Por Carlos Cuellar / Investigador independiente de la cultura tepozteca.


Cuando vemos en la librería una obra que habla de Vasco de Quiroga y que narra hechos que ocurrieron en el estado de Michoacán hace más de 400 años, puede que no le prestemos mucha atención pues a simple vista pareciera —si uno no conoce la historia ni el tema— que la lectura muestra un hecho histórico muy lejano y aislado de nuestra época y de nuestra región; por esa razón podríamos seguir de largo pensando que aquel es un libro de sucesos distantes que podrían interesar únicamente a los estudiosos de la materia, pero, ¿existe algún vínculo entre los hechos que narra el libro y la memoria de nuestro territorio?, ¿en que concierne un libro como este a nuestra situación actual? 

Si lees esta novela que se desarrolla en Michoacán y vives en algún pueblo antiguo como Tepoztlán, es imposible no imaginarlo a través de los lugares que te rodean, pues su lectura a pesar de desarrollarse a kilómetros de aquí —440 para ser exacto— te motiva a tener una perspectiva distinta de tu entorno, porque en todo pueblo antiguo hay huellas de aquellas épocas, hay algo que quedó impregnado, algo que se puede sentir en este mismo instante en este recinto.

Parte de la narrativa del libro se desarrolla dentro de un convento edificado por indígenas similar a este, podemos imaginar los diálogos de Fray Gines y el hermano Indalecio en el refectorio y el huerto, y recordar que este edificio se cimentó con la fuerza, vida y sangre de los pobladores originarios y que sus paredes disparejas se aplanaron con las palmas de los indios durante su construcción, dejando la marca indeleble de su trabajo en ellas. Así podemos comenzar a establecer una conexión entre esta lectura que se desarrolla en Michoacán pero que tiene un vínculo histórico que compartimos Pátzcuaro, Tepoztlán y la mayoría de los pueblos originarios de México que vivieron la Conquista y la Colonia hace 500 años; sucesos que quedaron inscritos en nuestro paisaje cultural, en las huellas que pueden verse y leerse cuando se conoce un poco de nuestra memoria. Este libro es un estímulo y una invitación a conocer esa historia profunda que nos identifica como pueblos.

Pero además de las huellas inscritas en el paisaje, hay algo en este libro que nos vincula aún más, no son nada más los monumentos ni lo que plasmaron los españoles valiéndose del trabajo indígena, tampoco son las reliquias de la cultura originaria aún vigentes en nuestro entorno cultural, hay algo más que nos lleva a cuestionar el origen de nuestro presente y el rumbo que tomó nuestra sociedad. 

¿Qué es ese algo más que nos identifica con el libro? Jorge Munguía nos transporta a través de una lectura ágil y fluida, pero a la vez profunda, por un panorama histórico crudo e indignante del que poco se habla en los libros de historia; la naturaleza y las ruinas de una milenaria civilización son el escenario de esta narración que avanza entre la barbarie y la violencia que vivió el pueblo Purépecha durante y después de la Conquista; una situación similar a la que vivieron miles de pueblos que se enfrentaron a la imposición y al casi exterminio realizado por las encomiendas —una de las primeras formas de explotación colonial—. La falta de respeto al indígena, a su cultura y el menosprecio hacia lo nativo por parte de Occidente impera durante toda la lectura narrada a través de los diálogos de Fray Gines y el Hermano Indalecio que, a través de charlas estimuladas por el vino en un ambiente litúrgico conventual, despiertan el interés por saber que sucedió en el momento en el que Vasco de Quiroga radicó en la Nueva España. 

Vasco de Quiroga llega a la Nueva España en 1529 con una formación de jurisprudencia y vocación de ayuda. Entre otras cosas, trae consigo en su equipaje intelectual principios de una religión católica primitiva, e ideas de la obra Utopía de Tomas Moro que intenta implementar cuando recibe el obispado de Michoacán al formar comunidades indígenas denominadas Hospital-Pueblo, que mantenían la propiedad comunal y una organización social similar a la estructura de los pueblos originarios; en estas comunidades se privilegiaba el desarrollo de saberes y habilidades materiales y espirituales, se orientaba a los naturales en los nuevos modos de vivir y se pretendía fomentar la mezcla de españoles e indígenas para crear un nuevo mestizaje cultural.

Estas ideas van en contrasentido del enriquecimiento de los encomenderos que descansa en los principios de expansión y dominio del incipiente capitalismo europeo que se gestaba en España y que requería de la acumulación de los bienes materiales extraídos de la colonia para liberarse del yugo árabe y comenzar a erigirse como el nuevo centro de la historia mundial. 

¿Sería posible instaurar estas comunidades en toda la Nueva España? Para ese tiempo, en estas tierras priva la ambición y codicia de un grupo de españoles encomenderos —encargados de la extracción de la riqueza y la explotación del trabajo indígena— que comienzan a hacer fortunas a través de su labor, muchas veces pasando por encima de la corona y violando sus normas. Esta actividad genera a su alrededor una serie de vicios y bajezas de todos los que integran esta ruin tarea; el libro hace una radiografía del comportamiento humano de estos personajes envueltos en un panorama de ambición, hipocresía y codicia, propios de una incipiente clase dominante hispana que vive del trabajo ajeno —nos manifiesta que el ser humano actúa y se comporta, de acuerdo a su entorno y condiciones de vida—, en este caso en una estructura social en donde el más vulgar y truhan puede ser el encomendero que se encuentra a la cabeza del lugar y el estrato más abajo es el que ocupan los indígenas considerados por la encomienda como seres subhumanos que no reciben ninguna retribución por su trabajo casi esclavo.

Es aquí el momento en que la lectura nos lleva a sentir una gran indignación ante el hecho de que una civilización como la Mesoamericana, que tenía tras de sí miles de años de desarrollo económico, lingüístico y pensamiento filosófico avanzado, tuviera que soportar semejantes atrocidades y faltas de respeto, pues sus habitantes no fueron tratados como los seres provenientes de la gran cultura de la que formaron parte.  

Ante estas atrocidades algunos indios enfrentaron esta situación de explotación revelándose y resistiendo, y muchas veces suicidándose, pero una buena parte parecen haber perdido la voluntad y se prestaron a las peores humillaciones al trabajar para las encomiendas.

Hay que recordar que los indígenas que sirvieron en la Colonia eran dóciles porque desde antes de llegar los españoles, los nativos de estas tierras vivían en Ciudades Estado que ya estaban estratificadas en clases sociales y respetaban las jerarquías; los españoles al derrotar a los gobernantes indígenas y tomar la cabeza de esa estructura social pudieron tomar el mando y ser opulentos sin trabajar. Imaginemos a millones de indígenas trabajando para Europa, así surgió el colonialismo, ese sistema económico y cultural que se apropia de los bienes que extrae de sus colonias y los acumula; en pocas palabras una cultura que explota a otra para vivir a sus costillas. 

Y en medio de este proceso, el libro toca un tema que nos es común, que nos identifica porque a diario lo vivimos; nos muestra la génesis de la occidentalización forzada y el racismo, impulsados por la invasión española y reforzados por un colonialismo económico y mental que nace en aquel momento histórico. Es en esa época cuando emerge ese sistema de pensamiento que menosprecia todo lo que tiene que ver con la raíz originaria y el color de la piel para justificar la dominación sobre los pueblos que, hoy después de 500 años, sigue dominando y menospreciando al indígena, pero ahora también al mestizo y a todo aquel de piel morena.

 Fragmento del libro —diálogo que habla sobre los indígenas— entre Fray Gines (protagonista y narrador) y el encomendero llamado Ynfante,

Entonces Ynfante comenzó a hablar y dijo algo como: “Gran tarea nos ha impuesto dios: ser sus representantes”. Usted padre Gines con su caridad y la difusión de la palabra santa; yo con la imposición de la fuerza y el orden. Ambos con la intención de establecer una sociedad católica y de trabajo para producir lo que necesitan todos y además compensarnos por nuestros desvelos. Sin duda somos superiores mas bellos y fuertes. Ellos son inferiores, feos y atezados… a veces veo en sus rasgos reminiscencias de los orangutanes. ¿Los conoce? Son animales parecidos a estos Tarascos de grandes bocas, nariz roma, ojos pequeños y andar encorvado. Yo los conocí en África y seguro que el obispo Vasco también los conoció cuando anduvo por esos lares, si mira sus costumbres se dará cuenta que son similares a las de los animales. Por eso tenemos que domesticarlos. Ustedes los religiosos con imágenes e historias que reemplacen el mundo aterrador de sus repelentes dioses y con la amenaza del pecado como de la condenación. Por nuestra parte nosotros los conquistadores o colonizadores, con el miedo que les causan nuestras armas y provocan su docilidad. Si rechazan esta domesticación, pues los acabamos. Yo eso hago a los indóciles, los he ultimado sin importarme edad o género. Así avanzamos sin oposición y establecemos aquí una mejor España.

Durante la lectura vemos constantemente un choque de los principios humanistas de los narradores que enfrentan con horror e indignación los actos violentos de colonización y las ideas racistas que justifican la explotación. ¿Sería posible frenar esta incipiente maquinaria moderna? Vasco se encuentra ante el exterminio del modo de vida indígena y la imposición del modo de vida occidental y se resiste con dolor a ser una herramienta más del dominio europeo. ¿Cómo terminará esta novela?

Hoy a casi 500 años de la Conquista, este libro se presenta en un buen momento para replantearnos la manera de ver nuestra historia, pues nos da la oportunidad de inmiscuirnos en aquella génesis del racismo que nos rodea y de la manera de pensar occidentalizada que impera hoy en México y en el resto del continente.

Al leer esta obra es inevitable pensar en el golpe de Estado en Bolivia y en las imágenes de biblias y rezos evangélicos mezclados con discriminación hacia lo indígena, para justificar —al final de cuentas— la extracción de sus recursos naturales y la explotación. Esta situación se repite en el Brasil de Bolsonaro pero también en todos los países de América latina; fue arraigada en la Colonia y ahora es promovida por un nuevo colonialismo impuesto por Estados Unidos.  

Pero regresemos a Tepoztlán que, al igual que otros pueblos, a diario tiene que reinventarse para librar sus batallas y no permitir que la salvaje urbanización acabe con su identidad indígena que poco a poco se borra gracias a una modernidad que desprecia la cultura local o que la ve como un producto para el turismo y, que cuando no le sirve, la desecha por ser sinónimo de atraso y vergüenza. Aquella ideología racista que nos presenta el libro y que llegó hace 500 años, se ha perpetuado a través de una mentalidad occidentalizada que sigue justificando el dominio de lo blanco, moderno y civilizado sobre lo indígena, sucio y atrasado.

El llanto de Vasco tendría que ser una lectura obligada porque nos concierne a todos en nuestra condición de humanos y nos ayuda a entender nuestra historia y devenir, porque al final de cuentas eso que ocurrió hace 500 años y a 440 kilómetros de Tepoztlán, nos ocurrió también a nosotros; es parte de todos y continua vigente. 

El llanto de Vasco debería ser también la enseñanza de Vasco y su utopía debería ser nuestra utopía.



Munguía Espitia, Jorge (2019).
El llanto de Vasco. El ocaso de un defensor de indígenas.
México: Ediciones Proceso.

Una respuesta

  1. Mis respetos para este artículo pero sobretodo para Jorge Munguia, autor de tan magnifico libro. Su lectura me llevó a aquellas épocas y lugares y a emociones que yo no conocía. Gracias y ¡felicidades! Efectivamente, es un libro que todos deberíamos leer.

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