
Roberto García Jurado/ *Departamento de Política y Cultura. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco.
Cuando se piensa en Roma, es inevitable pensar en primera instancia en personajes como Rómulo, Escipión, Julio César, Augusto, Nerón o Calígula, y tal vez algunos más enterados puedan mencionar también a Cicerón, Séneca o Marco Aurelio; o sea, todos ellos miembros ilustres de la élite social y política de la ciudad, la cual constituía en realidad una porción muy reducida de la sociedad, cuya notoriedad los convierte en las primeras imágenes o ideas que se asocian a la historia de la ciudad.
Incluso los textos históricos más relevantes sobre la historia de Roma, tanto actuales como antiguos, coinciden en que las líneas básicas de su narración rescatan y resaltan a estas figuras emblemáticas. Tratándose de los historiadores clásicos, ya sea Tito Livio, Dionisio de Halicarnaso, Tácito o, de manera obvia Suetonio, es todavía más evidente el cuidado y acento puesto en los hechos y acontecimientos de estos personajes y de su entorno.
Es cierto que Ridley Scott le dio realce y protagonismo a la figura del gladiador y que Stanley Kubrick encumbró la figura de los esclavos exaltando la gesta de Espartaco, personificado magistralmente por Kirk Douglas, pero estas notables producciones cinematográficas inciden muy poco en las imágenes más familiares y presentes sobre los personajes típicos de la cultura romana, que sigue siendo identificada abrumadoramente con los personajes del tipo que se han mencionado, pertenecientes a la élite más encumbrada.
Y esa es precisamente la intención del libro de Robert Knapp, Los olvidados de Roma (2023), que dirige la atención precisamente a la base más amplia de la sociedad romana, no a la élite social o a la gobernante, sino a la gente común, ordinaria.
No obstante, aquí nos enfrentamos a un problema de traducción que es inevitable mencionar. El título original del libro en inglés es Invisible Romans, que de manera indicativa trata de orientar y dirigir la mirada a los individuos de la sociedad que no ocupan una posición social relevante, notable, visible, en la vida pública. Es decir, trata de la gente simple y común. Es cierto que tanto en inglés como en español la primera acepción de esta palabra invisible es la cualidad de algo que no puede observarse o percibirse físicamente. Pero en inglés, esta palabra tiene además una connotación que no es tan común en español, que es precisamente la sugerida por el título, la de cosas que no son tan relevantes, importantes o perceptibles. Es verdad que en ciertos contextos de la lengua española esta palabra tiene también esa misma connotación secundaria que tiene en la lengua inglesa, pero es menos común, incluso ni siquiera la registra el Diccionario de la Real Academia Española, para el que la única acepción es la percepción visual, física, sensorial de las cosas.
De esta manera, la palabra de los olvidados en español podría asociarse más que nada a sectores marginales de la sociedad, prácticamente proscritos de la vida social, lo cual no corresponde tan cercanamente a la intención original del autor.
Esta consideración podría parecer una minucia, una insignificancia, incluso un mero purismo lingüístico, pero no lo es, sobre todo si se considera ahora otro elemento cuestionable de la traducción. Y esto es que en el principio de la introducción, el autor escribió: “he tratado de encontrar un término que defina al grupo demográfico olvidado objeto del presente libro y he decidido denominarlo gente corriente” (p. 9). Sin embargo, en la edición original, Knapp usa el término ordinary people, que da la idea de gente común y corriente. En efecto, pero más común que corriente en realidad, porque en español el vocablo corriente podría decirse que añade vulgaridad a la situación de marginalidad o anonimato.
Pero más allá de estos problemas en la traducción del texto, hay otro problema metodológico más serio aún, atribuible ahora por completo al autor. Como puede leerse en el índice del libro, Knapp dedica ocho capítulos, del número 2 al 9, a esta gente ordinaria, dedicando el capítulo 2 a las mujeres; el 3 a los pobres; el 4 a los esclavos; el 5 a los libertos; el 6 a los soldados; el 7 a las prostitutas; el 8 a los gladiadores; y el 9 a los bandidos y piratas. No obstante, aunque ciertamente todas estas personas pueden encajar en la descripción genérica de gente común y corriente, no está del todo claro el método o criterio adoptado para hacer esta selección y tal pareciera que el autor las eligió de acuerdo a su criterio personal, como si se tratara de estampas dignas de llamar la atención, sin realizar una selección sociológica sistemática en función de los sectores sociales más importantes de la sociedad romana, de aquellos que sin sobresalir en la vida pública la hacían funcionar, la alimentaban y la reproducían.
Es verdad que dentro de una sociedad acentuadamente patriarcal las mujeres encajan por completo en esta descripción e inscripción, que eran personas invisibilizadas, pero no cabe duda de que había una enorme distancia entre las mujeres de la élite social y gobernante con respecto a las mujeres de los sectores marginados. Incluso podría decirse que algunas mujeres de esta élite, como Agripina, Mesalina o Sempronia, pasaron de un modo u otro a los anales de la historia y a veces en lugares protagónicos, pero no las mujeres de los esclavos, campesinos y artesanos.
De manera que la pregunta queda en el aire ¿qué criterio o método utilizó Knapp para identificar a los tipos sociales más comunes en Roma?
Este problema metodológico se magnifica si se atiende a las anotaciones específicas de Knapp.
Al principio de la introducción, cuando alude a su marco metodológico, por llamarlo de alguna manera, menciona que la élite del imperio romano era muy estrecha, sólo el 0.5 % de la población total, es decir, apenas unos 100 o 200 mil habitantes de los 50 o 60 millones que calcula para el imperio en su totalidad, lo que dejaba fuera de este estrato de privilegio al 99.5%. Y a continuación menciona que debajo de este reducido sector de élite se encuentra un amplio estrato de “modestos terratenientes, mercaderes y artesanos, soldados de éxito… maestros profesionales, médicos, arquitectos, etcétera” (p. 12) que representan alrededor del 25% de la población, que tienen “en el peor de los casos, recursos suficientes para tener bastante asegurado el pan de cada día y, en el mejor, para gozar de un estilo de vida que les dejase tiempo libre” (pág. 12). Y remata esta sección del primer capítulo diciendo: “Esa es la gente que me interesa. El reto es captar su mentalidad” (p. 12).
Así, como puede observarse, lo que al parecer le interesa a Knapp es el estrato social que está por debajo de la élite romana, ese 25 % que calcula, dejando fuera al resto, el 75% por ciento de la población. Utilizando términos modernos, podría decirse que lo que le interesa estudiar, de acuerdo a este protocolo metodológico, es la clase media, profesional, con cierta riqueza y algunas comodidades. Y también lo dice transparentemente en la primera página del primer capítulo: “Por ‘gente corriente’ me refiero a toda persona libre por debajo de la élite y por encima de los pobres jornaleros y campesinos” (p. 11). Sin embargo, volviendo al índice del libro, resulta inexplicable que dedique el capítulo 3 a los pobres, los cuales claramente no están dentro de ese 25% superior, sino en el restante 75%, y mucho menos explicable resulta el capítulo 4, dedicado a los esclavos, por las mismas razones o, peor aún, el capítulo 9, referido a los bandidos y piratas. Incluso el capítulo 8, dedicado a las prostitutas, resulta igualmente inexplicable, pues como él mismo lo escribe, la mayor parte de las prostitutas se dedicaban a ese oficio por necesidad y apremio económico; más aún, había un contingente considerable de prostitutas en esclavitud, agravando el conjunto de sus condiciones. Incluso el capítulo 6, dedicado a los soldados, hace también ciertas cuentas alegres, planteando que en general los soldados tenían un buen nivel de vida y una profesión lucrativa, sin considerar que, ciertamente, como en muchas otras actividades, había una élite de oficiales bien remunerados y acomodados, pero además había un enorme contingente de soldados rasos que no gozaban de la misma posición.
Más allá de estos problemas metodológicos, el libro de Knapp cuenta indiscutiblemente con algunos méritos. El primero de ellos es brindar una colección de estampas o imágenes de ciertos sectores sociales romanos que dan cuenta de manera más palmaria y vívida, del modo de vida de la gente común en Roma. Además, Knapp recurre a una serie de fuentes y documentos poco conocidos y explotados en el trabajo historiográfico, que se componen de escritos literarios escasamente usados con esta finalidad o de inscripciones en lápidas o tablillas muy bien interpretadas y aprovechadas.
Robert Knapp
Los olvidados de Roma (2023)
Barcelona: Ático de los libros
