
Éder Élber Fabián Pérez / (30 de diciembre de 1992, Ciudad de México, México). Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Especialista en Literatura Mexicana del siglo XX y XXI, por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Actualmente cursa la maestría en Filología Medieval, Áurea e Hispanoamericana de los Siglos XVI al XVIII.
El valor innegable de la poesía
Frente a la pregunta: ¿Sirve de algo la poesía?, suelen existir dos posturas. La primera, y la más escéptica, es que “La poesía no sirve; su función no rebasa la realidad y si lo hace no puede compararse con otros oficios”. Sin embargo, esta visión contrasta con la declaración del poeta Vladimir Mayakovski: “Quién es más grande: ¿el poeta o el técnico? Ambos. El corazón es tal motor. El alma, tal diestra máquina. Somos iguales: Camaradas en la masa de los trabajadores. Proletarios de cuerpo y espíritu”. Esta poderosa afirmación no sólo valida el fenómeno poético como algo inherente a la existencia humana, también termina realzando el valor tanto de la obra como del autor. Entonces, ¿por qué algunas personas persisten en negar la importancia de la poesía? Mi sospecha es que, al hacerlo, en realidad se niegan a sí mismos, la razón es que en ella reside un eterno sí a la vida, la revelación de nuestra existencia y las respuestas a muchas de nuestras interrogantes más profundas. De este modo, casi sin proponérnoslo (así de misterioso es el acto poético), llegamos a la segunda respuesta posible a nuestra pregunta inicial: “La poesía sirve porque es la vida misma”.
El eco de la vida en la poesía
La poesía trasciende el simple logos y, al mismo tiempo, lo contiene. Es un misterio que como en la famosa paradoja de San Agustín: “Si no me lo preguntan, lo sé; pero si trato de explicarlo al que me lo pregunta, no lo sé”. Es la verdad del ser que espera ser descubierta por otros. Cuando leemos a Eliot, Pound, Brecht, Pizarnik, Mistral, Castellanos y a tantos otros, no sólo encontramos las reflexiones del autor; también descubrimos las nuestras. ¿Cómo es esto posible? Porque la poesía nos atrapa, se arraiga en nosotros y nos revela aquello que buscábamos, o incluso lo que no sabíamos que buscábamos, de una manera inesperada. Al leer poesía, las palabras y sus significados tienen el poder de transformar nuestra perspectiva sobre la realidad. La obra poética, entonces, nos ayuda a reconectar con nuestra verdadera condición humana: fraterna, benigna y amorosa, cualidades que a menudo parecen extraviadas en los tiempos actuales.
Ahora bien, me parece prudente destacar un tipo particular de poesía (casi un subgénero) que no sólo busca lograr lo antes mencionado, sino que va un paso más allá: denunciar las injusticias cometidas por los seres humanos. A esta forma de expresión se le ha dado varios nombres como poesía política, poesía de testigo o poesía social. Sin embargo, para ser más preciso me referiré a ella como lo ha hecho el crítico Joseph Harrington, el investigador le ha brindado el nombre de docupoesía.
La docupoesía: voz de los silenciados
¿Qué es lo que distingue a la docupoesía de otras formas poéticas? El propio Harrington lo ha explicado, este género: “contiene citas o reproducciones de documentos o declaraciones no producidas por el poeta y relaciona narrativas históricas, ya sean macro o micro, humanas o naturales.” Este tipo de poesía tiende a mostrarnos eventos históricos donde predomina la tragedia, en los que la gente ha desempeñado un papel vital. Es crucial señalar que, en la docupoesía, se persigue la verdad, no la verdad oficial de las autoridades, ni la verdad difundida por la mayoría de los medios que se han vendido al poder. La verdad que se busca es la de los marginados, los oprimidos, los vencidos, aquellos que sufrieron en carne propia las injusticias y que han sido silenciados de alguna u otra forma.
Hasta este punto podríamos pensar que la docupoesía comparte un vínculo con la poesía social; sin embargo, la diferencia fundamental radica en que la docupoesía se entretejen las voces de los afectados con otros elementos. ¿Cuáles son estos elementos? Además de los citados por Harrington, se incorporan entrevistas, exposiciones, declaraciones, videocintas, documentales y todo tipo de material disponible que se relacione con los damnificados.
Entonces, ¿qué sucede con la voz del poeta? ¿Acaso solo se limita a recopilar y no propone nada propio? En absoluto. El poeta (el yo lírico) cede la palabra, y al hacerlo, transforma su individualidad en una colectividad, en un nosotros. Esto no sólo brinda voz a quienes no la tienen, también convierte a los lectores en receptores activos y partícipes vitales de la experiencia. Otro aspecto crucial es que el poeta no presenta los hechos de la misma manera que lo haría un historiador o un reportero. Para convertir los eventos históricos en poesía, el poeta se vale de los recursos literarios tradicionales: la metáfora, la imagen, la anáfora, el símbolo, la aliteración, etc. Estos elementos artísticos buscan provocar en los lectores sentimientos más profundos y reflexiones aún más agudas, trascendiendo la mera descripción de los acontecimientos para llegar a su esencia emocional y social.
Mínimo canon de la docupoesía en Hispanoamérica
La docupoesía ha encontrado importantes exponentes en Hispanoamérica. Entre estos destacan el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal con El estrecho dudoso, Mario Benedetti con algunos poemas de El Baquiano y los suyos (en especial “Ni colorín ni colorado”), y Raúl Zurita con Canto a su amor desaparecido. En México, aunque el poema “Del pasado remoto” de Salvador Novo podría considerarse un antecedente relevante, el verdadero impulso a la docupoesía se le puede atribuir a José Emilio Pacheco con su obra No me preguntes cómo pasa el tiempo. Para sustentar esto, podemos tomar como principal fuente el poema “Manuscrito de Tlatelolco”, donde la tragedia del pasado se entrelaza con la del presente. Aquí, la voz es asumida por aquellos que han sido golpeados por la violencia, y la verdad se nos revela tal cual es, sin los velos que a menudo imponen los medios bajo el poder político.
Actualmente, la poesía mexicana sigue las huellas de José Emilio Pacheco, consolidando la tradición de la docupoesía. Un ejemplo notable es Sara Uribe con Antígona González. En esta obra, acompañamos a la protagonista en su desgarrador viaje en busca de su hermano, un descenso al infierno que nos revela el sufrimiento de otros que, como Antígona, han sido despojados de sus seres queridos. Para lograr esta polifonía de voces, Uribe investiga, recupera, reconstruye y se apropia de los testimonios de quienes han padecido la violencia.
De manera similar, Mario Bojórquez en Memorial de Ayotzinapa recupera mitos prehispánicos (específicamente la catábasis que atraviesa Quetzalcóatl) para incorporarlos a los trágicos hechos ocurridos la noche del 26 de septiembre. Al igual que Sara Uribe, Bojórquez lleva a cabo una investigación exhaustiva para revelar la verdad y desenmascarar a aquellos que han propagado la llamada “verdad histórica”.
Finalmente, es oportuno citar el poemario ganador del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018, Balam Rodrigo con Libro centroamericano de los muertos. Esta obra es una muestra más de la docupoesía, en la que, como en los poemarios antes mencionados, encontramos un regreso al pasado, recurriendo en este caso a la obra de fray Bartolomé de las Casas y su Brevísima relación de la destrucción de las Indias.
Los puntos en común entre estas obras son claros y potentes: todas denuncian los malos tratos hacia los desprotegidos. En el caso específico del Libro centroamericano de los muertos de Balam Rodrigo, el poeta revela los sufrimientos de los migrantes. Son las historias de aquellos que han decidido dejar sus naciones en búsqueda de una vida mejor, solo para encontrarse con aún más violencia en su camino. El autor nos desvela la verdad detrás de lo que las autoridades han ocultado; o, mejor dicho, el poeta cede su voz para que sean otros quienes nos cuenten su verdad, sus penurias, sus sufrimientos, sus muertes.
A manera de conclusión
Es en este punto donde podemos retomar nuestra pregunta inicial: ¿Sirve de algo la poesía? Es claro que cada uno de nosotros tendrá su propia respuesta, no obstante, si tomamos como punto de partida a la docupoesía para tratar de responder a tal incógnita, podemos descubrir que en ella se evidencia la posibilidad de que una obra muestre, además de un valor literario y artístico, una obra donde las voces de los y las inocentes vuelven para recordarnos que ningún hecho debe quedar impune, que la “verdad” de algunos no es la verdad de todos. Y que, ante el grito desesperado de las madres, los padres, los hermanos, las hermanas, amigos… Existe una posibilidad de denuncia frente aquellos que tienen el poder y que han preferido, una y otra vez, taparse los oídos. Espero que, en este breve escrito, haya brindado argumentos suficientes para que quienes aún dudan sobre el poder que tiene la poesía, reflexionen sobre lo que guarda en su interior el fenómeno poético.

Referencias
Huapaya, G. (2020) “Muriel Rukeyser y la poesía documental” en Periódico de poesía, septiembre. Disponible en: https://periodicodepoesia.unam.mx/texto/muriel-rukeyser-y-la-poesia-documental/
Mayakovski, V. (2012) “Poeta obrero” en Poesía moderna 150, traducido y seleccionado por Alfredo Gurza. Universidad Nacional Autónoma de México.
Lamas, M. (2023) “El estamento ontológico de la poesía documental” en CECAL 63.