
Carlos Gabriel Chávez Reyes/ Sociólogo por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Poeta y cuentista. Maestrante en Ciencias Sociales por la Universidad Veracruzana. Actualmente hace una investigación sobre la Asistencia Social a NNA migrantes en la frontera México-Estados Unidos
—Qué hay de noticias –preguntó el coronel–. El médico le dio varios periódicos.
—No se sabe –dijo–. Es difícil leer entre líneas lo que permite publicar la censura.
(…)
El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar.
El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador.
—¿Nada para el coronel?
El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza:
—El coronel no tiene quien le escriba.
El coronel no tiene quien le escriba,
Gabriel García Márquez.
En la mañana en que bajé del autobús, apenas con el alba entreabierto, apenas con sueño y con hambre, Ciudad Juárez me entraba a los oídos a través de unescrupulososilbido de un tren pasando a lo lejos. Eran las seis de la mañana cuando llegué y el calor estaba subiendo paulatinamente, las nubes se despejaban y se dividían entre sí, las calles se prolongaban transversalmente y las casas abandonadas comunicaban una conmoción de absoluta incertidumbre. No había mucha gente afuera, como si algo estuviera ahuyentando a las personas o motivándolas a despertarse más tarde, a guardarse como muebles ante el cautivo estupor del calor.
Ahí está el silbato de nuevo. Esta vez más cerca, como si hubiera pasado debajo de mis pies. La tierra pegada en las paredes se caía por la misma vibración del tren atravesando la ciudad, cada vez más cerca. Algunas vigas se descarapelaban hondamente, tal vez por el sol o por los años, pero lo que en verdad me preocupaba, el chirrido de los frenosagudamentemolestos, es que no había más niños, sólo yo; no había más gente, sólo nosotros y no había más tiempo, sólo el que nos tomó para llegar hasta acá.
No sé cuánto faltará para llegar a Estados Unidos, primero dios. Llevamos creo un año: del jueves pasado hasta el día de hoy. Miércoles. El sueñoamericanoalejándose cada vez más: damos un paso y Estados Unidos da dos más hacia atrás. A dónde hay que ir cuando se desconoce el camino, si cuando se está perdido es difícil confiar hasta en tu imaginación. Todas tus intuiciones se desorbitan, se nubla inmediatamente la clarividencia en el instante en que despierta en uno mismo la sensatez de estar solo, pero lo bueno de estar solo es que ya no hay necesidad de ir a otro lugar.
Ernestito, como le decían sus papás, había llegado a Ciudad Juárez, Chihuahua, con poca precaución y apenas con algo de inocencia, viajando desde Atoyac de Cabañas, a hora y media de Acapulco, porque los “malos” habían secuestrado a su papá en el río de El Ticui donde se dedicaba a las jornadas fabulosas de pescadería de camarón rojo, un lunes por la tarde.
Efigenia, su madre, que con toda la angustia enredada en el vientre y hasta con el ardor irritando las anginas, supo que algo había ocurrido con su esposo. Algo más de lo normal, porque era de costumbre que todos los días excepto los sábados y domingos, se quedaba entre una y dos horas vaciando caguamas de cerveza rebajadas en agua que vendía el padrino de comunión de Ernestito.
No llegó a dormir ese día y no había tampoco llegado a desayunar al martes, que hasta por las desordenadas corazonadas de sospecha, Efigenia creyó que su esposo se había ido con una amante más joven y desmoralizada que ella misma. Después de la escuela, Ernestito decidió tomar su bicicleta a escondidas de su madre, como habitualmente lo hacía, para pedalear hacia el río con la intención de subirse a la lancha de su padre y creerse como él, tan alto y robusto, sin ninguna oscilación innata de preocupación y absorto de su pueril ignorancia.
Pero el río estaba semiseco, las lanchas estaban en la semiorilla fuera de toda funcionalidad y circulación, atoradas entre las rocas semienormes, como si estuvieran hace meses abandonadas. Y ante la semialarmante semimpresión que dejaba el lugar, no encontró a su padre. Se regresó casi de inmediato, con la inquietud atrapada en su garganta; con algo de impaciencia por encontrarlo, había llegado con Efigenia para contarle lo que había visto y preguntarle en dónde está papá, a qué hora llega papá mamá para jugar con él, anda dime.
Fue con su compadre, le dijo mintiéndole mientras se encerraba en el baño, ahogando un grito despavorido en su pecho porque realmente no sabía en dónde estaba. No quiero que vuelvas a salirte solito. Se hizo de noche y nada, no regresó. Tampoco le decía algo la gente de que lo hubieran visto por ahí o por allá, con alguien o sin alguien, nada. Había desaparecido cual fantasma.
Efigenia lloraba en su mente, a sollozos y a escondidas de su hijo para no preocuparlo, aunque siempre subestimaba las habilidades de inferencia de Ernestito para formular conclusiones concretas más que especulativas. Esa noche no pudo dormir por el desasosiego, le carcomían los nervios, sus pulmones sufrían de amnesia y se desinflaban por ratos.
Nos recibió el pastor Mingo, en su albergue. Éramos seis los que veníamos en bola: don Víctor, Maximiliano, Thiago, Sara y Emily. De cincuenta y ocho, de veinticuatro, de treinta y uno, de quince y catorce, respectivamente. De Guatemala, de Colombia, de Honduras, de El Salvador y de El Salvador también. A excepción de Sara y Emily que son hermanas, todos los demás no se conocían, pero se fueron encontrando en cuanto avanzaban en la ruta.
Don Víctor, quien venía solo, dijo que se encontró primero a Thiago en Chiapas, después a Sara con Emily más adelante en Veracruz, y por último a Maximiliano en Saltillo. Pero Sara y Emily, contaba don Víctor, no venían solas, venían con sus tíos que ya llevaban semanas sin comer decentemente y aún así las últimas despensas se las dieron a ellas para que siguieran teniendo más fuerza. Cuando llegaron a Tampico, les cayó una tormenta increíblemente dominante, espesa por la neblina o por el laberinto tropical de la brisa, que en medio de toda la desorientación y de todo el vacío espiritual, los tíos de Sara y Emily se habían quedado atrapados en la tormenta, que como cuenta don Víctor, seguramente fueron arrastrados hasta los olvidos del Golfo de México, como si la naturaleza fronteriza hubiera querido regresarlos a la fuerza.
Fue estadosunidosdeamérica. Es lo que creían Sara y Emily, que los gringos mandaron la tormenta. Nuestros tíos ya sabían llegar con mi papá en Denver, decían. Lloran y se abrazan. A mí me encontraron hasta pasando Torreón. Había llegado allí con la pura ilusión y la pura injusticia en mi pecho. No tenía ya a mi padre, tampoco tengo a mi mamá conmigo. Recuerdo los domingos después de misa, yo también lloraba como ellas, porque mi papá a veces se salía antes y no lo veía hasta la noche. Mi mamá me cuidaba mucho de la soledad, que hasta decía ella misma que era la soledad en persona, que siempre me iba acompañar a donde yo fuera y viniera. Estaría siempre en mi corazón cada que la abrazara, en mis manos cada que fuéramos a la calle, en mis ojos cada amanecer y en mis sueños cada noche de ficciones.
No me advirtió que estaría por siempre en mi memoria, en cada paso, en cada nube, en cada palabra. Mi papá seguramente llegó tarde a la casa, no sé, no pudo cuidar a mi mamá, no pudo estar con ella ni conmigo, pero espero que después venga por mi. Disparos a lo lejos. Más disparos llorando en el eco de la tarde. Se oyen gritos, carrosfrenandorápido. No salgan ni al patio. El pastor Mingo cerraba sus ventanas, cerraba los zaguanes. Abrió la puerta de la iglesia, ya se hacía de noche, llamó a su esposa para que le ayudara con unas colchonetas y acomodarlas con algunas cobijas no tan gruesas, sólo para que no se sienta el piso frío, decían. Nos dieron un café medio caliente y un pan y galletas para pasar el sueño.
La noche aquí igual es caliente. Frenosderrapandoenlasesquinas. A Sara y Emily se las llevaron a otra habitación, en donde dormirían con mamás y bebés para que estén seguras, dijo la esposa del pastor. Se oyen otros carros brincando los topes. Ventanas estrellándose y prolongándose por el suelo. Sirenas de patrullas o de ambulancias. Mañana vendrán a ayudarles. En el patio estaban hablando con el pastor Mingo, creo que por teléfono.
Lo que pasa es que te ayudan para solicitar asilo y refugio en Estados Unidos, dicen, dijo don Víctor. Como eres niño, me volteó a ver, y como no puedes regresarte a tu casa, regresó su mirada, tal vez te dejen llegar hasta allá. Y ese “tal vez” resonó en mi mente, porque como tal no conocía a nadie en Estados Unidos, sólo a los padrinos de mi mamá, que la bautizaron a ella y luego a mí, pero no sé nada más de ellos, no sé ni cómo son. Mi mamá quiso que los encontráramos porque nos ayudarían, ahora tengo que hacerlo porque sí.
Al día siguiente, Ernestito amaneció con el cuerpo sudado, pudo bañarse y comer algo que había preparado la esposa del pastor Mingo en la cocina del albergue. Enseguida llegaron los de una organización encargada de orientar y proteger a personas en situación de movilidad para ayudar con las solicitudes de refugio. Le preguntaron a Ernestito, ¿vienes acompañado o vienes solo? No quiso responder porque estaba sosteniendo el nudo en la garganta, que luego se le había subido a los ojos. Solo vengo. Respondió. Hmm ¿Sólo vienes o vienes solo? Vengo.
Los pulmones con amnesia y con la desvirtud para desinflarse venían de herencia. Su mamá se le atravesaba en su nostalgia, en su tristeza liquida. En las preguntas y en las respuestas. En el café de la mañana. En el chancaite reposando al fondo de la tasa podía ver el camino de tierra en donde cayó su mamá mientras lo cargaba a él para huir.
Estaban atravesando de Michoacán a Guanajuato, una ruta migratoria alternativamente riesgosa, para evitar los controles estatales de personas migrantes en la capital. Con una caravana que habían encontrado en el camino pudieron juntarse para ir acompañados. Efigenia se había quedado sin dinero, sin propiedades y hasta sin familia. No pudo regresar a su casa por ropa ni por comida ni dinero. Estaba siendo vigilada toda su calle para que no se escapara, porque al día siguiente de cuando Ernestito no encontró a su padre en el río, vinieron a tocarle con patadas la puerta. Alarmada, pensó en abrir con una singular adivinanza: es o no es.
Pero fueron dos señores, descubiertos de la cara, con sombreros de paja, pantalones de mezclilla y botas militares: parecían, pero no lo eran. Con el pánico mordiéndole la lengua a Efigenia, uno de los malos, porque así se vestían los malos por allá, le tapó la boca con la mano para que no gritara, la sacó de su casa mientras le agarraba un brazo y le dijo que ahora sí su esposo puede vender a gusto.
La aventó al suelo y se fueron en la cajuela de una Chevrolet. Sin más palabras, sin más explicaciones, Efigenia se fue hacia la banqueta donde había una red grande, que era la que usaba su esposo para pescar. Era él. Lleno de sangre, de cáscaras de camarón y de pescado. Olía a putrefacción, no sabía si por los mariscos o si así también olía la desgracia.
Supo entonces que su esposo no solamente pescaba camarones, sino que les robaba a otros y además los vendía como si fueran producto de su trabajo. Tal vez dios sólo sepa si en verdad se emborrachaba por las tardes o se dedicaba a robarle la mercancía a los malos. Hubiera preferido que fueras nada más un pobre ebrio, pero hasta para eso hacías mal las cosas, se dijo.
Dolida y sobre todo frustrada, tuvo la convicción de salir por ayuda, primero a la delegación para dar con los asesinos, pero no le dieron solución. Después con sus amigos para pedir posada en lo que veía cómo lo arreglaba. Fueron a buscarla los malos hasta por debajo del río, dejaron un cartel en la casa de que, luego de todo el desvarío, la deuda seguía sin liquidarse y que se iban a cobrar con ella y con Ernestito. Le incendiaron la casa a la mañana siguiente y los corrieron de donde estaban, porque no fuera que les quemaran la casa con todos ellos adentro.
Sólo recuerdo haberme puesto mis tenis y llevar un sombrero. Vagamos hasta encontrarnos con unos cubanos, decía mi mamá. Atravesamos por Durango y llegando al cruce con Torreón, nos intervinieron dos camionetas grandes, frenando en seco sobre la tierra árida, llevándose a todos los que pudieran agarrar. Primero se fueron por los niños más chicos, por eso mi mamá me cargó y salió corriendo para llegar a unos árboles que se veían por ahí cercanamente lejos, para ver si podíamos escondernos. Creo que pudo correr mejor si no me hubiera cargado a mi. Creo que hasta yo, en medio de todo el pavor, hubiera tenido la fuerza para cargar a mi mamá.
Al final se cayó y dos hombres se la llevaron a la camioneta, no sé qué habrán hecho con ella. Sólo corrí cual cobarde y cual solitario agravio. Mis piernas se habían doblegado hasta llegar a un pueblo medio habitado, en donde encontré a don Víctor y conocí a los demás. Quedé desmayado por el cansancio, por el miedo y por la soledad. No sabía que se podían sentir tantas cosas llegando a la frontera, bueno, en el norte. Allá vivimos despreocupados, aunque no tendríamos motivos para estarlo aquí (no sé). Lo único que pueden hacerme es intentar llevarme con mis padrinos, son los únicos que pueden recibirme. Tendrás que esperar a que te den una cita, me dijeron. Ahorita haremos tu solicitud de refugiado y de asilo en Estados Unidos. En cuánto tiempo va a estar. Es probable que mañana no esté, pero vendremos todos los días, si no es molestia para el pastor Mingo. Ninguna.
Otra vez el chirrido de los rieles. Los frenos chillones. Otro paso más hacia atrás de Estados Unidos y luego dos más. Otro chancaite. Sara y Emily llorando, abrazándose entre ellas. Nuevamente las cobijas y las colchonetas. Entre sueños, los topes saltando debajo de los carros, las calles estrellándose como ventanas, la incertidumbre huele a camarones, la noche grita como sirenas de patrulla. Otra vez los zaguanes y las ventanas cerradas. Al día siguiente lo mismo y lo mismo por la noche. Otras entrevistas, otras organizaciones de ayuda. El mismo pastor, la misma Sara y Emily. Thiago y Maximiliano se fueron a otro albergue de puros hombres, pero no me llevaron porque era un niño. Don Víctor era muy grande y se quedaba a ayudar en las misas y a hacer de comer.
Nunca llovía en este lado del mundo, siempre empapado de sudor, de desprecio. Las horas se alargaban, el ocaso permanecía, en mi mente una lancha aún vacía, la tierra en las manos y en las rodillas de mi mamá. Mi papá aún sin regresar por mi. Aún estoy solo, aún hay frontera y el día en que deje de haberla, se habrá de inundar el desierto. La soledad, a diferencia del tiempo, no tiene fronteras, tiene esperanza.
Ernestito pasó repitiendo las mismas cosas, de dos a cinco meses, como le decían, en lo que esperaba su cita. Casi como un bucle de tiempo, como un devenir sin llegada, una espiral sin caída, un desierto interminable. Convivía con las mismas personas todos los días, comía lo mismo, tenía la misma ropa, le daban una nueva, tenía después otra misma ropa, comía lo mismo, así sucesivamente. Tenia los recuerdos de sus padres, pero jamás su papá fue por él, porque algo dentro sí le decía internamente que adivinaría su ubicación casi como Efigenia lo supo de su esposo, pero a Ernestito nunca le dieron la oportunidad de explicarle qué había pasado, sólo que ya no vivían en Atoyac de Cabañas, Guerrero era un estado extinto del país ya para él.
Pasaron de dos a cinco meses y nunca le llegó su cita, nunca terminaron su solicitud, nunca salió del albergue, nunca nada. Era imposible creer que la organización del azar y del destino se entroncan en la vida de los que menos se preocupan por las cosas, y son a quienes más les ocurren. Finalmente pasaron otros cuatros meses más para que le dieran alguna novedad a Ernestito, ya había crecido un poco, había crecido su nostalgia y su temor, el tren fantasma de siempre al que le tenía miedo y que jamás se aprendió el horario de los chirridos; sin embargo, por fin algo era nuevo en su asilo: la noticia de que Estados Unidos cerró la frontera para siempre. Fue entonces que Ernestito, con un parsimonioso apretón en los pulmones, casi provocándose un infarto emocional, se preguntó: cuando chingaos había estado abierta.
Xalapa, Ver. Septiembre, 2024.
