mes de diciembre de 1923, el general Rómulo Figueroa se levantó en armas en contra del gobernador Neri. La rebelión, fingiendo ser de carácter local, “fue la punta de lanza de un alzamiento de generales que llevaban como bandera al candidato a la presidencia, Adolfo de la Huerta” (Taibo II, 2011: 54). Si bien a nivel nacional la rebelión delahuertista se asumía antiobregonista, en el puerto la rebelión era sólo el telón de fondo de una disputa de clase más profunda y que confrontaba a los terratenientes con el movimiento obrero-campesino. El escuderismo que no era obregonista, se había apegado a la vía legal-institucional para resolver los conflictos frente a la oligarquía, lo que los había empujado a establecer contacto permanente con la federación y el gobierno estatal, pero desde las páginas de Regeneración el POA había mostrado apoyo a la candidatura de Calles, pretexto de sobra para que las facciones reaccionarias guerrerenses se lanzaran en contra del escuderismo y todas sus expresiones en medio de una vorágine de alcances nacionales que les daba la pauta para actuar abiertamente.

Con el estallamiento de la rebelión, Obregón otorgó a Juan el grado de general y a sus hermanos grados de coroneles para la defensa del orden institucional. Juan solicitó armas y municiones para la tarea, mismas que fueron aprobadas por el gobernador Neri, pero que nunca llegarían al puerto por decisión del coronel Sámano, quien para justificarse, había declarado su preocupación de que fuesen utilizadas contra el propio gobierno instituido. Escudero trató de comunicarse telegráficamente con Obregón, pero los mensajes fueron interceptados por los militares que tenían el control del telégrafo (Ravelo, 1982: 46) (Taibo II, 2011: 55) (Gill, 1953: 301).

El pueblo costeño cerró filas en torno al POA y la figura de Juan, los militantes hacían guardia en la plazuela frente a la casa de los Escudero -la llamada plaza roja de Acapulco-. A través de cartas, Juan trataba de convencer a Sámano de rechazar la conspiración y mantener su fidelidad al gobierno. El puerto en esos días se mantuvo en una suerte de impasse, pequeños grupos de agraristas dispersos arribaban al puerto, los estibadores aprovechando la presencia de sus correligionarios hicieron una manifestación conjunta entre agraristas y obreros; mientras tanto, los militares, acuartelados y probablemente temiendo un enfrentamiento que desembocara en un alzamiento popular generalizado en toda la región, miraban pasar a los grupos de poaistas que recorrían el puerto llamando a la organización. En la Costa Grande, los agraristas comprendiendo el delicado momento se reunieron en el rancho La Clavellina, cerca de Atoyac, ahí acordaron que Feliciano Radilla, junto con veinticinco hombres y las mejores armas, saliera con rumbo a Acapulco para sacar a los Escudero que se encontraban cercados y en inminente peligro de muerte. El plan era sacar al líder rojo de su casa hasta la playa, donde lo embarcarían junto a sus hermanos en un bote rumbo a algún punto de la Costa Grande, para ser llevados a la sierra, donde se planeaba formar un ejército para combatir a la reacción (Ravelo, 1982: 48) (Gill, 1953: 301) (Taibo II, 2011: 56).

Por su parte, la oligarquía porteña también se citaba para conspirar, los dueños de las casas comerciales, terratenientes, medianos y pequeños comerciantes, unidos todos contra el escuderismo. Los militares habían solicitado a los dueños de las casas comerciales un préstamo de 50 mil pesos para adquirir pertrechos que les permitieran mantener la rebelión en el puerto que, desde su perspectiva, “crecía como bola de nieve en la entidad”. Para los oligarcas la rebelión delahuertista era lo que menos les importaba, querían la desaparición de Juan, así que aceptaron dar el préstamo y ofrecieron 10 mil pesos en oro para quien diera muerte a Juan y a sus hermanos (Taibo II, 2011: 56) (Ravelo, 1982: 47).

Todo parece indicar que el escuderismo se debatía entre la toma inmediata del puerto y el asalto a los cuarteles militares o el repliegue hacia la Costa Grande para concentrar fuerzas y planificar la toma de Acapulco. En cualquiera de los dos casos el plan pasaba por establecer contacto con Juan y sacarlo del puerto. Mientras tanto, éste en silla de ruedas y desde su casa convertida en cuartel general, organizaba y emitía órdenes: pidió al presidente municipal que lo suplía que se preparara para abandonar el palacio, que soltara a los presos y se uniera a los agraristas que ya rondaban el puerto, y también ordenó a sus hermanos quemar todos los papeles del archivo. A través de mensajeros los agraristas presionaban a Juan para que ordenara el asalto del puerto, quien finalmente se decidió y envío al joven Alejandro Gómez con el mensaje para que el asalto se diera esa noche del 14 de diciembre. La intervención de la madre de Juan impidió que el menaje llegara bajo el argumento de que aquello representaba un suicidio. La decisión aceptada por Juan dio un giro a los planes; los agraristas y los dirigentes del POA abandonarían el puerto la noche del 15 para concentrarse en la Costa Grande, un grupo de hombres armados cubriría la fuga de los hermanos Escudero de acuerdo con el plan trazado en La Clavellina.

Nuevamente, al conocer los preparativos de fuga de sus hijos, doña Irene trató de evitar que abandonaran Acapulco con el argumento de que el mayor Sámano le había ofrecido garantías para sus vidas si se entregaban. Doña Irene insistió a sus hijos para que se entregaran a los militares; Juan, conocedor de sus enemigos insistió en la fuga, pero doña Irene amenazó con quitarse la vida ante la insistencia de sus hijos. El líder acapulqueño cedió ante la presión y decidió quedarse, y con él sus hermanos (Gill, 1953: 301).

El grupo enviado para el rescate de los Escudero tuvo que abandonar la casa sin ninguno de los hermanos. El POA comenzó la organización de grupos armados de resistencia entre los obreros del puerto para salir con rumbo a Coyuca de Benítez para unirse a los agraristas que ya organizaban la movilización. Los últimos dirigentes del POA abandonaron el puerto esa noche del 15 de diciembre junto a los agraristas con rumbo a la Costa Grande, mientras el cerco sobre la casa de los Escudero se comenzaba a estrechar. Un par de horas después de que los últimos dirigentes del POA abandonaran el puerto, una patrulla militar llegó a la puerta de la casa de los Escudero para detenerlos (Ravelo, 1982: 49) (Gill, 1953: 302) (Taibo II, 2011: 57-58).

Pese a que la vida de los tres hermanos ya tenía precio, su muerte no se consumaría hasta que los militares renegociaran el precio con la oligarquía, así que los mantuvieron presos hasta la noche del 20 de diciembre, cuando se concretó la negociación. La madrugada del día 21 los tres hermanos fueron sacados del fuerte hacia las afueras de Acapulco. Los cautivos fueron llevados hasta donde se interrumpían los trabajos de la carretera que conectaría el puerto con la capital del estado y por la que Juan R. tanto había luchado. Ahí bajaron a los hermanos y los condujeron a pie hasta el poblado del Aguacatillo. “A la hora del sacrificio, los verdugos se ensañaron contra Felipe: su cuerpo presentaba catorce heridas. A Juan, caído y atravesado por las balas, le colocaron un arma en la nariz y le dispararon el tiro de gracia. Luego los dejaron abandonados” (Gill, 1953: 302) (Ravelo, 1982: 49) (Taibo II, 2011: 59).

Al amanecer del día 21, el campesino Leovigildo Ávila encontró los cuerpos. Se acercó a ellos y descubrió que uno de los tres hermanos aún vivía: era Juan Ranulfo Escudero. Al ver al otro le pidió que buscara a Patricio Escobar en el poblado de La Venta para levantar la declaración sobre quiénes habían sido los autores del asesinato de sus hermanos. Las autoridades de La Venta, atemorizadas, se negaron a levantarlo y llevarlo a Acapulco para que fuera atendido. Tenía siete heridas de bala en el cuerpo, pero el tiro de gracia había resbalado sobre el hueso sin entrar en el cráneo. (Taibo II, 2011: 59)

Doce horas más tarde y mientras era conducido por los militantes del POA hacia el puerto, Juan muere. Con el asesinato de los Escudero se cerró de golpe este breve episodio de lucha por la conquista del poder local en Acapulco, pero se abrió una nueva etapa en la que el agrarismo costeño protagonizaría una férrea batalla contra la burguesía estatal. La Batalla de Petatlán, que terminó por aplastar en la entidad a la rebelión delahuertista sería la muestra de este poderío y, aunque a la larga el sistema de explotación y expoliación prevaleciente en la entidad se mantendría intacto, tanto el escuderismo como el agrarismo costeño serían el referente en las luchas por venir en una entidad en la que cada derecho ha tenido que ser peleado con uñas y dientes. De igual manera, con el escuderismo se abre un periodo de disputas por el poder local en la entidad que recorre todo el siglo XX y la primera parte del siglo XXI. Esta disputa, que tiene como epicentro la conquista por el municipio, tiene como hipocentro la democratización de la vida pública y la búsqueda de ciudadanización en la entidad. Ha recorrido los caminos más inusitados que van desde las movilizaciones civiles y las tomas de ayuntamientos que se han sucedido a lo largo del siglo, hasta los movimientos armados, las disputas electorales y finalmente la búsqueda del reconocimiento de la elección municipal por sistema normativo propio, como sucedió en el caso del municipio de Ayutla de los Libres en 2018.






Referencias

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